Tiempo de recortes anunciados a bombo y platillo que nos retrotraen a años de pobreza cultural. No se trata de una amenaza sino de propósitos firmes para hacer cambios espectaculares inspirados en una manera radicalmente diferente de mirar el mundo y con él a los seres humanos. Parece que el progreso, entendido como un proceso continuo de mejora de calidad de vida, tiene sus días contados. Los poderes ocultos a los que vemos su auténtico rostro están introduciendo unas reglas de juego que tienen demasiados seguidores.

En ese espacio que se dibuja sin ninguna timidez, las mujeres tenemos mucho que perder porque, a las pérdidas anunciadas en materia de igualdad social con los hombres, tendríamos que añadir la más importante de todas: la esperanza. Esperanza alumbrada por un presente prometedor en materia de equidad laboral, doméstica, de presencia institucional y de derechos sobre nuestros cuerpos. Las mujeres que hemos ido visualizando en este presente progresivas modificaciones a una sociedad patriarcal a la que estuvimos supeditadas, hemos alimentado la esperanza en una sociedad igualitaria. Negando la violencia que se ejerce sobre las mujeres, por el hecho de serlo, ¿qué es lo que estamos construyendo? ¿No es suficiente la constatación de las violaciones, maltrato y asesinatos de mujeres? ¿Qué empeño hay de correr un tupido velo generalizador? El miedo a las mujeres, a la capacidad de resistencia demostrada a lo largo de los siglos, parece que está generando defensas ideológicas con las que proteger los poderes seculares, esencialmente detentados por el género masculino. Mala gestión de los derechos humanos en general y de los de las mujeres en particular, si se subordina el bien de la igualdad para el entendimiento entre mujeres y hombres a una cultura tradicional en la que el lugar de la mujer se reducía al ámbito doméstico.

Ahí están, además, los recortes que se anuncian sin pudor en materia de impuestos con los que recaudar el dinero suficiente para atender las necesidades sociales: todas, no solo las de una parte de la población. ¿Qué decir de la amenaza que se cierne sobre la sanidad y la educación públicas? ¿Y la sanidad universal? Ha costado muchos siglos de subordinación de derechos humanos a los poderes que en todo tiempo han existido. No debemos abandonar el progreso hacia la mayor igualdad social, no solo entre mujeres y hombres, sobre todo para no dejar atrás a quienes carecen de lo necesario. En el horizonte se vislumbra la amenaza de la ruptura social mientras los ciudadanos nos miramos al ombligo.

Recortes, además, que amenazan la seguridad de los que entramos en la vejez y que vamos creciendo numéricamente. Necesitamos para nosotros y para los que se vayan incorporando a esta etapa de la vida, políticas públicas de inversión en cuidados sanitarios y asistenciales. Si estas políticas se alteran y devienen en restricciones, ¿qué va a ocurrir con el gasto social que conlleva el cuidado de la salud cada vez más precaria por cuestión de edad? ¿Será el nuestro un país donde los viejos tengan cabida, amén de que sean respetados y cuidados? Tenemos ejemplos desgraciados de abandono en los lugares donde se suponía que iban a ser protegidos, esos sucesos luctuosos en residencias y que todavía están sin resolver. ¿A quién le importa? ¿Sólo a las familias de los difuntos? Al fin, queramos o no, es una cuestión de priorizaciones presupuestarias.

A muchos nos preocupa que la educación para la convivencia democrática se está tambaleando en este país, en Europa y, desgraciadamente, en el mundo. Existen un montón de malos ejemplos para importar y me temo que ya los estamos importando. Mujeres, hombres, viejos y jóvenes estamos llamados a entendernos y a progresar culturalmente para no perder el interés por una igualdad real. Con diferentes formas de amar, diferente aspecto externo, diferentes maneras de organizarnos en grupos familiares o sociales, nadie sobra.

El pasado no tan lejano y del que tenemos memoria, aunque quieran borrarla, nos interpela seriamente desde las cunetas convertidas en tumbas donde esperan restos humanos para ser entregados a sus familias. Alimentamos la ilusión del destierro de un odio visceral que no tolera la diversidad sexual y que desea retroceder a un modelo único de pensamiento y de acción. Vana ilusión cuando leemos y escuchamos proclamas que contienen el odio que, desgraciadamente, se va inoculando en la sociedad. No nos olvidemos de que, aunque solo fuera por nuestra salud, la paz social es necesaria y no es posible si no nos respetamos.

Necesitamos respirar aire sano y no sólo ambiental, también atmosférico. Nuestro planeta está seriamente dañado por la acción humana. No es una falacia, forma parte de una evidencia científica, aunque haya quien se empeñe en negar los efectos del cambio climático. ¿Nos vamos a abandonar a un destino de negación de realidades? La vida en común requiere una mirada amplia, respetuosa, crítica con la vulneración de derechos humanos esenciales. Todas y todos estamos llamados a ello, no vale mirar para otro lado. La historia nos lo reprochará y ahí estarán las historias de nuestros descendientes a los que les resultará difícil vivir y convivir.

La autora es psicóloga jubilada