Capítulo uno: La invitación
La veinteañera: Carmen Laforet
Se quitó la venda de los ojos cuando sus pies desnudos empezaron a pisar libros viejos abandonados. Buscó a tientas el dintel de la entrada, se agachó y metió el brazo por detrás de una estantería. Encontró el viejo interruptor rotativo y lo giró, y una luz resinosa, lenta como miel cayendo por una pared de asfalto, se deslizó en la sala.
Cerró la puerta y fue mirando una a una las desordenadas estanterías hasta que encontró la sección dedicada a la literatura catalana y, allí, el libro que tanto deseaba leer desde que se había mudado a Barcelona: Flores marchitas, de Josefa Massanés, la primera autora del país en animar públicamente a
las mujeres a escribir. Pero, al cogerlo y hojearlo, algo ocurrió que hizo que pospusiera la lectura: una nota cayó al suelo de entre sus páginas.
Se trataba de una invitación a los Juegos Florales, que, en lo que le pareció una casualidad milagrosa, tendrían lugar esa misma noche. Una ceremonia secreta de escritores, según la breve descripción. Era como si la biblioteca, que tanta compañía le ofrecía en los días grises, que eran casi todos, quisiera brindarle una oportunidad.
La dirección estaba manuscrita por detrás: calle de la Ciutat, número cuatro. Recordó haber visto un plano de Barcelona en la galería acristalada del paraninfo que, bajo unas bóvedas glaucas, conectaba el ala izquierda del edificio con el resto de la universidad. Iría a consultar el callejero y preguntaría a algún profesor de su confianza si estaba al corriente de la reunión. Dobló la invitación y se la guardó en el bolsillo de la falda. Escondió el libro de Josefa detrás de varios ejemplares y abandonó el lugar.
La biblioteca de Filosofía y Letras tenía dos partes: una visible y otra clandestina. Para acceder a la segunda había que trazar un itinerario que los alumnos más avezados habían aprendido en clase de Literatura.
Los profesores les hacían recorrer y memorizar el camino con los ojos vendados para que consiguieran orientarse en el paisaje laberíntico. La razón de tanto secretismo se debía a la situación del país. Era 1941.
La ficha
- Título: ‘La ciudad de las luces muertas’
- Autor: David Uclés
- Género: Novela
- Editorial: Destino
- Páginas: 288
Terminada la guerra, Franco había destituido el estatuto universitario y prohibido el uso del catalán en las aulas. El caudillo había ordenado aplacar cualquier resistencia y calcinar tanto la carne como el papel. Sus secuaces habían depurado el sistema educativo, se habían quitado de en medio a la mayor parte del profesorado, habían dejado a los alumnos sin libros de texto, sustituidos de forma provisional por el catecismo, y llenado de símbolos franquistas y tradicionalistas las aulas: crucifijos, retratos de Franco, carteles con emblemas políticos... También habían dejado una silla vacía en cada clase; debían tener presente al caído por Iberia, pero solo al fallecido en el bando sublevado. El otro no era considerado hombre de Dios.
Para salvar los libros de las llamas, los bibliotecarios desafectos al régimen habían escondido los escritos en catalán en las zonas menos transitadas de las bibliotecas, junto a las obras de ideología contraria a la flamante dictadura. Por eso, la sección clandestina estaba atestada de libros; eran tantos que había que entrar descalzo para no estropear los ejemplares que cubrían el suelo.
Carmen buscó la calle señalada en el plano de la ciudad. Estaba justo detrás del ayuntamiento. Memorizó la ubicación y se marchó de la galería.
Antes de abandonar la facultad, se dirigió al paraninfo a ver a uno de sus profesores. Aquella pieza era uno de los salones universitarios más bellos de la península. De estilo mudéjar, con toques platerescos y alhajas orientales, el salón deslumbraba por su originalidad y sus alabastros policromados, propios de un palacete andalusí. El profesor estaba preparando una clase sobre teatro clásico.
La joven se aproximó a la cabecera de presidencia y lo saludó. Se aseguró de que estaba solo antes de mostrarle la invitación. El hombre tomó el papel y sonrió. Señaló las iniciales que firmaban la carta, las del presidente del encuentro en la sombra: C. R.
—¡Carles Riba! ¿Lo recuerda? Lo he nombrado varias veces en clase. Sus traducciones del griego son excelentes, en especial las de Anacreonte y algunos aforismos de Heráclito. Pero no sé por qué firma la invitación. Él no estará en los Juegos este año. Tuvo que exiliarse. Como casi todos.
—¿Qué son los Juegos Florales?
—Son algo así como una justa de escritores, una celebración en la que se alzan unas voces contra otras. Y pocos tienen el privilegio de ser invitados.
—¿Cree usted que sería impertinente asistir?
—¿No estaba preparando una novela? Algo de una isla y sus demonios.
—Sí, pero la he dejado a un lado. Quizá lo haya dejado todo a un lado.
—¿Cree que la nota llegó a sus manos por casualidad? Señorita Laforet, vaya sin ningún miedo.
¡Sus primeros Juegos Florales! ¡No los olvidará! Ni usted ni esta ciudad.
—¿Por qué dice eso?
—Yo digo muchas cosas y la mayoría no quieren decir nada. Acuda al encuentro y no comparta con sus compañeros la naturaleza de la reunión. Como le he dicho, solo deben ir los que encuentran la invitación. Sabe llegar a las manos oportunas. ¡Y pierda cuidado, que es una fiesta afable! No indague demasiado sobre ella, déjese sorprender.
—Le agradezco que me anime. Quizá vaya.
—¡Claro que irá! Duerma algo, que la noche será larga. La más larga de su vida. Quizá nos veamos por allí. ¿Quién sabe? Vinga! Vagi-se’n a dormir!
Carmen obedeció y se marchó sin detenerse, como solía hacer, ante los destrozos que habían provocado en la universidad los bombardeos de la guerra. Lo que sí que llamó su atención fue la escultura dedicada a Ramon Llull, que, junto a las de Alfonso X, Luis Vives y san Isidoro, daba la bienvenida en el vestíbulo. Los ojos de la estatua, que estaban dirigidos hacia el cielo y eran ajenos al texto que sostenía en las manos, habían sido vendados. La venda estaba mojada y goteaba. Parecía a todas luces un acto de vandalismo, o quizá, pensó, alguien le había puesto la banda para que no lo vieran llorar.
La recibió un cielo plomizo. Pensó con tristeza que aquella ciudad en la que había nacido no la quería.
Echaba de menos la amplitud de las islas Canarias, donde se había criado. Barcelona la asfixiaba; notaba la presión de las construcciones apiladas alrededor de ella y el oxígeno plúmbeo que despedía una ciudad de más de dos mil años construida de espaldas al mar. Se sentía minúscula e insignificante, como si las fachadas se le echaran encima. Miraba al cielo y veía cómo se juntaban las azoteas de ambos lados de las calles, que se le hacían cada vez más angostas, similares a los rostros de la gente. Y los pasos le pesaban como si llevara apuntalados en los talones zuecos de acero. Salvo en el refugio que le ofrecían los libros, las aulas y la oscuridad de su dormitorio, la atmósfera de la ciudad le era lóbrega y lúgubre, atenazadora.
Vivía con sus tíos en el número treinta y seis de la calle Aribau. El trayecto que recorría de la universidad a su casa era breve, pero suficiente para apreciar la desolación que la posguerra estaba grabando en la orografía urbana. La instauración de la dictadura había propiciado que las umbrías se tornaran más tupidas y las calles más estrechas. Sin apenas espacio, el viento languidecía y se desplomaba, y se imponían los olores nauseabundos. Los transeúntes llevaban pañuelos y velos para cubrirse el rostro y caminaban gibados y con sombrero para no cruzar la mirada con nadie. Ni siquiera en los días soleados cambiaba el ambiente. El miedo deformaba los cuerpos y solo se adivinaban siluetas enlutadas, rostros esquivos y auras infectas. Parecía como si Dios hubiera cosido con crespones la ciudad. La que había sido la villa más viva del Mediterráneo era entonces la más muerta, un cadáver masacrado por la guerra y la más feroz de las represiones.
Carmen no era ajena a todo ello. Se consolaba ideando las escenas que algún día escribiría. No quería hacerlo en Barcelona, sino en Madrid, adonde pensaba trasladarse en cuanto acabara el curso. Pero aquel día algo había cambiado en ella. La invitación a los Juegos Florales le había reavivado la esperanza que había perdido en pocos meses. «Quizá sí hay un alma literaria en esta ciudad, pese a las manos azabaches que castigan a los que piensan por cuenta propia.»
Subió deprisa la calle que la llevaba a casa. Debía dormirse si quería estar despejada a medianoche. Al edificio se entraba por uno de los chaflanes de las más de doscientas manzanas que formaban el corazón de la ciudad: el célebre Eixample, el distrito cuadriculado que se desarrolló durante la Revolución Industrial. Se limpió las botas en el raspador de barro de la entrada y se abalanzó sobre las escaleras.
SOBRE EL AUTOR
David Uclés (Úbeda, 1990) es escritor, músico, dibujante y traductor. Es el autor de la novela La península de las casas vacías, el gran fenómeno literario del momento, con más de 300.000 ejemplares vendidos, que ha recibido los halagos de Ian Gibson, Gioconda Belli, Leonardo Padura o Irene Vallejo, y ha sido reconocida con una veintena de premios, entre los que destacan el Premio Cálamo, el Premio Andalucía de la Crítica, el Premio Dulce Chacón o el Premio San Clemente. También ha sido la candidata española al Premio de Literatura de la Unión Europea y finalista de la Bienal Vargas Llosa. En 2024 fue elegida mejor novela española del año por el jurado de Babelia. Está siendo traducida a más de quince idiomas y será adaptada al cine. Uclés colabora con La Vanguardia, El País, Diario Jaén y la Cadena SER. Su novela La ciudad de las luces muertas, la cuarta en su trayectoria, recibió la beca Montserrat Roig en 2022 y ha sido premiada con el Premio Nadal de Novela 2026.
Con la prisa, no saludó a su vecina.
—¡Andrea, que los vecinos no somos de piedra!
La vieja la había llamado así desde el primer día que había pisado el bloque. Carmen había intentado recordarle su nombre, pero había desistido ante la pésima memoria de la mujer. Había llegado a sospechar que lo hacía a propósito.
Pensó en lo extraño que era darse prisa para dormirse de día. Entró, se descalzó y se acercó al salón para decirles a sus tíos que se sentía indispuesta y que no la esperaran para la cena, que se iba a acostar y que dormiría hasta la mañana siguiente. Sus familiares estaban en mitad de una disputa por el precio desorbitado que había pagado el tío por un escabel que había comprado en Sant Gervasi al salir del funeral de un primo lejano. La tía le reprochaba que a quién se le ocurría comprar un mueble tras un entierro, que las almas de los muertos se apegaban a cualquier material vivo y que la madera era, de entre todos los materiales, el que más vida tenía; y que si ahora ya era tarde, porque el alma habría saltado del taburete a los muebles de la casa, y que quizá se tendrían incluso que mudar. Carmen se excusó y se encerró en su cuarto. A la familia le era indiferente contar o no con su presencia el resto de aquel moribundo día otoñal.
La veinteañera improvisó dos tapones de oídos con unos algodones mojados en aceite. Lo hizo sin mirarse las manos; no le gustaban. Le parecían enormes. Se metió en la estrecha cama, se cubrió el cuerpo y la cabeza con la sábana y con la tosca frazada de
pelillo recio, rascándose el cuerpo antes de que las chinches acudieran a sus tibias carnes, y se propuso despertarse poco antes de la medianoche.
Los Juegos Florales la esperaban.