Los grandes desastres aún no han ocurrido, y eso debería inquietarnos
Cuando hablamos de catástrofes solemos mirar al pasado: erupciones volcánicas que enfriaron el planeta, lluvias interminables que arruinaron cosechas, hambrunas que diezmaron regiones enteras. La historia demuestra que la naturaleza puede desencadenar crisis profundas. Sin embargo, el mensaje actual de la United Nations Office for Disaster Risk Reduction (UNDRR) es más inquietante: los peores desastres todavía no han sucedido.
No porque vayan a aparecer fenómenos desconocidos, sino porque estamos creando un mundo cada vez más expuesto. Clima más extremo, urbanización en zonas inundables o sísmicas, infraestructuras envejecidas y una interdependencia global creciente forman un cóctel peligroso. Hoy un solo evento puede afectar simultáneamente redes eléctricas, puertos, telecomunicaciones, transporte y mercados alimentarios. La vulnerabilidad ya no es local: es sistémica.
Los grandes colapsos del pasado provocados por erupciones, enfriamientos abruptos o epidemias muestran cómo un shock puede derivar en hambre, migraciones y desorden político. La diferencia crucial es demográfica y tecnológica: nunca antes tanta población y tantos servicios esenciales habían estado concentrados en los mismos espacios. Por eso, según UNDRR, el riesgo no depende solo del fenómeno natural, sino de dónde ocurre, cuánta gente vive allí y qué infraestructuras críticas se ven afectadas. Cuando confluyen peligros climáticos intensificados, alta densidad humana y mala planificación, la catástrofe deja de ser un accidente para convertirse en una consecuencia previsible.
Frente a ese panorama, la política central no es la resignación, sino la anticipación. Reducir hoy la exposición y la vulnerabilidad mediante una planificación urbana prudente, infraestructuras más seguras, protección de ecosistemas que amortigüen inundaciones y sequías, y sistemas de alerta temprana eficaces puede marcar la diferencia entre un evento extremo y una tragedia histórica.
La paradoja es evidente: sabemos más que nunca sobre los riesgos, pero seguimos acumulando población, riqueza y dependencia tecnológica en los lugares más frágiles.
Y aquí cabe una reflexión final incómoda pero necesaria. Ha llegado la hora de reaccionar. Menos guerras, menos violencia y menos políticas de crispación. Menos sillón, menos fútbol entendido como distracción permanente, menos tiempo dedicado a lo superfluo. Y más energía colectiva para lo imprescindible: planificar, prevenir, cooperar, reforzar lo que nos protege.
Los grandes desastres del futuro aún no han ocurrido. La pregunta decisiva es si, cuando lleguen, habremos tenido el coraje y la lucidez de trabajar todos en lo necesario para que no se conviertan en los peores de la historia.
El autor es director gerente de Tesicnor