Donde mejor se comprueba lo desorientados que estamos en relación con la naturaleza de la política es en las connotaciones negativas que tiene esa palabra. La historia de la democracia es la historia de una progresiva politización, del aumento de las cosas que, previamente decididas por la tradición, por uno o unos pocos, se politizan, es decir, se convierten en objeto de pública discusión, decisión colectiva y libre configuración. Los padres fundadores de la democracia tuvieron que luchar para que muchas cosas que venían dadas fueran decididas. Pese a ello, politizar es para muchos de nuestros contemporáneos introducir la discordia donde antes reinaba una apacible armonía. Me temo que buena parte del éxito del término polarización se debe a que contrasta sobre un transfondo imaginado de acuerdo y sentido común que no existe o no en la medida deseada por los que temen al disenso más que a cualquier otra cosa. Otro ejemplo de banalización habitual de la política es el intento de desacreditar una acción aludiendo a motivos políticos, es decir, que atender a criterios políticos no sería una razón justificatoria sino la tapadera de objetivos espurios, como si un agente económico quisiera ganar dinero o un escritor que sus libros fueran leídos.
A veces los amigos de la democracia la defienden con algunas propuestas que revelan no haber entendido la naturaleza de la política. La democracia es un adjetivo de la política, que tiene que ser bien pensada. Tratar de que la política sea más democrática sin haber entendido en qué consiste es como intentar mejorar un artefacto que no se sabe para qué sirve. Procedimientos para que los aviones pesen menos, los jueces decidan con más rapidez o en las redes sociales haya menos trabas a la libertad de expresión pueden ser ideas bien intencionadas con las que a veces se consigue que los aviones vuelen peor, los jueces sean más arbitrarios y las redes se conviertan en un espacio inhabitable. Hay quien quiere hacer que la política sea más eficaz y lo que realmente le interesa es que sea menos democrática; algunos propugnan que sea más participativa y lo que consiguen es que hacerla ineficaz; otros desean que sea menos conflictiva y reducen así el pluralismo político. Concebir la democracia como una realidad compleja –como es mi propósito desde hace años– equivale a intentar que todas esas dimensiones se articulen y orquesten equilibradamente según el tiempo y los temas de que se trate. No es lo mismo decidir en sociedades avanzadas que en medio de una pandemia, ni hacerlo acerca el precio del dinero o sobre quién nos debe gobernar. Antes de calificar esas decisiones como democráticas o no es necesario entender cuál es la lógica política de esas diversas situaciones.
Muchos de los deseos o las propuestas desafortunadas tienen un aspecto no solo inocente sino indiscutible (que los políticos sean los mejores y los más expertos, que la política sea más moral, que se diga siempre la verdad y reine la coherencia) y sin embargo ponen de manifiesto que no se ha entendido nada, que no hemos aprendido las lecciones a partir de las cuales se construyó la democracia moderna: que la peor moralidad es tener su monopolio, que ciertas formas de administrar la evidencia son incompatibles con el pluralismo, que la democracia es imposible cuando los actores políticos, en nombre de sus principios, carecen de flexibilidad o sentido de la oportunidad, lo que es una forma más de carecer de principios.
Recordar esta naturaleza de la política tiene todo el sentido en un momento en el que se encuentra acosada por diversas lógicas que pretenden ocupar su espacio: una actividad que debería confiarse a expertos de otros ámbitos (de la economía o de la ciencia), conforme a procedimientos de la gestión empresarial (las recetas del New Public Management) o a quienes estén en condiciones de garantizar la seguridad (militares, policías o políticos que convierten asuntos complejos en problemas de orden público) y que se desarrolla en un espacio comunicativo privado y poco deliberativo (las plataformas digitales).
Las actuales críticas hacia el modo como se hace la política reflejan por lo general el malestar ante su incapacidad de comprender las nuevas realidades que debe gobernar, pero en ocasiones ponen de manifiesto un desconocimiento acerca de la lógica, las condiciones y los límites de lo que estamos criticando, son críticas apolíticas hacia la política que generan nuevas frustraciones y apenas sirven para mejorarla. Defender este espacio y esta lógica es el arma más poderosa contra el populismo, la antipolítica y los extremismos, a quienes une, más allá de sus diferencias y peculiaridades, un profundo desconocimiento o desprecio hacia esa conquista de la modernidad que supuso la configuración de un espacio político liberado de todas las sujeciones del antiguo régimen que implicaban, en el fondo, sometimiento de las personas a una lógica que no permitía que organizaran libremente la sociedad.
El autor es catedrático de Filosofía Política (Ikerbasque / Instituto Europeo de Florencia), acaba de publicar en Galaxia-Gutenberg el libro ‘Una teoría crítica de la inteligencia artificial’, Premio Eugenio Trías de Ensayo