He realizado una lectura crítica al manifiesto que con el título Socialdemocracia 21 ha publicado el exministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla. De la misma, he identificado veintiséis puntos de discrepancia, pero no se asuste el lector de estas notas, no las abordaré críticamente todas dado que resultaría una especie de contra-manifiesto seguramente largo.
Me interesa aclarar desde el principio que la lectura y comentarios realizados se aleja de toda perspectiva ideológica y está sujeta, exclusivamente, a mi personal visión de la sociedad, así como a mis posiciones relativas a las vías de solución para determinados problemas que nos afectan.
Sí creo, no obstante, que el contenido del referido documento responde, en gran medida, a un posicionamiento de exaltos cargos, ya veteranos, del Gobierno español que se expresan contrariamente a la política desarrollada por el actual presidente del Gobierno del Estado, Pedro Sánchez, y que, en mi opinión, rezuma una visión algo nostálgica y antigua sustentada en dos grandes ejes: el bipartidismo y la unidad carpetovetónica de España.
Vayamos al contenido del documento abordando algunos de los puntos en él expresados, comenzando por la aseveración que lo inicia, y en concreto cuando dice: “…La socialdemocracia...ha estado ausente del centro del debate político real”. Tengo que manifestar mi discrepancia con esta percepción, en línea con lo expresado en otro artículo que escribí hace algún tiempo. El debate central identitario de la socialdemocracia, junto a otros aspectos importantes que la definen, se centra en la identificación del mercado como mecanismo de reasignación de recursos, corregido con la función del Estado como garante de la optimización del funcionamiento del mismo, vía redistribución de la renta y la riqueza generadas por la correspondiente sociedad.
Conviene recordar que uno de los pilares fundamentales de la creación y estructura de la Unión Europea (UE) es, precisamente, la adopción de un mercado de economía social, inspirada esa opción en las corrientes ideológicas centradas en la democracia cristiana, la socialdemocracia y el socialcristianismo.
Esta definición central de economía social de mercado está acompañada en el plano de la teoría económica por, al menos, dos concepciones extremas de la economía: la neoliberal, que asigna y defiende una función mínima al Estado con predominio del mercado, ergo de las élites económicas, y la del socialismo real, que elimina el mercado sustituyéndolo por la planificación central del Estado. En este último caso, solo hay Estado, por lo que no existe la propiedad privada ni otros importantes elementos ligados a la libertad individual y colectiva.
Ese debate está muy presente en la actualidad, encabezado por la Internacional Antisistema, cuya cabeza máxima es un tal Trump, con adláteres en todo el mundo, especialmente en Europa, con significativa presencia en el Estado español, vía partidos situados en el neofranquismo, así como en Oriente Medio.
Ahora bien, entre ambos extremos señalados están los matices sustanciados en el porcentaje de presencia admitida o deseada del Estado corregidor, dando pie con ello a las diferentes posturas ideológicas del arco político al uso. Y en ese escenario se encuentran los llamados partidos de orden con visión de Estado que parece comenzar a flaquear con los años.
Otra de las discrepancias, en términos absolutos y relativos, con lo indicado en el documento en cuestión, se concreta en la expresión: “Auge de la extrema derecha… y a una dictadura de las minorías”.
Respecto a lo primero, en referencia a la extrema derecha, es un claro ejemplo de la miopía antes sugerida. No ha habido un auge de la ultraderecha, sino que lo que se ha producido es una salida al escenario del neofranquismo enmascarado desde la muerte del dictador.
Y por lo que respecta a la referencia a las minorías, quien piense o escriba eso, olvida o, intencionadamente, oculta, que la estructura del arco parlamentario es producto, única y exclusivamente, de la voluntad de la soberanía popular manifestada mediante sufragio universal. Por eso algunos partidos y líderes exponen ante la opinión pública y de manera cínica –por ser una visión antidemocrática–, la falsa idoneidad de corregir el sistema electoral en el Estado español. A ello conviene añadir que, precisamente, la democracia es el único sistema de convivencia basado en valores y comportamientos éticos que lucha y evita las dictaduras de las minorías, pero, sobre todo, de las mayorías, al ser el único sistema que garantiza los derechos de esas minorías, salvo cuando las mayorías ejercen de dictadoras imponiendo –que no negociando–, su visión y afán en determinados asuntos, sean jurídicos, étnicos, económicos, culturales o administrativos.
Tenemos que llegar al quinto párrafo del documento para descubrir la verdadera razón que inspira el manifiesto promovido por el exministro Sevilla, en mi opinión, que sigue siendo la incuestionable “unidad de España”. Como he indicado en el tercer párrafo de estas notas, concepto respetable pero claramente contrario al espíritu y la letra de la Constitución que identifica a España como un estado multinacional, aunque para ello utilice el subterfugio de emplear –cuasi inventar–, el término “nacionalidades”.
Como ha quedado dicho, argumentar sobre veintiséis discrepancias alargaría en exceso este comentario, por ello lo terminaré haciendo una acotación a lo indicado en el párrafo sexto. En el mismo se dice: “… se recupere lo mejor que nos enseñó la transición...respeto al adversario, [al] del diálogo y [al] del acuerdo…”. ¿Se refiere, por ejemplo, al respeto y acuerdo que alumbró el Estatuto de Gernika todavía hoy incumplido, o a la LOAPA cercenadora de aquellos consensos?
Termino preguntando si por atención a las diferencias entienden los inspiradores del manifiesto en cuestión la aplicación del café para todos. Me temo que sí, y eso constituye una forma más de ejercicio dictatorial del poder.
El autor es economista