Soy una ciudadana profundamente enfadada y decepcionada con la situación de nuestra sanidad pública. Hace unos días tuve que acompañar a mi padre, de 85 años, a Urgencias. Lo que vivimos allí no fue una atención sanitaria digna, sino una auténtica prueba de resistencia para dos personas, una de ellas anciana y enferma.
Antes de llegar al hospital, llamé al 112. La respuesta fue tan sorprendente como alarmante: no había ambulancias disponibles, pero me dijeron que enviarían a la Policía porque tienen algún conocimiento sanitario. ¡Increíble pero cierto! ¿Cómo es posible que en una comunidad como Navarra no haya recursos para atender una emergencia? ¿Y si hubiera sido un ictus? ¿Y si cada minuto hubiera contado? Todavía hoy me cuesta creerlo.
Una vez en Urgencias comenzó otro calvario. Diecisiete horas de espera. Mi padre, con 85 años, tumbado en una camilla. Yo, su acompañante, pasando toda la noche sentada en una silla dura. Sin descanso, sin intimidad y sin información suficiente. Horas y horas viendo cómo el tiempo pasaba mientras decenas de pacientes esperaban exactamente lo mismo: una atención que nunca llegaba.
Y cuando por fin consiguieron ingresarlo, la situación no mejoró. La habitación asignada era pequeña, antigua, compartida y con una temperatura de 31 grados. Una temperatura insoportable para cualquiera, pero especialmente para personas mayores y enfermas, y además, en el caso de mi padre con un cuadro de deshidratación. Resulta difícil entender cómo se puede considerar aceptable mantener a pacientes vulnerables en esas condiciones.
Hay algo que no dejo de preguntarme: ¿qué habría ocurrido si el acompañante de mi padre hubiera tenido también 85 años? ¿Cómo habría soportado una espera de 17 horas sentado en una silla? ¿Cómo habría podido ayudarle? Parece que el sistema da por hecho que siempre habrá un familiar más joven dispuesto a suplir con su esfuerzo y agotamiento las carencias de la Administración.
Lo más frustrante es que esta crítica no va dirigida a médicos, enfermeras, auxiliares y demás profesionales sanitarios. Todo lo contrario. Durante estas interminables horas vi a trabajadores desbordados, corriendo de un lado para otro, haciendo todo lo que podían con unos recursos claramente insuficientes. Son ellos quienes llevan años denunciando la falta de medios, la saturación y el deterioro progresivo del sistema.
Mi indignación va dirigida a quienes gestionan la sanidad pública navarra y permiten que situaciones como esta se conviertan en algo habitual. Porque no estamos hablando de un fallo puntual ni de una mala tarde. Estamos hablando de personas mayores esperando durante horas, de ambulancias que no están disponibles cuando se necesitan, de pacientes hacinados (hasta 3 personas en un box) y de familiares agotados.
Los ciudadanos llevamos toda una vida pagando impuestos y contribuyendo al sostenimiento de la sanidad pública. No pedimos privilegios. Pedimos algo mucho más básico: ser atendidos con dignidad cuando más lo necesitamos.
Lo que hemos vivido no es digno de Navarra. Y, lo que es peor, parece que ya nos estamos acostumbrando a considerarlo normal.