A mí también me gustaba Rambo
De pequeño no me perdía un capítulo de la serie de TV Combate, era en blanco y negro y se desarrollaba durante una Segunda Guerra Mundial con mucha aventura y poca sangre, cuando la verdadera tuvo mucha sangre y poca aventura. Con muchos militares en mi familia, concurrí a facilidades del ejército, incluido el club donde solía practicar el deporte del polo, muchas veces.
Y también me gustaba la saga de Rambo, al principio, mucha aventura y poca sangre cuando la realidad es inversa. Pero mi vocación por la actividad intelectual y la ciencia me llevaron a la conclusión racional –contradiciendo mi gusto por la aventura y la tecnología, militar en este caso– de que la violencia solo destruye, siempre destruye, incluso en casos de defensa urgente. La ciencia dice, de manera definitiva y contundente, que los métodos eficaces de defensa son los pacíficos.
Ahora Trump incursiona militarmente en Venezuela y muchos aplauden a este Rambo tan espectacular y hasta romántico. Y el resultado, hasta el momento y me temo que por mucho tiempo más, ha sido una consolidación del régimen mafioso chavista y un aumento de la represión interna.
Para empezar, es una incoherencia lógica –y la lógica es una ciencia– que la violencia se resuelva con más violencia, por el contrario, se suma, aumenta. Los griegos –e.g. Aristóteles– ya sabían que el universo está regido por un orden: el sol sale cada día a la misma hora, los animales necesitan alimentarse para vivir, etcétera.
Luego, dice la ciencia, la violencia es una fuerza extrínseca que desvía el desarrollo espontáneo de este orden natural: por caso, al asesinar una persona se coarta el que siga evolucionando m–con su potencial intrínseco– como ser humano. Así las cosas, desde que la violencia es extrínseca y contraria al orden vigente, es imposible de toda imposibilidad que, en ningún caso, ayude –o defienda– al desarrollo del universo, de la vida, de la naturaleza.
Como evidencia empírica tomemos, por caso, a la emblemática Segunda Guerra Mundial (SGM). La propaganda oficialista ha sido tan intensa –incluido Hollywood– que hoy es difícil encontrar quién haga un análisis racional, desapasionado, serio y objetivo. Por cierto, la Primera Guerra Mundial fue peor ya que indujo la Revolución Rusa, el ascenso del nazismo, la caída de las monarquías progresistas, la Gran Crisis y la SGM.
Claramente la SGM logró el efecto contrario, sumó violencia. Si miramos el mapa del totalitarismo antes y después vemos que el rojo stalinista supera al negro nazi. Esta guerra fue ganada por Stalin, y por eso es aún hoy héroe nacional en Rusia. Se diría que los gobiernos de Inglaterra y EEUU salieron a defender a la URSS, que se expandió extraordinariamente en lugar de debilitarse hasta desaparecer junto con los nazis. Gracias a esta expansión soviética, hoy tenemos las dictaduras castristas y chavistas.
Los atroces campos de concentración nazis fueron fogoneados por la SGM que distrajo a la opinión pública. Dicen que los británicos entraron primeros en esta guerra para defender a los judíos, pero Geoffrey Wheatcroft asegura que el gobierno inglés no pretendía terminar el Holocausto, sino proteger a Polonia, meta que Churchill abandonó en Yalta en manos de un tirano peor. Wheatcroft también aclara que los crímenes de los soldados aliados no fueron menores.
Y va otra incoherencia lógica: no se “defiende la libertad” coartando libertades. La SGM, uno de los acontecimientos más destructivos –con más de 60 millones de muertos y una incalculable destrucción material– y más liberticidas de la historia se realizó coartando libertades: obligando a los ciudadanos a alistarse, aumentando impuestos para financiar la guerra, y demás.
Luego, el imperio soviético cayó pacíficamente demostrando que los grandes males se derriban con métodos libres y pacíficos, los métodos eficientes. La libertad y su sinónimo la paz –y la felicidad y la riqueza–, dicen la ciencia y la sabiduría, solo se consiguen con paz y libertad.
El autor es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California