Dentro de año y poco Trump entrará en el segundo bienio de su mandato presidencial. Entonces recibirá el apodo que se les suele dar a los presidentes norteamericanos, que no pueden repetir y que están en la última fase de su segundo mandato, o sea Lame Duck o Pato Cojo. Además suele ocurrir con frecuencia que los presidentes norteamericanos y –a la vez sheriffs del imperio yankee– pierden las elecciones bianuales para la renovación parcial del Congreso y Senado norteamericanos. Da la impresión de que también Trump puede volver a estar en minoría en el Congreso y más difícilmente en el Senado en los dos últimos años de su segundo mandato. En tal hipótesis, la imagen ideológica de la derecha podría sufrir un verdadero colapso; es decir, si Trump quedase en minoría, aunque tuviera en sus manos numerosas competencias, perderá otras muy importantes, como las de imponer, modificar y baldraguear con los aranceles a su antojo, que es como ha hecho las mayores injusticias y locuras.
El balance político de Trump de este segundo mandato es catastrófico y desastroso, tanto en términos sociales y económicos como en humanitarios. Todas y cada una de las políticas de Trump están siendo perjudiciales, no solo para los inmigrantes en los Estados Unidos que sean de origen ibero-afro-asiático, sino también para las propias clases bajas y medias de Norteamérica. Ha ejercicio no solo de cómplice, sino también de co-autor del genocidio contra Palestina, ya que sus aportaciones al sionismo constituyen una verdadera acción ejecutiva. El Estado sionista de Israel es una artificiosidad que se mantiene exclusivamente por el auxilio yankee. Aunque en estas circunstancias tan dramáticas de la humanidad –genocidio, cruel a la vista–, son imposibles de entender la pasividad de los sátrapas petroleros árabes y de la infame clase política europea.
Cuando Trump volvió a conseguir el poder escribí un artículo titulado “Trump está desnudo”, en el cual manifestaba que su programa perjudicaría en primer lugar a las clases medias y bajas de la propia Norteamérica. Dicho perjuicio ya se está produciendo, como lo demuestran no solo los datos económicos, sino también las encuestas menos manipuladas. La alocada actuación de los aranceles, carente de los más mínimos respetos no solo sociales sino también liberales, está arruinando a los sectores primario y secundario de la propia Norteamérica. China, India, Rusia y los brics están
resultando ilesos de estos ataques y los segundos más perjudicados son los países europeos y americanos que hasta ahora habían sido los aliados de Norteamérica. El eslogan America First solo vale para los ricachones americanos que siguen amasando sus cada vez mayores fortunas. Por eso resulta más vergonzoso que nunca que a Unión Europea no tenga la dignidad de plantar cara ni en términos económicos ni en sociales ni en humanos, porque Trump está perjudicando económicamente a sus aliados humanamente es corresponsable del genocidio palestino y está incurriendo en indignidad política.
El último paso de la miseria europea lo constituyen el gasto militar, la carrera armamentística y ahora la vuelta a imponer el servicio militar. Vivimos en tiempos de guerras ficticiamente limitadas por la disuasión nuclear es decir conflictos en los que no cabe utilizar las armas nucleares y por lo tanto todo el gasto del 5% del PIB que quiere imponer Trump a los estados oprimidos –que son los que debieran considerarse sus aliados– son para venderles las armas viejas, anticuadas y obsoletas. No les va a vender ni armamento nuclear ni sofisticados recursos técnicos de última generación sino la morralla de hace más de un decenio. Y junto con ello las reacciones de pretender de nuevo establecer el servicio militar obligatorio resultan catastróficas, y ridículas.
El daño que puede hacer la extrema derecha a la sociedad en su conjunto y específicamente a las clases populares es proporcional a la ridiculez de sus actitudes preñadas de odios y fobias de todas clases.
Sin embargo lo cierto es que si se produce la conversión de Trump en Lame Duck o Pato Cojo será una oportunidad para poder derrotar a la extrema derecha no solo de Norteamérica sino de todo el Occidente. El fracaso de Trump conduciría también al colapso de la extrema derecha occidental. Pero esto también lo saben los enormes poderes económicos de los sátrapas petroleros, del sionismo genocida, de las industrias armamentísticas y de otros sectores económicos que podrían ver peligrados sus privilegios. Hasta es posible que la derecha norteamericana, que niega los servicios públicos de sanidad, educación y políticas sociales a una gran parte de su ciudadanía empiece a retribuir en forma de subvenciones –siempre anulables– las miserias cada vez más extendidas entre las clases populares.
Los numerosos litigios, denuncias y pleitos de diversas índoles que en algunos casos tremendamente asquerosos que acechan a Trump no son los que van a provocar su caída. La verdadera caída de Trump solamente la pueden producir las clases bajas y medias de Norteamérica y no nos queda más remedio que seguir mirando en esa dirección, a la vista de la indignidad y miseria de las y los políticos europeos.
El hecho de que Tony Blair se haya convertido en cómplice de Trump constituye una de las noticias más difíciles de digerir ante toda esta situación. Bush dejó Guantánamo pero con Blair y Aznar habían tratado de engañar al mundo con las inexistentes armas de Irak. Trump quiere emular a Bush con el campo de concentración de Florida rodeado de caimanes y mientras tanto Occidente tendremos que esperar. Aunque no podamos compartir la espera con las niñas y niños que están muriendo a nuestra vista de hambre y desamparo en Gaza.
El autor es abogado