Ruido, ruido, ruido. Estamos rodeados de ruido. Sin embargo, no es un estruendo enorme: tiene forma de imágenes, y debemos aprender a valorarlo. Cuando nos hablan de desinformación, la asociamos a las noticias escuchadas en los diferentes medios o a las lecturas que realizamos en Internet. No es así, o al menos no es completamente así. De manera inconsciente, olvidamos el impacto que tienen las imágenes en nuestra percepción de la realidad. Quienes se dedican a exponerla, y en este caso no se trata de los medios de comunicación independientes, lo saben muy bien y logran moldear así nuestro cerebro y pensamientos. ¿Cómo lo hacen?
Pensemos en las imágenes que hemos tenido de la reciente captura de Nicolás Maduro. No hemos visto ni una gota de sangre, ninguna bomba, ningún destrozo, ni nada por el estilo. Pocas veces las portadas de los periódicos son iguales, y en este caso era así: la foto era la misma. El depuesto presidente venezolana aparecía con unas gafas oscuras en el USS Iwo Jima. Es como si alguna mente iluminada habría decidido cómo resumir lo que ocurrió la madrugada del tres de enero, y nos hemos quedado con esa imagen. Como no hemos visto ningún fallecido, parece que no los ha habido. La realidad no es así; existen personas que se dedican a elegir lo que se manda a los medios para que en el imaginario colectivo quede una visión que será ya muy difícil de mover. Sólo hay una impresión que no se puede cambiar: la primera.
Cuando aparecen misiles volando de Irán a Israel o viceversa parece que estamos viendo fuegos artificiales. En Ucrania vemos alguna que otra casa caída, en Gaza personas pidiendo algo de comida. Esto da a entender una situación mucho más amable que la realmente existente, la cual nos lleva a otra conclusión muy preocupante: el reportero de guerra está desapareciendo. Manuel Leguineche o Ryszard Kapuscinsky están entre los mejores exponentes de esa profesión. Su trabajo en las zonas de guerra ha marcado a quienes intentan comprender el mundo que nos rodea desde sus entrañas más profundas. Estos reporteros venden un mensaje claro: en este tipo de conflictos no es común la existencia de “buenos y malos”. Cada uno trata de venderse y contar mejor su relato, y en este caso debemos variar nuestras fuentes de información. El sesgo de confirmación, el cual aparece cuando buscamos consciente (o inconscientemente mediante algoritmos) las noticias y opiniones que tienden a reafirmar nuestra opinión original, es una de las fuentes que amplifica una polarización en la que siempre ganan los que mandan.
El ruido visual no se queda en la información. Aparece cuando navegamos en Internet, en ese camino lleno de tentaciones que nos empujan a clicar en un scroll infinito que amplifica la manera en la que tiramos lo único que no se puede tirar: el tiempo. Ulises se ató al mástil de su barco para evitar caer en los cantos de las sirenas que le iban a llevar a perder la vida. Es nuestra responsabilidad no seguir la corriente. Cada uno debe decidir cómo hacerlo.
Uno de los pocos patrones de comportamiento que cambió la pandemia fue la prioridad por las experiencias en detrimento de las cosas. Eso está relacionado con la subida de precios asociada al turismo, la gastronomía, entradas de conciertos, teatro o incluso pisos en zonas de playa. Así, nos cuesta más cambiar de coche, ir al dentista (para ello la muela debe doler un horror), comprar un nuevo electrodoméstico o incluso la alimentación básica puede llegar a ser más descuidada. Ley de la oferta y la demanda, le llaman. Pese a todo, tenemos demasiados objetos. La ropa se acumula, y nos cuesta tirar las prendas que no usamos “por si acaso”. Las llevamos al trastero y pasado un tiempo prudencial que se puede llegar a evaluar en años, las cosas terminan en la basura. Bien, ¿por qué no pensar un poco en ello? Muchos dormitorios, cocinas, cuartos de estar están llenos de objetos que no aportan precisamente paz interior. Todos tenemos pereza, pero si logramos vencerla podemos crear entornos que nos ayuden a encontrarnos con nosotros mismos y a evitar vivir siempre estimulados.
Estímulos, estímulos. No somos capaces de estar sin oír música, sin hablar con alguien o sin consultar una libreta, móvil o televisor. Es un ruido que en esta ocasión es mental. Y sin embargo, la mayor parte de las culturas y religiones promueven la meditación, la espiritualidad y la búsqueda del yo interior. No es eso lo que le interesa al mercado; mejor estar activos consumiendo tiempo y dinero.
Esto nos lleva a un propósito que no sólo sirve para un año recién comenzado; es un propósito que se debe trabajar todos los días. Se trata de controlar el ruido que perturba nuestra percepción, pensamiento y espíritu.
El ruido visual.
Economía de la Conducta. UNED de Tudela