El tonto útil tiene dos características fundamentales: que es tonto y que su actitud es de utilidad para un tercero. No crean, me ha costado cierto esfuerzo intelectual llegar a esta perogrullada. Además, disculpen mi referencia personal: he llegado a la feliz conclusión de que yo no soy ni tonto útil ni tonto inútil, ya que el tonto se caracteriza por no saber que lo es, y ni siquiera se lo plantea, y yo me lo he planteado más de una vez durante los últimos semestres, siempre que he intentado entender las claves que mueven el mundo, sin haber logrado atisbarlas ni una sola vez.
Porque tener capacidad para responder a un test que te fije en la normalidad no es ninguna garantía de no ser tonto, incluso tonto de solemnidad. Seguro que muchos de ustedes conocen a personas con carrera universitaria que lo son, que son tontos con pedigrí. Ya ven que no hablo de eso que se llama coeficiente intelectual, mucho menos de las personas que, por mil motivos diferentes, han sido tocados por la naturaleza o por el accidente con alguna discapacidad.
No les hablo de quienes, careciendo de mentes destacables, se creen los más listos del mundo, se ven merecedores de premios y de halagos y se sienten capacitados para liderar lo que haga falta, incluso a codazos, más que cualquier otro emperador de los que en la tierra han existido, por haber sido ungidos por la gracia divina (pues menuda gracia), salvadores de la patria y de los valores familiares (valores en bolsa, preferentemente) y que han sido capaces de llegar tan alto porque empezaron desde arriba en el ascensor social, con la consiguiente ventaja que siente quien tiene el poder en su bolsillo y actúa de dictador con el único objetivo de servir a su ideal, el de servirse, de rodearse de dorados celestiales y mirar siempre hacia abajo, desde ese lugar histriónico desde el que se ve en primer plano el servilismo en persona, una corte de fanáticos aduladores arribistas que creen que se hallan en la corte celestial del nuevo mesías, aún más, de quien tiene el poder de, dándole a un botón, (al menos eso cree el tonto que puede hacer, al habérselo hecho creer así los más serviles de su corte) hacer saltar por los aires todo lo imaginable y más, hasta la cara oculta de la luna cuando sea reconquistada.
Y cuando el tonto con posibles llega a ser tan tonto que no solo no se da cuenta de lo tonto que es, sino que tampoco se percata del perverso interés de su nuevo amigo –que es más listo que una víbora junto a un manzano– y que sabe lo tonto que el tonto es, y lo que es capaz de acometer con tan solo mostrarle un señuelo o un gran solar en ciernes junto al mar, se transforma en genuino tonto útil, y puede emprender un camino sin retorno, el que puede conducir a una gran desgracia social o el que conducirá al tonto útil a su propia destrucción, o a los dos destinos a la vez.
Y pensarán ustedes que nunca será posible que un tonto útil gobierne de esa forma el mundo, porque haría falta que muchas personas lo siguieran hasta el final de sus estúpidos delirios. Están equivocados (ustedes), la historia lo demuestra (y la televisión también) aunque sea difícil imaginar qué pudo pasar para que miles de alemanes formaran en batallón a la voz de un austríaco frustrado, mediocre y resentido, al que le pidió el cuerpo invadir Polonia aquel septiembre del 39. Pero es que también los ha habido, y los hay, muchos tontos e ignorantes de base, a montones. Los astronautas los han debido de ver en su viaje de ida y regreso a la cara oculta de la luna, porque los tontos seguidores forman una enorme masa que se distingue por su incultura y su fanatismo (y por sus escasas luces, también), masa que se ve con nitidez sobre la faz terráquea si se mira fijamente desde el cielo.
El autor es arquitecto y novelista