La ingenuidad real, no la ficticia de la vanidad, es uno de los mayores logros consensuados, solo con las miradas, que la sociedad puede plantear ante la desfachatez de la arrogancia y de la autosuficiencia. Es una estratagema que siempre da resultados positivos quizás por la dificultad en combatirla por parte de unos o, quizás, por el interés en no combatirla por parte de los otros.

Queda la duda si la ingenuidad es solo aparente, fachada con la que nos protegemos de la barbarie lingüística con que políticos y sus imitadores nos embrutecen; o bien es real aunque se tenga el pálpito de que es real, tan en exceso, que conlleva la canonización en vida por buenista.

Unos y otros tenemos nuestro pensamiento, nuestra forma de ver la vida, la nuestra y la de nuestros convecinos y familiados, la nuestra y la de nuestros descendientes y a ello le definimos como ideología. La política es otra cosa; es la que menoscaban nuestros dirigentes aduciendo un argumento inviolable: facilitar la convivencia democrática. Y para ello utilizan subterfugios que se convierten en memes como son: realpolitik, geometría variable necesaria y todo ello en pro del interés general; eso nos dicen en realidad virtual, pero en la realidad paralela, predomina el interés particular sobre el general. Y ello porque las elecciones políticas se han reconvertido en una sólida subasta de cargos públicos, que todos sabemos, aunque disimulemos.

En este recorrido surgen temas tratados, consentidos y aceptados por unos y por otros, traducida en blanqueo/normalización, referido a quienes son acérrimos defensores del pensamiento único, con su corsé inhabilitador; independientemente que los tales se autoclasifiquen como progresistas o conservadores. De blanquear capitales se ha pasado a blanquear partidos políticos; no se habla de blanquear ideologías sino partidos: la razón es que ya no se discute sobre ideas sino sobre eslóganes de matón. Los partidos capitales, todos, ponen líneas rojas a quienes se posicionan a uno u otro lado del espectro. Su validez y mantenimiento temporal de su posición decisional está acorde a su necesidad, supeditada a las posibilidades de ocupar parcelas de poder; comisionan la higiene democrática actual por demolición futura.

En un primer momento se hablaba de aquello que era políticamente correcto. Y bajo esta premisa, los ingenuos se acaloraban, sin entender el por qué los políticos dejaban en el tintero temas esenciales para su modus vivendi. La competencia y la geometría cuántica fue enalteciendo las declaraciones y estas adoptaron un tono embrutecedor. Las acusaciones de comunista/fascista, en un primer momento monosílabos adoptados por acusadores sin escrúpulos a falta de argumentos racionales y humanos, utilizados en declaraciones públicas televisadas se fue generalizando y dejaron de poseer el significado y el sentido que históricamente les correspondía. Pensaban que humillando se sobrevaloraban.

Conocido el acontecer de los hechos, la ingenuidad deja de ser un valor positivo; los medios, incluidos las redes sociales, te exigen que tomes partido. La equidistancia ante la deshonestidad se descalabra y la fortaleza mental sucumbe ante la barbarie social. De ser algo monopolizado por los portavoces partidistas y sus bufonadas, estructurales o accidentales, se han ido generalizando y ya afectan a un porcentaje no pequeño de la población; de coreografía a muñidores. Tanta que los datos señalan que un 14% de la población se han enemistado con amigos y familiares, convirtiendo la política en tema tabú de discusión en fiestas navideñas. Los hooligans se han apropiado de la racionalidad, el consenso se ha demonizado y el escuchar (y no solo oír) otras opiniones es propio de maleantes. La polarización desnuda de los partidos políticos ha traspasado la trinchera social y se ha caído en las redes de pesca del todo vale y del nada es suficiente.

Los requisitos que deberían tener quienes viven de la política, por elección o por designación de los cesares, han ido mermando con el tiempo. De pedir honradez y eficacia en la gestión ahora nos conformamos con que no hagan antipolitica. Pero ellos, los políticos, tienden a profesionalizar su profesión y a convertirla en su modo de vida y ello les obliga al exabrupto, que conlleva salir en televisión. Y así, cada quien se especializa: aquel fulano que le escupió a x, aquel mengano que hace de la burla su consigna, aquel perengano que convive con la arrogancia del poder; regurgitadores del vómito como argumento. Y así sucesivamente; han dejado de ser partidos políticos, mucho menos partidos ideológicos, para convertirse en personajes televisados.

El silencio, ese que nos ha aterrado durante años en nuestro conuco y que nos ha inhabilitado como humanos, no debiera ser el director de orquesta al cual nos supeditamos en todas las facetas de nuestro día a día. Si por azar del destino recordamos la cordura y el silencio ya no se convierte en el modus vivendi, iniciaremos esa marcha que nos reconvierta en comunidad, en ciudadanos. La alquimia de la coreografía, del tacticismo del votos por impunidad, del imperialismo personalista sin escrúpulos debe dar paso a cantar aunque sea despacito, como durmiendo a los niños; iniciemos el asalto con dosis homeopáticas hasta que aparezcan incentivos que motive a gente distinguida, capaz y honrada, a entrar en política. Y que esta no se convierta en el ángel exterminador de la convivencia.

Tenemos que abandonar la tentación de ser pesimista, pero necesitamos pedagogía para ello, nadie es autosuficiente; excepto chatgpt, con su bombardeo pacífico al borde del abismo.