“El espíritu infantil no es un vaso que tengamos que llenar, sino un hogar que debemos calentar” (Plutarco)
Suelen ser las fechas navideñas cuando más sacamos al niño o la niña que llevamos dentro, aquel ser que no hacía más que volar con su imaginación, que vivía en varios mundos fantásticos a la vez y en total armonía. Ese niño, tapado con mil capas de duras experiencias que lo envuelven como si el paso del tiempo le estuviese momificando, que no sabe cómo pero encuentra entre los pliegues el fallo del sistema y sale invadiéndolo todo. Es una sensación entre rara y emocionante esto de sentirse niño a esta edad adulta, y sin embargo vuelves a gozar con las locuras infantiles como si estuvieras sumergido en una película de superhéroes, una fantasía genial. Por eso no voy a hablar de cosas posibles, “porque de lo posible se sabe demasiado” (Silvio Rodriguez) y para eso está el resto del año. Voy a hablar de sueños imposibles, pura infantilidad digna de un adulto que esos días saca al niño que lleva dentro.
Diez sueños-deseos, que muchos de ellos se crearon en mi niñez, se idealizaron en mi adolescencia, fomentaron mi imaginación en mi juventud y retornan en mi madurez como letras de una canción que retumba en el interior de mi noche, al borde de empezar mi decaimiento.
1. Me gustaría volar libremente con la destreza de un pájaro, sentir el viento, ayudarme de sus corrientes y danzar en el vacío sin obstáculos ni presiones. Posarme en las copas de los árboles a contemplar la calle, el paisaje y el paisanaje sin ser visto.
2. Me gustaría nadar por los mares acompañado de los delfines y sumergirme en sus profundidades, respirar bajo el agua y moverme como el más elegante de los peces. Jugar con los pececillos de colores y acompañar a las ballenas en su peregrinar.
3. Me gustaría hablar todos los idiomas que existen, poderme comunicar con cualquier persona que me encuentre viajando por el mundo. Entender su escritura, su cultura, sus cuentos, su poesía. Y saberlo todo.
4. Me gustaría tener el don de la sanación, poder tocar al enfermo y curarle, volverle totalmente capaz a la persona con discapacidad, darle vida al moribundo, recomponer lo fracturado, eliminar lo cancerígeno.
5. Me gustaría ser un Midas que con un solo chasquear de los dedos diera fortuna al que lo necesita y un Robin Hood que con otro chasqueo eliminaría el lujo y las grandes riquezas se devolverían equitativamente a la gente.
6. Me gustaría multiplicarme en muchos yos para llegar a todo, para estar presente en todo aquello que me apetezca a la vez. No perderme nada y vivir el presente de la manera más intensa que se pueda.
7. Me gustaría ser ajeno a las inclemencias meteorológicas, y expuesto al sol o a la nieve no pasar ni calor ni frío, ser inmune a las enfermedades y poder vivir en cualquier tierra por muy hostil que sea.
8. Me gustaría dar saltos instantáneos y visitar cada galaxia, cada estrella del universo, ser un explorador cósmico. Y como sé hablar cualquier idioma, entrar en contacto con otras especies extraterrestres y entablar comunicación e intercambios de saberes.
9. Me gustaría viajar en el tiempo para atrás, conocer en primera persona a la gente sabia, a los artistas que cambiaron su época, a los filósofos que transformaron el pensamiento de su sociedad, a los científicos que hicieron avanzar el mundo. Y para adelante, ser testigo del futuro, entender lo que nos viene.
10. Me gustaría vivir eternamente y ser un pacificador mundial, un descubridor de soluciones que mejoren la vida a la humanidad, que haga florecer el planeta. Un hombre de paz y amor que devolviese a la gente la ilusión y las ganas de vivir. Un hombre, no un dios.
¿Quién no ha soñado así? ¿Quién no ha fantaseado con ser un pájaro, un pez, saberlo todo, poder sanar, ser justo, estar en todos los lados, ser inmune, viajar instantáneamente, viajar en el tiempo, ser eterno? Oliver Wendell Holmes Jr. dijo que “Los hombres no dejan de jugar porque envejecen; envejecen porque dejan de jugar”. El que no sueña como un niño envejece y eso es morir lentamente. Como dijo Pablo Neruda: “Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo, quien hace de la televisión su guía. Quien evita una pasión, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite, por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos. Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo”. Los sueños imposibles hacen que podamos abordar lo posible.