Ante las recientes acusaciones públicas, la asociación feminista Garenak explica su posicionamiento desde el feminismo radical abolicionista y defiende el derecho al debate político dentro del movimiento feminista.

En los últimos días se han publicado en Navarra diversas declaraciones en las que se alerta sobre la presencia de discursos “transexcluyentes” dentro del movimiento feminista. En una información reciente, el colectivo Kattalingorri señalaba a varias asociaciones feministas, entre ellas Garenak.

Ante estas acusaciones creemos necesario explicar con claridad cuál es nuestra posición, no desde la confrontación, sino desde el respeto que merece cualquier debate democrático, tal y como hemos venido haciendo hasta ahora.

Lo primero que queremos afirmar es algo muy simple: el feminismo que defendemos no nace del odio hacia nadie. Nace de una tradición política de izquierdas que analiza las desigualdades sociales para transformarlas. Nos definimos como feministas radicales abolicionistas. Y quizá conviene explicar qué significa esto, porque a menudo se caricaturiza.

Radical no significa extremista. Radical significa ir a la raíz. El feminismo radical surge en los años setenta para analizar las estructuras profundas que organizan la desigualdad entre mujeres y hombres: la división sexual del trabajo, la violencia machista, la sexualidad, la reproducción o el control sobre los cuerpos de las mujeres. Es un feminismo que parte de las necesidades básicas y materiales de las mujeres, porque entiende que la desigualdad no es una abstracción, sino una realidad que atraviesa sus vidas.

Nuestra perspectiva se inscribe además en una tradición materialista de la izquierda. El materialismo político parte de una idea sencilla: para entender las desigualdades sociales no basta con analizar discursos o identidades; es necesario observar también las condiciones materiales que organizan la vida de las personas.

El feminismo comparte esa mirada. Por eso el sexo importa políticamente: porque sobre él se ha construido históricamente una jerarquía social que ha situado a las mujeres en una posición de subordinación. Reconocer esta realidad material no implica negar derechos a nadie. Implica analizar las estructuras que han producido desigualdad para poder transformarlas.

El feminismo abolicionista, por su parte, sostiene que determinadas instituciones –como la prostitución o la explotación reproductiva– o pueden entenderse únicamente como elecciones individuales, sino también como fenómenos atravesados por desigualdades económicas, sociales y globales. Por eso plantea un debate político sobre si una sociedad que aspira a la igualdad puede normalizar la compra del acceso al cuerpo de las mujeres.

En el contexto actual, sin embargo, el desacuerdo político dentro del feminismo se está reduciendo con demasiada frecuencia a etiquetas descalificadoras. Se habla de “transfobia”, se acusa de puritanismo, se utilizan términos como “putofobia” o incluso insultos que pretenden desacreditar a quienes sostienen determinadas posiciones feministas. No es una estrategia nueva: cuando el feminismo empezó a denunciar la pornografía y la prostitución como instituciones de desigualdad, pensadoras como Catharine A. MacKinnon o Andrea Dworkin también fueron ridiculizadas y calificadas de puritanas. Convertir el desacuerdo político en descalificación personal ha sido, con frecuencia, una manera de evitar el debate de fondo.

Este tipo de lenguaje no ayuda a comprender el debate. Lo simplifica, lo empobrece y en muchos casos lo bloquea. Pero además tiene otra consecuencia preocupante: convierte el desacuerdo político en señalamiento público hacia mujeres concretas, a las que se acusa de odio o discriminación sin fundamento. Cuando se caricaturiza o se desacredita a mujeres por pensar distinto, también estamos ante una forma de violencia simbólica que debería preocuparnos a todas.

Cuestionar una institución social no es odiar a las personas que se encuentran en ella. Defender que el sexo tiene relevancia política no equivale a negar derechos a nadie. Y criticar determinadas dinámicas del sistema de género no significa despreciar a quienes viven en él.

El feminismo ha sido siempre un movimiento plural. A lo largo de su historia ha albergado debates intensos sobre estrategias, diagnósticos y prioridades políticas. Esa diversidad no debería interpretarse como una amenaza, sino como una muestra de vitalidad democrática.

Nos preocupa especialmente que en un momento en el que las desigualdades sociales siguen siendo profundas, el debate feminista se esté desplazando hacia dinámicas de señalamiento entre mujeres. Mientras discutimos sobre etiquetas, cuestiones fundamentales como la precariedad laboral, la explotación sexual o las violencias machistas siguen afectando a miles de mujeres.

Desde Garenak seguimos defendiendo un feminismo que pone en el centro las condiciones materiales de vida de las mujeres y que analiza cómo el capitalismo, el clasismo y el racismo se entrecruzan en muchas de las formas actuales de explotación. Pero también defendemos algo igualmente importante: el derecho a pensar y a debatir sin ser estigmatizadas, señaladas y violentadas por ello.

El feminismo no nació para silenciar el desacuerdo entre mujeres, sino para analizar las estructuras que producen desigualdad y transformarlas. Por eso creemos que el camino para avanzar no pasa por el señalamiento ni por las descalificaciones, sino por recuperar algo básico en cualquier sociedad democrática: el respeto al debate político.

Desde Garenak seguiremos participando en ese debate con la misma convicción que nos ha guiado desde el principio: trabajar por una sociedad más justa, más igualitaria y más libre para todas las mujeres. Porque el feminismo no es unanimidad obligatoria. Es pensamiento crítico.

Firman este artículo: María Santos Burgaleta y Rakel Castera Zabalza Garenak Emakume Feministak