Inherente al ser humano es el conflicto. El más extremo, la guerra. Entre todas ellas la más influyente y mediática, la del Golfo Pérsico. Por desgracia, existen otras muchas que están olvidadas y cuyos efectos son, en términos de miseria y vidas, todavía más calamitosos. ¿Por qué no buscar un marco para evaluar los diferentes tipos de conflictos que se pueden establecer? ¿Qué tipos de estrategias podemos aplicar para rebajar o disminuir estos enfrentamientos?
Comenzamos con dos personas que discuten sobre un reparto de una cantidad de dinero. No debería ser difícil llegar a un acuerdo. En términos estadísticos, se trata de una “variable cuantitativa continua”. Ahora bien, si un miembro de una pareja desea separarse y el otro desea seguir con la relación no existe solución: nos encontramos en una “variable binaria”. Sí o no. Para este tipo de asuntos puede ser útil buscar un mediador. Aforismo práctico: “si dos socios están de acuerdo en todo, sobra uno; si no están de acuerdo en nada, sobran los dos”.
Para afrontar los conflictos con nosotros mismos, muy relacionados con los problemas de salud mental que nos abruman, comenzamos por la categoría principal: la disonancia cognitiva. Si no somos coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos nos encontramos mal con nosotros mismos (a no ser, claro está, que deseemos engañar a otras personas). Aunque busquemos un relato interno que nos consuele al estilo del famoso zorro de la fábula que como no puede alcanzar las uvas que desea se dice a sí mismo aquello de “no importa, no están maduras”, siempre sentiremos un vacío interno. Una sub-categoría vendría dada por la eterna batalla entre la comodidad y la realidad. El ejemplo más claro es el móvil, relacionado con la liberación de dopamina que implica la adictiva consulta de las pantallas. Recordatorio: la comodidad está alejada de la felicidad. Categoría secundaria: las preocupaciones. Posibilidades: evaluar si podemos hacer algo, comprender que en su mayor parte estos eventos no se cumplen, trabajar los pensamientos intrusivos.
Pasamos a los conflictos con los demás. Tendemos a focalizarnos en nuestro punto de vista sin comprender cuál es el interés que mueve a nuestro teórico contrincante. Aunque pensemos que nos tienen manía, la realidad es otra: “no es nada personal. Sólo negocios”. La teoría es muy fácil; empatía, sentido común, acuerdos, solución win-win (ganar todos). La práctica es más complicada: las emociones entran en escena, no dejamos de dar vueltas al asunto, recordamos lo que nosotros hemos hecho bien y lo que los demás han hecho mal. Receta número uno, el etiquetado de emociones. Cada contrincante indica cómo se siente para establecer un terreno de juego común. Esta estrategia no sirve para conflictos muy enquistados. Cuando, en una comisión de investigación realizada en Navarra, Javier Esparza le preguntó a Santos Cerdán: “¿cómo se encuentra?”, la contestación fue: “no creo que a usted le importe”. Son temas muy complicados en términos políticos y jurídicos; es ese, por lo tanto, el ámbito aplicado para buscar la solución. En estos casos, lo que gana un lado lo pierde el otro.
Receta número dos: “no tomes decisiones permanentes basadas en emociones temporales”. Un incremento del descontrol interno que nos lleva a cometer un acto extremo arruina la reputación conseguida a lo largo de toda una vida. Supongamos que nos calentamos en una cena y soltamos un puñetazo a un amigo. Por mucho que pidamos disculpas posteriores las imágenes quedarán en la retina de todos. Lo mismo ocurre si nos enfadamos y comenzamos a soltar improperios vía redes sociales. Eso no lleva a nada bueno, sólo se atenúa un enfado pasajero. Receta número tres: aprender a diferenciar el interés aparente (“lo hago por el bien de la sociedad”) de la motivación real. Así orientaremos mejor el debate.
¿Y las guerras? No sólo las existentes entre países: se dan también entre empresas o partidos políticos. Existe un consenso global sobre el cambio de las reglas de las relaciones internacionales. En verdad, la situación no ha variado tanto. Simplemente ahora ya ni se disimula. Cuando George Bush hijo invadió Irak fue debido a “las armas de destrucción masiva”. ¿Afrontó Estados Unidos las responsabilidades de sus hechos? A nivel económico, sí. El gasto fue brutal. A nivel jurídico….pues eso.
Respecto del tema de Irán, ni el mismo Donald Trump parece tener claras las razones para iniciar guerra. Eso sí, sabemos que gran parte del mundo se mueve por dinero, poder, influencia y recursos. Las decisiones las toman personas, no las naciones. Receta número uno: comprender los intereses de quienes gobiernan (y de sus asesores). Receta número dos: coger posiciones de fuerza (no siempre militares: el Vaticano no necesita fabricar tanques para ser influyente) y negociar alianzas equilibradas. Receta número tres: no caer en provocaciones.
Resumen final: construir y crear un relato creíble y convincente.
Economía de la Conducta. UNED de Tudela