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El retorno de Peter Pan: la sociedad adolescente

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Peter Pan se negaba a crecer, vivía en su mundo de fantasía e ilusión donde volaba libre sin ataduras ni responsabilidades. El juego, la fiesta, la aventura, vivir experiencias nuevas, era su forma de estar en su País de Nunca Jamás. Un mundo paralelo, alternativo al de los adultos, al real. Un mundo alegre, divertido, colorido en contraposición al mundo gris, triste, aburrido y normativo de los mayores.

Al crecer, además de los cambios biológicos y fisiológicos, alcanzamos nuestra plenitud física, lo que supone entrar en una nueva etapa de madurez, donde se cambia nuestra manera de pensar. Es entonces cuando se planifica a largo plazo, se reflexiona y se da el pensamiento crítico, lo que nos proporciona una mayor autonomía y una mayor conciencia social. Pero, claro, también supone mayores responsabilidades.

Hasta hace bien poco, en nuestra sociedad occidental ser adulto era aquel/aquella que era capaz de formar una familia, trabajar, ganarse la vida, comprar una vivienda y apañarse sin la ayuda de sus padres. En la actualidad, la mayor parte de la juventud no quiere tener familia, sus trabajos son inestables, no les da para emanciparse y les resulta casi imposible comprarse una vivienda, por lo que siguen anclados a sus progenitores que les pagan la estancia, la limpieza y la manutención como inquilinos de sus casas. Con este panorama, lo poco que ganan lo disponen para su ocio, sus continuas fiestas y sus viajes baratos.

En la página web de Itae Psicología al hablar del síndrome de Peter Pan, se cita al profesor y psicólogo Jorge Barraca, y según él: “Se da un rechazo a cualquier autoridad, o de verdad, el cambio constante como valor, y una postura anti-jerárquica. Como consecuencia, se cuestiona la utilidad del esfuerzo (ya que todo puede mutar) y del compromiso”. Lo que les lleva “a no complicarse (don’t worry) ¡sé feliz! (be happy)”. Es la “cultura light”, todo es light: la comida, las relaciones, las diversiones… la vida.

Una cultura que no piensa, no se es crítica, porque pensar complica el vivir. Hay que vivir el presente y el presente es el ahora, el yo, el estar bien, ningún problema ajeno y externo nos puede amargar. No se mira más allá, todo tiene que ser fácil, todo tiene que dar una satisfacción inmediata y se basa en el consumismo alegre. Todo se banaliza, hay una despreocupación/desprecio a los problemas ajenos, no hay compromiso social, todo se vuelve superficial y se tiene un verdadero culto a las apariencias. De hecho, se juzga al otro por lo que tiene y por su imagen externa.

Pero esto, que parece que estoy hablando de la juventud, que también se da en la mayoría de ella, se está dando así mismo en mucha gente adulta, mayor, que solo piensa en divertirse, en salir, en vivir experiencias, en volver a ser jóvenes. Y así, tenemos a los boomers que salen más que nunca, se inventa el tardeo para ellos (comer, beber, bailar y ligar), los restaurantes se llenan, los bares hacen su agosto todos los fines de semana, las agencias de viajes reviven, los guías turísticos se multiplican, las tiendas de ropa crecen, las plataformas televisivas ofrecen más contenido y se devoran las series.

Se viste como jóvenes, se vive como ellos y la imagen se intenta transformar con peinados, tintes, depilaciones, para aparentar menos e intentar hacer más. Surgen gimnasios y locales de estética por todos los lados y el culto al cuerpo es una obsesión.

Esto nos da una sociedad de jóvenes que no quieren madurar y de adultos que quieren volver a atrás. Una sociedad adolescente que evita la reflexión, la solidaridad, la lucha, el cambio social. El adolescente necesita que otro (el adulto) le prohíba, le ponga límites, le ordene, y a su vez, que le permita el deseo y le motive. Esto nos lleva a una sociedad que se deja hacer, dirigir y que da crédito a los bulos porque le es más cómodo aceptar que cuestionar. ¿Estamos bien, vivimos bien? Pues ya vale, los demás que arreen, no es nuestro problema. ¿Y cuándo lo sea? Recogeremos lo sembrado: soledad, frialdad y desprecio a nuestros problemas

No queremos problemas porque los vivimos como una fuente de conflictos y amargura. Pero, claro, si algo cuesta resolver a un adolescente, son los conflictos con los demás, recurren muy fácil a la violencia y/o a apartar al débil, al diferente, al raro.

¿Y qué hacemos ante esta situación? Seguir luchando por un mundo más justo, equilibrado, vivible. No debemos renunciar a vivir plácidamente, pero no podemos aislarnos de lo que está pasando, del sufrimiento ajeno y de lo que se nos viene encima. Somos una generación, al menos aquí, que no ha conocido la guerra directa, que no ha pasado hambre, y que el sector público ha sido fuerte proporcionándonos estudios, salud, cultura, servicios… casi gratuitos.

Hemos podido comprar una vivienda y hemos podido tener unos trabajos bastante estables. Seríamos una generación muy desagradecida y tremendamente egoísta si no fuésemos capaces de valorar todo lo que se nos ha dado, todo lo que hemos creado y mantenido, y lo dejáramos perder para los que realmente ahora sí son jóvenes. Su futuro está en sus manos y en las nuestras.