La vida se ha convertido en una frívola fiesta comercial en la que todo está en venta. La sociedad es un gran mercado en el que la gente compra abrigos, relojes, discos, bufandas y otros caprichos, muchas veces superfluos, envueltos en la farsa de la necesidad. En esta era consumista nos pasamos el tiempo discutiendo si es mejor el cava catalán o el champán francés, o si los vaqueros Levi’s son o no los mejores. La publicidad nos hace soñar con la plenitud material, pero cuidado con las ofertas oníricas, pues los sueños, según el psicoanálisis, son un lugar colmado de deseos insatisfechos. Sí, pues al cuerno con Freud.

El mercado es una competición entre la gente para lucir el móvil más caro, la ropa más exclusiva y los complementos más inútiles, porque no complementan nada, pues solo sirven para lucirlos en cualquier cena de gula y embriaguez, en la que se tiende al esnobismo, aunque todo esnobismo tiende a eso, a seguir la moda, a qué otra cosa si no. Quiero decir que la funesta manía de comprar nos está llevando a la fruslería disimulada. Incluso en las farmacias los escaparates están llenos de inútiles productos cosméticos para combatir el envejecimiento de la piel o lociones que evitan la caída del cabello, aunque no sirven para nada. Y junto a ellos, discretamente expuesta, alguna crema para el acné juvenil, más como reclamo que por su eficacia dérmica. En un escaparate farmacéutico todo está disimulado con objeto vender aquellos productos superfluos que no requieren receta, pero generan unas expectativas de bienestar irresistible.

Entre guerras y genocidios, entreverados de tornados, riadas y accidentes, el ser humano no se está haciendo más responsable, sino más ajeno a la desgracia. Y es que no tiene tiempo, pues lo necesita para recorrer la planta de regalos de El Corte Inglés. Sin embargo, en ninguna de sus plantas venden un cóctel exótico que libere de esa penosa sensación de estar atrapados entre el remordimiento por los errores cometidos en el pasado y las falsas expectativas de plenitud del futuro. Mientras, la Iglesia, que tanto dinero ha gastado en imaginería religiosa y en candeleros de plata, nos pide que no idolatremos los bienes materiales, pues eso es incurrir en el paganismo, pero el mundo no se paganiza porque nació ya paganizado. Y es que el ser humano ha progresado muy poco éticamente, pero mucho estéticamente.

La sociedad consumista ha convertido en un negocio hasta la muerte. Antaño, la muerte era algo inquietante. Me refiero a cuando la gente se moría de verdad. Eran difuntos que no dejaban lugar a dudas. Más adelante, morirse pasó a ser un fastidio, una vulgaridad, una ordinariez de muy mal gusto. Hoy día se nos vende la muerte como un trance optimista y razonable de precio. Vamos, que quieren organizarnos la muerte como nos hipotecaron la vida. Los muertos, gracias a los tanatopractores, tienen mejor aspecto, lo que hace que la muerte parezca más confortable que la vida. Es una especie de consumo terminal, pues una vez que nos han vendido todos los electrodomésticos, todos los automóviles y toda la felicidad debidamente empaquetada y puntualmente entregada a domicilio por Amazon, a la sociedad de consumo ya sólo le queda vendernos la muerte por anticipado y en cómodos plazos. La muerte convierte al cadáver en una referencia social y estética, pues el reposo absoluto, la horizontal perfecta, es, según Freud, la aspiración de todo organismo vivo. El problema es el precio, pues se ralentizan los salarios, pero no los precios.

En un breve cameo de la película Celebrity de Woody Allen, estrenada en 1998, Donald Trump, en un alarde de estupidez, afirmaba que quería derribar la Catedral de San Patricio de New York, situada en la icónica Quinta Avenida, se supone que para construir una nueva y más grande Trump Tower. Y claro, con la llegada al poder de ese matón ignorante y narcisista, el mercado, beligerantemente arancelario, pretende ahora influir más aún en el rumbo de nuestras compras, aunque en la práctica ya venía siendo una concesión clientelar relativamente frecuente. Y es que mientras el capital triunfa sobre sus propias víctimas, esto es sobre los clochards de París o los miles de seres humanos que duermen en las calles de New York, la antropofagia comercial parece estar tácitamente aceptada en el redil de los bienaventurados.

En consecuencia, el problema de la sociedad de consumo surge precisamente a raíz de que el neoliberalismo pretende abaratar el despido, congelar los salarios y precarizar las pensiones. Vamos, que pretenden congelarlo todo. Es decir, van a hacer la revolución inversa, esto es, el capital se lo quedan los ricos y el pan duro los pobres. Y claro, mientras anda el personal cada vez más atollado económicamente, no habrá compradores para tan extensa oferta mercantil.