El así denominado Sistema parece querer trabajar en profundidad esta concepción de mundo en propiedad muy cercana al absoluto de todo hegemonismo. Todo en él es apariencia de racionalidad, de estar bajo un corporativo control del individuo ejerciendo su albedrío en el acotado universo del consumo y supuesta libertad de elección. Y decir esto último, es contemplar el mundo desde la óptica de Hamelin –no el flautista, aunque pueda tener algo de su encantamiento, sino el filósofo–, en expresión de Emmanuel Levinas, cuando afirma que “la razón tiene como función esencial construir lo real según una regla”. Eso sí, lo más objetivamente posible para la conciencia en evitación de los excesos de la naturaleza humana operados por la subjetividad de la arbitrariedad sentimental. Esta última, en todo caso, es tolerada por aquél como erótica (eros es también, al menos en Platón, amor por las ideas) apropiación del otro bajo excusa de supervivencia interesada del Yo-Mundo puesto a su servicio que todo lo engulle. En este sentido, son los fenomenólogos aquellos pensadores que más han hecho por aportarnos una visión que sin prescindir de la realidad civilizatoria, tecno y científica, busca establecer otras bases menos reduccionistas a la concepción fenoménica de lo humano. Por lo que un fenomenólogo como fuera el francés de origen lituano, Levinas, analizando el pensamiento del fundador de esta corriente tan presente en el transcurso del siglo XX, proyectando su figura en el actual, infiere el que “así pues, en conformidad con la intención intrínseca de la vida ideativa (eidética), Husserl condena la pretensión del empirismo de reducir lo general a lo individual”; puesto que el principio por el que se rige el pensamiento fenomenológico consiste en “ir más allá de la significación siempre equívoca de las palabras [conceptos], y aprehender los fenómenos considerados en su fuente misma, en la vida consciente, cuya actividad [ya de por sí] es actividad teórica. Por tanto, habrá de añadir: “La actitud filosófica, en lógica, consiste en la reflexión sobre la vida ingenua del lógico que sólo se ocupa de su objeto”. Es decir, relativizando, hasta cierto punto, la función del especialista en su ‘autotélica’ (en-sí-misma-da) univocidad. Comentaba Levinas al respecto, en una de sus más tempranas obras, que “el pensamiento esencial de Husserl consiste en afirmar el primado de las esencias inexactas, morfológicas, sobre las esencias exactas, matemáticas”. Esto, al menos para la vida, terreno abonado de la, en positivo, especulación. Esta crítica al imperativo matemático también la pudimos apreciar en otro filósofo como fuera Ferdinand Fellmann puesta en relación con el expresionismo, cuando afirmara: “Con la valoración de la matemática como medio auxiliar necesario pero altamente peligroso que ha creado el entendimiento humano para imitar a Dios, Husserl se mueve en la corriente de tendencias intuicionistas de la matemática del siglo XIX […] Consiguientemente, el peligro del simbolismo matemático no se ve tanto en los errores posibles que pueden hacer inutilizables los resultados de la operación formal, sino más bien en el efecto de este tipo de operaciones sobre el espíritu que las hace”. Y a falta de una escolástica donde fe y aristotélica ciencia parecían aunar intereses, hoy en día se evidencia el que sea el número quien determine los intereses de un mundo de creencias alrededor de una burda, utilitaria, practicidad. Si reemplazáramos a Dios por la lógica combinatoria del guarismo algorítmico, la partida jugada entre humanismo e inteligencia artificial ya tendría un preclaro vencedor, puesto que ninguna inteligencia natural es capaz de competir, en cálculo y otras muchas prestaciones, con las capacidades actuales y futuras de la artificial. La objetiva finitud delimitable de ésta frente a la inconmensurabilidad procedimental de la última consigue empequeñecernos al modo como en otras épocas lo hacía el sometimiento a la pléyade de dioses creados por ella misma a través del mito y la religión, sin perder de vista que en el trasfondo de la cuestión es la categoría de la necesidad aquella que desde siempre ha conseguido hacer del mundo una razón legitimadora de lo mensurable. Un mundo en propiedad consiste en ser un universo aprehendido desde la cosmovisión constitutiva de la propiedad más de uno mismo, de ese supuesto Yo-Mundo, en una actitud manifiestamente depredadora. En este sentido, no es un atributo particular del capitalismo, sino, más bien, de toda la modernidad y contemporaneidad contemplativa de las polarizaciones ideológicas que nos rigen. Maniqueo y bipolar, en ocasiones dual, es nuestro comportamiento respecto de lo que nos rodea. Se trata de elegir en un mundo de opciones cuya delimitación nos es dada. Lo que hace de la repartición de la propiedad una necesidad y una obligación. Y sin embargo, los hechos reales de este mundo parecen indicar hacerlo en sentido contrario. Frente a la exclusividad cualitativa del poderoso, se impone el modelo de un “todo a cien” subvencionado para el resto. El trabajador, el desempleado, el emprendedor, el empresario, todo parece pender de un maná divino de origen celestial. Una vida de masificación fundamentada en la mass-mediática mediocridad. Así fue intuido de manera preclara por el también fenomenólogo alemán, Hans Jonas, en la introducción de El principio de responsabilidad: “Definitivamente desencadenado, Prometeo, al que la ciencia proporciona fuerzas nunca antes conocidas y la economía un infatigable impulso, está pidiendo una ética que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los hombres al desastre”.

Constatar, por tanto, que el así denominado Sistema funciona, mejor o peor, no deja de ser una obviedad, si bien puede ser que haya llegado el momento de darle un giro a su objeto. Lo que consigue evidenciar la utilidad del pensar la realidad filosóficamente, ahora que parece no estar tan de actualidad. Supuesto, en todo caso, algo más complicado que la mera aplicación de la regla.

El autor es escritor