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Soy el rey

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Hasta llegar el conflicto de Oriente Medio, uno de los temas que estaba en el candelero era el asunto de los papeles de Epstein. Aunque a primera vista no lo parezca, existen patrones comunes entre el caso Salazar, el de Móstoles, el director adjunto operativo de la Policía Nacional y tantos otros. Ha llegado el momento de valorarlo. Para eso, en primer lugar debemos ubicarnos.

Si acudimos a Wikipedia, no parece que Jeffrey Epstein sea un buen modelo a seguir en tanto comienza describiendo su vida (recordemos que se suicidó en su celda en el año 2019 aunque existen teorías que atribuyen su fallecimiento a otras causas) así: “fue un magnate financiero, agresor sexual infantil, violador en serie y traficante de personas estadounidense…”. En los llamados papeles de Epstein, desclasificados debido a una ley de transparencia, aparecen muchas personas, públicas y famosas, que estaban relacionados con él. Destacan Donald Trump y Bill Clinton. Hasta que punto lo estaban con su red no queda tan claro. Aunque el camino hasta acusarles de cómplices es largo, no parece que estar en esa lista otorgue reputación a quienes la componen.

Por estos lares, existen casos de los denominados “comportamientos inapropiados con mujeres” que afectan a personas de diferentes ámbitos. Paco Salazar en el PSOE, Manuel Bautista en el PP (Móstoles) o José Angel González como director adjunto operativo de la Policía Nacional muestran un patrón común: todos ellos se creen aquello de “soy el rey”. Para realizar nuestro análisis debemos distinguir la diferencia entre justificar un comportamiento y comprenderlo. Los sucesos por los que estos sujetos han sido acusados son injustificables. Ahora bien, podemos comprenderlos: posiblemente se han creído que estaban por encima de la ley. Cuando todos los que te rodean te ríen las gracias; cuando recibes alabanzas cuyo objetivo más profundo es, quizás, aspirar a un puesto; cuando tantas personas te tienen en palmitas es difícil no pensar que podemos hacer lo que nos da la gana. Es un proceso gradual, que va avanzando lentamente. Es difícil volverse prepotente de un día para otro. Es más: cuando lo eres nadie se atreve a decírtelo, ni siquiera uno es capaz de afirmárselo a sí mismo. Todo lo que se hace, como dice la publicidad, es “porque yo lo valgo”. En esas condiciones es difícil razonar. Si estas personas podrían hablar con su yo del pasado recibirían una bronca más que merecida.

Se debe incidir en que estos comportamientos son más la regla que la excepción, aunque de este matiz se deben hacer dos indicaciones fundamentales. En primer lugar, estas situaciones son tan extremadamente graves que un solo caso es un número muy alto. En segundo lugar, sin llegar a las actitudes nombradas se puede ser prepotente, perder capacidad de diálogo y pensar que siempre tengo razón aunque las palabras expresadas contengan falsa humildad. Ejemplos: “tengo muchos defectos” o “me equivoco a menudo”. No es el mejor escenario posible. La cuestión está clara: ¿cómo podemos lograr una mejor gobernanza, sea un ámbito político o institucional?

Se torna prioritario establecer salvaguardas, siendo la principal la de limitar los mandatos. Si aparece alguna excepción, quienes rodean al mandamás le animarán para seguir. No lo harán necesariamente por su buena gestión, lo harán porque su puesto de trabajo depende de eso. Y es que sí, cuesta mucho no estar en el candelero. Podemos comprobarlo con dos ejemplos llamativos. El primero es el del piloto de Fórmula Uno Fernando Alonso, dos veces campeón del mundo: años 2005 y 2006. En esos momentos comentó que tenía intención de retirarse con treinta y pocos años. Al llegar a esa edad cambió de opinión y en la actualidad sigue pilotando con 44 años. El presidente de Camerún, Paul Biya, se siente lo suficientemente joven como para seguir gobernando su país. Su trabajo no le ha cansado, pese a llevar ocupando el puesto cuatro décadas. En la actualidad, con 92 años, tiene como objetivo mantenerse hasta los 99. Seguro que cuando llegue a esa edad cambia de opinión y decide seguir un poco más. Se admiten apuestas.

Para supuestos reyes, Donald Trump y Benjamin Netanyahu. El segundo ya no sorprende a nadie, el primero es un firme candidato al premio Ig-Nobel de la Guerra. Sí, no está mal escrito. Los premios Ig-Nobel, como los Nobel: también se entregan cada año, aunque tienen un claro componente cómico y sarcástico. Eso sí, con las guerras pocas bromas. Cuando estábamos terminando el año 2025 y se hacían las típicas predicciones para lo que está por venir, nadie pudo prever que el presidente norteamericano iba a ser capaz de apresar a un presidente de un país (Nicolás Maduro, Venezuela) ni de asesinar a otro (Alí Jamenei, Irán). Nadie. ¿Cómo explicar estos comportamientos?

Quien se cree rey se siente legitimado para actuar por impulsos.

Cuando actuamos por impulsos, rara vez valoramos las consecuencias.

Economía de la Conducta. UNED de Tudela