Vivimos en un tiempo en el que casi todo se interpreta en clave política. Todo se polariza, todo se simplifica, todo se convierte en un a favor o en contra. Y, sin embargo, hay cuestiones que deberían quedar fuera de ese juego. No por ingenuidad, sino por responsabilidad.
Las palabras importan. Y hay palabras que, cuando se pronuncian, cruzan todas las líneas.
Cuando Donald Trump habla de “acabar en pocas horas” con un país como Irán, es posible –y hasta razonable– interpretar que estamos ante una forma de negociación llevada al extremo. Un estilo que no es ajeno a su trayectoria: tensar al máximo la cuerda, formular amenazas desproporcionadas y, posteriormente, replegarse hacia posiciones intermedias.
Ese enfoque, propio del mundo empresarial, puede tener lógica en determinados contextos. Pero incluso aceptando ese marco –y es mucho aceptar– hay algo que no debería normalizarse: el contenido de la amenaza.
Porque no estamos hablando de aranceles, ni de acuerdos comerciales, ni siquiera de presiones diplomáticas. Estamos hablando, literalmente, de la posibilidad de aniquilar un país. Y eso, dicho sin rodeos, tiene un nombre que la historia ya nos ha enseñado a no banalizar: genocidio.
Conviene que nos detengamos un momento aquí, porque Irán no es únicamente un actor en el tablero internacional actual. Es la continuidad histórica de una de las civilizaciones más antiguas del mundo. La antigua Persia que, bajo Ciro el Grande, articuló un modelo de poder basado en la tolerancia y el respeto a la diversidad, ya había entendido hace más de dos mil quinientos años algo que aún hoy seguimos intentando gestionar: que la convivencia no puede imponerse, sino que es algo que debe organizarse cuidadosamente.
Ese legado continuó con figuras como Darío I, que estructuró un imperio complejo y eficaz, y con pensadores como Zaratustra, cuya visión ética –basada en la libertad y la responsabilidad individual– dejó una huella profunda en la historia del pensamiento, de la que algunos, aún hoy, hemos descubierto cosas interesantes.
Siglos después, en plena Edad Media, Persia no solo mantuvo su identidad, sino que se convirtió en uno de los grandes centros del conocimiento. Nombres como Avicena u Omar Khayyam son testimonio de una cultura que no se limitó a conservar el saber, sino que lo amplió y lo refinó.
Por eso, hablar de “acabar” con Irán no puede interpretarse únicamente en clave estratégica. Es, también, una amenaza –aunque sea en el plano retórico– contra una herencia cultural de milenios.
Quienes vivimos en Navarra sabemos bien lo que significa formar parte de una tradición antigua, profundamente enraizada, que ha resistido el paso del tiempo sin diluirse. El euskera, nuestras costumbres, nuestra forma de entender la comunidad, no son simplemente elementos culturales: son la expresión de una continuidad histórica que nos precede y nos trasciende.
No se trata de equiparar realidades distintas, sino de reconocer algo esencial: que hay culturas que no pueden reducirse a un presente político, porque son, en sí mismas, una acumulación de tiempo, de memoria y de sentido.
Y esa acumulación merece respeto.
La historia ha demostrado que las grandes pérdidas de la humanidad no se producen por la destrucción material –al menos, no solamente por eso–, sino también por la banalización previa. Cuando se empieza a hablar con ligereza de destruir países, cuando se normaliza ese lenguaje, se está dando un paso peligroso: el de despojar a las civilizaciones de su valor intrínseco.
Por eso, incluso admitiendo que determinadas declaraciones puedan formar parte de una estrategia negociadora, hay límites que no deberían cruzarse. No por corrección política, sino por conciencia histórica y por respeto. Porque una cosa es gobernar con firmeza. Y otra muy distinta es jugar, aunque sea con palabras, con la idea de borrar del mapa una civilización. Y eso –más allá de cualquier ideología– no es aceptable.