Tras la barbarie del 7 de septiembre en Israel, comencé el más terrible de los cómputos. Alguien había escrito que se matarían a diez palestinos por cada uno de 1.200 israelitas muertos. Vi subir la cifra rápidamente y rebasar esa proporción bárbara hasta los 72.000. Me había empeñado en no hacer dos cifras sino una que agrupaba la barbarie humana: 84.000 muertos por corazones llenos de odio quién sabe de qué.
No fue suficiente: han comenzado otra carrera en Líbano. Ya llevan 1.882 muertos; he tenido que sumar cuatrocientos cuarenta desde que hice el primer borrador de este artículo en plena Semana Santa. Una auténtica Semana de Pasión y Muerte.
Sé por experiencia la herida traumática que deja cada una de esas muertes en una guerra. Sé por experiencia profesional el trauma transgeneracional que deja cada una en las generaciones por venir. Seguimos viendo en nuestras consultas las consecuencias emocionales de nuestra Guerra Civil en los descendientes. Es bien evidente que también a nivel colectivo tenemos pendiente cerrar esa herida en nuestro país.
Tuve que estudiar esos efectos traumáticos en los grandes expertos mundiales: judíos fundamentalmente. Mi querido Jaakob Naor, hijo de los campos de exterminación nazi; tú y otros muchos compañeros judíos me ayudasteis a entender el trauma que nuestra Guerra Civil y el conflicto de ETA han generado en nuestra salud mental.
Tras lo que habéis vivido, me sobrecoge leer que la aceptación de esta política de guerra y exterminio tiene un 80% de aceptación en la población israelí.
¿Qué hacéis con la culpa de matar a tantas y tantas personas, niños, familias? Mi trabajo con lo emocional de las barbaridades de la Guerra Civil me había llevado a la necesidad de despersonalizar a los hombres antes de matarlos: son ratas.
Eso ya no me es suficiente. ¿Tan grande fue el agujero emocional que os dejó el holocausto?
Necesito más respuestas.
Una es el miedo. Un miedo mamado. Mi querido Jaakov nos dijo en una charla en Pamplona que sus padres salieron emocionalmente muertos del campo de concentración. También nos dijo que en su primera visita a Alemania, al pasar un tren escuchaba los gritos de los que iban al campo de concentración.
La otra es un término que acuñamos en los mismos escenarios: la banalidad del mal. Con él tratamos de explicar cómo los funcionarios nazis tomaban como una actividad rutinaria de todos los días gasear a miles de judíos.
Hay otra que apenas me atrevo a transcribir: venganza. Una tarea delegada de restaurar la más profunda humillación vivida por sus ancestros. Las víctimas actuales están delegando otra similar.
Miles de palestinos y libaneses están viviendo traumas que matará vidas que todavía no han nacido. Como los nazis mataron parte de la vida de mi amigo Jaacob. Siempre le vi vestido de negro. No me atreví a preguntarle porqué.
A propósito, hace unos días cenaba en un restaurante libanés en Rennes. El propietario, viendo que éramos españoles, nos llenó de atenciones:
-Muy bien la postura de vuestro presidente. Y me puso delicadamente la mano sobre el hombro.
-No es nada extraordinario, respondí exasperado. Lo loco es que el resto del mundo no haga lo mismo. Al dia siguente, Domingo de Pascua, empecé a a escribir esto.
¿Qué hacéis con la culpa? Nos cuesta a mis pacientes y a mí un montón de trabajo librarnos de ella.
La banalidad del mal, que yo veía en cuatro nazis lobotomizados, es un terrible presente. Y no son cuatro.
El autor es psiquiatra. Su último libro: ‘Odio, culpa y perdón’.