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El mercado de la guerra

El mercado de la guerraEP

J. A. P. Taylor señaló que nada en la historia es inevitable hasta que sucede. Por eso hay que tener mucho cuidado con lo que crea el ser humano. Sus creaciones pueden adquirir vida propia quedando fuera de control. Ejemplo de ello son las guerras. Que, por cierto, siempre han estado ligadas a la economía y al poder. Sé que es imposible desgajar un periodo de tiempo de la totalidad del proceso histórico. La concatenación de hechos nos sitúa en ese proceso temporal causa / consecuencia insalvable. Pero, a nadie se le escapa que el auge de occidente en los siglos XIX y XX tiene como verdadera singularidad el uso desmesurado y sin complejos, de la fuerza militar a escala mundial, cuya dinámica se asemeja, tal y como señala el economista T. Piketty, a verdaderas empresas de bandolerismo militarizado que intervinieron a su antojo en el mercado de la guerra.

Occidente consiguió su posición de dominio mundial, gracias al colonialismo que favoreció un mercado esclavista que, a su vez, consolidó el sistema capitalista. Sistema que puede definirse como una forma de organizar la economía que busca maximizar los rendimientos de quienes poseen riqueza y cuyo sistema operativo fundamental se basa en la propiedad privada y el mecanismo de los mercados. Mercados cuyo máximo valedor son las guerras: espejos morales de las sociedades que jamás han solucionado nada en ningún lugar.

En síntesis, el colonialismo, la esclavitud y la dominación militar han permitido a los países occidentales distribuir la economía mundial en su propio beneficio y situar al resto del planeta en una posición de periferia, llegando a estigmatizar otras creencias, ideologías y etnias, dejando tras de sí de una profunda huella de precariedad social. A día de hoy, las élites occidentales todavía no asumen la responsabilidad de lo ocurrido a causa de su ambición económica más reciente: dos guerras mundiales que pueden analizarse en sí mismas como una consecuencia de las tensiones y contradicciones sociales vinculadas a la insostenible y provocada desigualdad que predominaba ligadas a un lucrativo mercado de guerra.

Pero andando el tiempo, el siglo XXI nos ha traído una época de cambios profundos en un orden mundial que parecía inalterable. Las potencias autoritarias orientales han impugnado el orden mundial plasmado por EEUU y sus aliados occidentales. China, Rusia, Irán, Corea del Norte e Israel pugnan en la voluntad de enterrar la primacía occidental y de afianzar un orden más propicio a sus intereses. Si desde la última década del siglo XIX, la diplomacia mundial había sustituido el derecho del descubrimiento, vigente hasta entonces, por el de ocupación, ahora entramos en una nueva etapa en la que los fuertes disponen de todos los elementos, sin importar ya tanto los doctrinales –sean estos el universalismo de los derechos humanos y la democracia como mal menor– para desarrollarse hasta el límite de sus posibilidades. Nos encontramos en un espacio en que han aparecido más actores para repartir el botín de la guerra, fundiendo las expectativas de las viejas y las nuevas elites. Elites que han apostado por las políticas nacionalpolulistas (NAPOS) que consideran, tal y como refleja I. Vallejo, que los derechos humanos son decadentes; que la diversidad no es beneficiosa; que la paz es un delirio de los biempensantes; que la justicia social es una coartada para los envidiosos y que las ayudas públicas son nidos de parásitos. Factores que han apartado la convivialidad social por la notoriedad existencial del puñetazo en las redes y las noticias falsas.

Las plataformas digitales son nuevas herramientas de poder que definen la nueva época. Ya no nos encontramos ante un conflicto entre religiones, aunque sea la máscara más reconocible. Occidente y Oriente buscan zonas de influencia y conflicto donde intervenir e invertir el capital armamentístico disponible, buscando los beneficios de un juego bursátil especulativo estrechamente unido, de nuevo, al mercado de la guerra. Que, como siempre, es el más interesado en la durabilidad de los conflictos. Indistintamente del lugar, la alianza entre los directores de las grandes empresas armamentísticas, los representantes de las jerarquías militares y la clase política que nos gobierna, son los accionistas y beneficiarios de la guerra, mostrándose como principales ejecutores del ciclo armamentista. Un ciclo que se refiere al intercambio que va desde la decisión de crear un conflicto hasta la producción de armas y su uso final. Un ciclo que se alimenta de los cada vez mayores presupuestos militares, sin olvidar los recursos inyectados para la investigación y desarrollo de una industria armamentística que también pellizca los presupuestos, en detrimento de las acciones sociales antes mencionadas.

Tiranos, tecnoligarcas y demagogos NAPOS son el código genético de nuestro tiempo, de un nuevo mundo, en el que las instituciones internacionales se hunden en la parálisis y donde la arquitectura de tratados se desmorona por un like en las redes. Un nuevo orden que no obedece ninguna regla pero que también desprecia la diversidad. Como vemos, el ser humano crea nuevas capacidades de las que germinarán nuevas voluntades que deberán reflejar un nuevo equilibrio de orden –o desorden– mundial. En definitiva, más conflictos que alimentarán el mercado de la guerra. Ya lo señaló I. Calvino en Las ciudades invisibles, el infierno de los vivos no es algo por venir; si hay uno, es el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos.