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Colaboración

Democracias occidentales frente al yihadismo

Democracias occidentales frente al yihadismoPOOL

La reciente imagen de Donald Trump recibiendo al presidente sirio Ahmed al-Sharaa es el símbolo perfecto de esa hipocresía: hace no mucho veíamos colgar dos cabezas cortadas de esas manos que hoy estrechan los mandatarios occidentales. 

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 y bajo el estandarte de la guerra contra el terrorismo yihadista, Estados Unidos y sus aliados europeos han intervenido militarmente en Medio Oriente, Asia central y África, justificando sus acciones en la defensa de la libertad, la seguridad y los valores democráticos. Sin embargo, más de dos décadas después, esa narrativa se ha revelado como novela de ficción, cual teatrillo. Lo que se presentó como una cruzada por la civilización ha terminado siendo un mosaico de conspiraciones, alianzas cínicas, intereses y silencios cómplices.

La hipocresía e incoherencia en política exterior

Las democracias occidentales se proclaman guardianas del derecho internacional y los derechos humanos pero sus alianzas revelan otra lógica, la del interés. Arabia Saudita, exportadora del Wahabismo, ideología que inspira a muchos de los movimientos yihadistas, es un aliado privilegiado de Washington, Londres, París, Madrid…Los negocios petroleros y armamentísticos pesan más que cualquier preocupación por los derechos humanos o por la difusión del extremismo religioso, arruinando sociedades, destruyendo su desarrollo económico y social y oprimiendo y privando de libertad con extrema dureza a las mujeres. La misma incoherencia se repite con otros regímenes autoritarios de la región con políticas exteriores que predican valores universales mientras los negocia en privado. Esta incoherencia socava la credibilidad del discurso occidental y refuerza la percepción de que la lucha contra el yihadismo no es una cuestión de principios sino de conveniencia.

La hipocresía interna

Mientras tanto, en casa, las mismas democracias que se arrogan el papel de faro moral y defensoras del Estado de derecho han utilizado el miedo al terrorismo para restringir libertades civiles. Se han aprobado o ampliado leyes antiterroristas que permiten detenciones arbitrarias, espionaje masivo y censura preventiva.

Los ciudadanos musulmanes o quienes tienen ascendencia árabe o simplemente apariencia distinta (recordemos que la inteligencia americana realizó el retrato robot de Bin Laden utilizando el rostro del excoordinadorr de IU, Gaspar Llamazares) viven bajo sospecha permanente, criminalizados por asociación y objeto  de discursos políticos que expanden el temor hacia ellos y alimentan la islamofobia.

La hipócrita instrumentalización del yihadismo

En múltiples ocasiones el yihadismo ha sido instrumentalizado por las potencias occidentales para justificar intervenciones militares y redibujar el mapa geopolítico. Afganistán, Irak, Libia o Siria son ejemplos de cómo se promueven guerras en nombre de la libertad para que, una vez conseguido o agotado el interés estratégico, se abandone el territorio al caos.

Durante la guerra fría los muyahidines afganos fueron exaltados por occidente como héroes de la libertad, años después pasarían a ser el enemigo absoluto. Aquel fue el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de grupos como Al Qaeda y, más tarde, el ISIS.

A Irak y Libia se les liberaría, a juicio de los mismos mandatarios occidentales aliados de dictaduras como Bahréin, Emiratos o Arabia, de sendos sátrapas, conniventes con el terrorismo islámico, para conducirlas a la democracia. Hoy son Estados fallidos en los que el terror, la violencia, las mafias, campan a sus anchas; el esclavismo que parecía cosa del pasado ha reaparecido de manera salvaje en territorio libio.

En Siria se ha ido más allá y Occidente ha aupado directamente al poder a yihadistas sanguinarios. Hoy se estrechan con solemnidad aquellas manos que hace poco representaban la represión, el miedo, la más salvaje barbarie como si la historia pudiera reescribirse con una foto oficial. El mensaje es brutalmente claro: la sangre seca rápido cuando el interés lo requiere.

La masacre del pueblo palestino que contemplamos en directo se ajusta a esta misma lógica pretendiendo justificar en un acto de terrorismo islámico, la invasión, espolio y destrucción de un pueblo que está siendo expulsado de su territorio arrasado. ¿Cómo es posible que el mundo occidental, que el resto del amplio mundo, que potencias mundiales no se opongan y actúen ante semejante atrocidad?, ¿Cómo se digiere que, en casa propia, responsables políticos que apoyan dotaciones de armamento al gobierno israelí, se manifiesten públicamente, incluso detrás de las pancartas, rechazando el genocidio en Gaza.?

Si quienes tienen en la actualidad capacidad política de actuar no lo hacen, la sociedad civil ha de movilizarse y actuar consecuentemente.

Consecuencias de esa hipocresía.

La hipocresía no sólo corroe la credibilidad de las democracias occidentales, alimenta el mismo fenómeno que dice combatir. La doble moral y el uso selectivo de los derechos humanos refuerzan la narrativa del “Occidente hipócrita y falsario” que grupos extremistas explotan para reclutar y radicalizar.

La lucha contra el Yihadismo no se ganará con sanciones ni con conspiraciones sino con coherencia, con una política que aplique y difunda los valores de dignidad, libertad, igualdad y justicia social. Mientras las democracias sigan estrechando manos manchadas de sangre, seguirán alimentando el mismo monstruo del que dicen que pretenden protegernos. l

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