Una decisión administrativa ignora vidas reales
Hay frases que no son neutras. Frases que, escritas en un informe, pueden parecer técnicas, incluso asépticas, pero que al caer sobre determinadas realidades lo hacen como una losa. El informe del inspector educativo de Lizarra Ikastola, que determina el cierre de una de sus aulas de 3 años, afirma que “la organización y gestión del centro educativo Lizarra Ikastola de Estella no incluye experiencias pedagógicas especialmente significativas”. Así, sin más. Sin nombres. Sin rostros. Sin historias. Sin realidad.
Nosotros sí los tenemos.
Somos la ama y el aita de un niño y una niña con una enfermedad rara. Nuestros hijos no son estadísticas ni expedientes; son vidas que requieren una atención extremadamente específica, profesional y, sobre todo, humana. Para nosotros, cada decisión educativa no es un trámite: es una cuestión de dignidad, de desarrollo, de futuro.
Elegimos Lizarra Ikastola precisamente porque sabíamos que allí encontraríamos algo difícil de medir en informes: estabilidad en el profesorado, implicación real, conocimiento profundo del alumnado y una comunidad que no mira hacia otro lado. Elegimos también un modelo en el que las familias somos parte activa, titulares del centro, porque cuando la vida aprieta, la corresponsabilidad no es un eslogan, es una necesidad.
No fue una decisión casual. Fue una decisión meditada, informada y, en muchos casos, cargada de miedo. Porque cuando tienes un hijo con necesidades tan complejas, cada paso se da con la incertidumbre de si será el correcto. Y Lizarra Ikastola lo fue.
Y lo fue, además, por hechos concretos. Por decisiones valientes y pioneras que hablan por sí solas.
Porque este centro creó una de las primeras aulas multisensoriales del país, abriendo un camino cuando casi nadie hablaba de ello, para que nuestros hijos e hijas tuviesen alternativas reales de estimulación adaptadas a sus necesidades. Porque apostó por la formación continua de sus profesionales, incorporando asesoramientos neurológicos especializados para entender mejor lo que a menudo es difícil incluso de nombrar.
Porque mucho antes de que programas institucionales como Skolae formasen parte del sistema educativo, la ikastola ya había integrado en todas sus aulas el programa Pentacidad, una apuesta firme por la convivencia, el desarrollo emocional y los valores. Un trabajo que no pasó desapercibido: fue reconocido con el Premio Nacional de Convivencia.
Porque también entendió que la creatividad no es un lujo, sino una herramienta esencial para aprender y para vivir. Y lo hizo a través del programa CREA, impulsando metodologías que dieron como resultado otro reconocimiento estatal: el Premio Nacional de Creatividad.
Hablamos, además, de un centro que mantiene una demanda sostenida de familias y que escolariza alumnado con necesidades altamente complejas.
¿De verdad nada de esto es “especialmente significativo”? Nos gustaría pensar que esa afirmación responde a un profundo desconocimiento. Porque la alternativa –que sea una afirmación consciente, orientada por criterios ajenos a la realidad pedagógica– sería aún más preocupante.
La decisión del Departamento de Educación del Gobierno de Navarra de cerrar un aula –aun existiendo alumnado suficiente– no solo nos sorprende: nos hiere profundamente.
Nos hemos reunido, como siempre: desde la transparencia y la participación democrática que definen a nuestra comunidad. Hemos analizado, preguntado, tratado de entender. Y lo que encontramos no encaja con lo que vivimos cada día.
¿Qué es una “experiencia pedagógica significativa”? ¿Lo es acompañar a un niño en sus primeros intentos de comunicación cuando su enfermedad se lo pone cuesta arriba? ¿Lo es adaptar metodologías, tiempos y espacios para que nadie quede atrás? ¿Lo es sostener emocionalmente a familias que viven en una incertidumbre constante? ¿Lo es construir, día a día, una comunidad donde cada pequeño avance es celebrado como un logro colectivo? Si eso no es significativo, ¿qué lo es?
En Lizarra Ikastola no hay titulares grandilocuentes ni experimentos de escaparate. Hay algo mucho más valioso: coherencia, compromiso y una trayectoria de casi 60 años construida con esfuerzo, con aciertos y también con aprendizajes. Una reputación ganada a pulso, no concedida.
La decisión de cerrar un aula no es una medida técnica aislada. Tiene consecuencias reales: desestabiliza equipos, rompe dinámicas que funcionan, dificulta una atención que ya de por sí es compleja y, sobre todo, lanza un mensaje devastador a quienes más necesitan certezas.
No pedimos privilegios. Pedimos rigor. Pedimos que se mire más allá de una frase. Que se escuche a la comunidad educativa. Que se entienda que, en contextos como el nuestro, la estabilidad y la calidad no son negociables.
Pedimos que se rectifique. Porque detrás de cada aula hay mucho más que pupitres. Hay vidas que no pueden esperar.
Familia de Lizarra Ikastola