Algo más de dos mil años de educación cristiana y unos cuatro siglos de racionalismo y empirismo no han servido para casi nada. Es más, la evolución de las especies de Darwin ha sido una chapuza, ya que al final no se están adaptando los más aptos o mejores, sino los más ignorantes y crueles, como es el caso de Trump, el aspirante a emperador del planeta, o Netanyahu, el líder del pueblo hebreo que fue masacrado por los nazis y ahora preside una nación genocida. Aunque no nos guste admitirlo, el destino es imparcial. Vamos, que la revolución o te la haces tú o no te la hace nadie. Y es que ya no quedan personas seductoras, como la Pasionaria, capaces de crear complejos de Edipo. O sea, partidarios incondicionales.

Mientras los rojos ni se crean ni se destruyen, solo se transforman en un redundante trámite que rebosa desunión, la extrema derecha sigue creciendo. Y de seguir así, es posible que las dos derechas españolas ganen las próximas elecciones generales y gobiernen, elecciones que pagará el Estado y las perderá el pueblo. Y en ese caso a nuestra democracia no habrá quien la socorra ni divinidad que la ampare. Se impondrá un gobierno patrimonialista con una economía y una teología como la que se oficia diariamente en las capillas de la Casa Blanca. En consecuencia nuestra utopía, llena de libertad y cantautores, seguirá su afán huidizo hacia la distopía. Y la ONG de Empresarios Sin Fronteras seguirá perpetuándose, pues como dice el Arcipreste de Hita: “el dinero es del mundo el gran agitador, hace señor al siervo y siervo hace al señor”. Si las derechas ganan estaremos todos en libertad condicional, vigilados por algún gerifalte de hogaño, como el sombrío Figaredo. Seguirá habiendo súbditos con frigorífico y televisor, con monopatín y microondas, pero con una sanidad privatizada, pues mantener la sanidad socializada, las batas blancas y bien planchadas y al parvulario sanitario bien formado, no es posible sin el tornado huracanado de los impuestos. Y claro, a los ricos no les gusta pagar impuestos, pues lo que de verdad les mola es hacer dinero contra Hacienda. En fin, a los pobres de solemnidad, aleccionados por la vida y los precios, sólo les quedará el bocata de chistorra y el trago de morapio. Es más, nuestra natural locuacidad quedará reducida al laconismo del voto, pues las elecciones siguientes ya no se harán para saber lo que quiere el pueblo, sino para satisfacer los intereses del Ibex 35. Y, en fin, apurando las noches revolucionarias de invierno, como verdad nocturna de una época en la que se iba a suprimir la injusticia milenaria, los rojos, si la unidad de la izquierda no lo impide, se quedarán dialogando con la utopía. Y los inmigrantes, pobres de cuerpo y alma, tendrán que reservarse un billete de retorno a sus países de origen, ya sea en cayuco o en patera.

Tras estos años de recrudecimiento y radicalización de la derecha, parece que habrá que seguir urdiendo nuevas utopías, pues todos los sueños de transformación de la sociedad flotan a la deriva. Hubiese sido de sentido común buscar otro centro de gravedad que sacara a la izquierda de la fragmentación en la que está sumida, pues hartos de insurrecciones inútiles, revoluciones imaginarias y terceras vías, se está perdiendo la encendida pasión por los desheredados, para acabar siendo simples pigmeos zarandeados por la tribúnica fuerza de una democracia neoliberal, que muestra ante sus ojos cómo el sistema involucraba en la práctica la existencia de la dictadura efectiva de los opulentos y la estoica presencia de los marginados. El panorama político no es muy halagüeño, pero es que en España nunca ha sido precisamente obsequioso. En fin, en una sociedad en la que los homosexuales lo son ya a jornada completa, la extrema derecha exhibe unos machos saturados de heterosexualidad que rezuman virilidad a espuertas, masculinidad muy peligrosa, sobre todo para las mujeres. Pese a ello, hay que ser algo así como crédulo y optimista, por lo que hay que romper con la falsedad y mediocridad de la vida, pálidamente enaltecida por un salario precario y una minúscula vivienda en alquiler, para emprender, al fin, una vida plena de energía liberada, no la energía domeñada del currante cautivo y sin conciencia social. Eso sí, tal y como están las cosas, cuando uno se apresta a inventarse una pasión política por la que vivir, debe pararse a pensar por qué puerta ha de salir en caso de aprieto. Y es que a uno que se ha dejado epatar por la estética existencialista de aquel París, empapado de literatura, en el que Jean Paul Sartre vendía L´Humanité por Saint-Germain-Des-Prés, además de por la voz desgarrada de Édith Piaf y por la utopía de Anatole France, el idealismo le resulta mareante. ¡Ah, París, París! No hay vida sin exageración.

El autor es médico-psiquiatra