Cuestión de raza y, sobre todo, de goles
OSASUNA y Valencia ofrecieron ayer dos recitales en un mismo partido: uno calamitoso y otro magistral. Eso sí, cada equipo entonó y desafinó en partes diferentes. Al final, el resultado fue el mismo para los dos, un punto, aunque su aroma, muy diferente. Mientras el Valencia, que jugaba en casa y estaba obligado a ganar como equipo grande que aspira a puesto de Champions, se fue a casa con regusto a derrota, Osasuna, que, por números y estadísticas, partió como cordero presto para el matadero, degustó el punto como una victoria sobresaliente. Es lo que tiene el irse al descanso con una victoria en el bolsillo, y perderla en el segundo tras una reacción de casta, raza y goles por parte de Osasuna que le llevó a empatar y estar a punto de ganar. Ayer, el conjunto rojillo pudo terminar goleado en el primer tiempo, pero mereció irse de Valencia con la victoria en el bolsillo. Esa es la realidad de un partido de locura en el campo, en el banquillo y en la grada.
Evidentemente, los primeros 45 minutos de los navarros son para analizar y aprender de una vez por todas lo que no se debe hacer en el fútbol profesional, porque el Valencia no fue el que hizo los méritos para irse 3-1 al descanso, sino que fue Osasuna el que puso los deméritos. El conjunto ché se encontró con un rosario de regalos que terminaron por enrojecer a un Osasuna que en esa fase sí dio pena, mucha pena. Aunque en los primeros minutos dio imagen de un equipo capaz de poner contra las cuerdas y hacer jugar muy incómodo al Valencia en Mestalla, enseguida se comprobó que ese primer cuarto de hora fue sólo para la galería, para tener algo en el que agarrarse este débil equipo a la hora de justificar un nuevo fracaso lejos del Reyno. Y eso fue así porque Camacho no acertó en su planteamiento inicial. Colocar a Pandiani de punta-punta fue un error, y el doble pivote Vadócz-Nekounam, otro. También se vio que la defensa rojilla no era el habitual muro para el ataque rival, sino una balsa de placer para el rival. Los errores de Flaño y las enormes facilidades dadas por Nelson, que no pudo contrarrestar en ningún momento a Mata por su banda, terminaron por doblegar a Osasuna, aunque esos fallos personales, no fueron más que la antesala del principal defecto del conjunto rojillo: la falta de tensión defensiva, que quedó patente en los tres goles, dos de ellos de córners, y los dos paradones que tuvo que hacer Ricardo para evitar una manita para el descanso.
Sin embargo, el gol marcado por Juanfran evitó que el partido se muriese antes de tiempo, y que Osasuna, tras la bronca en el vestuario, pudiese reaccionar y reavivar un encuentro que parecía muerto. Tan importante como la bronca y ese tanto de Juanfran, fue la rectificación que hizo Camacho en el equipo sacando a Aranda en ataque, retrocediendo a Pandiani y reajustando la medular. La salida de Aranda fue clave en la contundente reacción rojilla, pero también lo fueron los regalos del portero César, la casta, la agresividad y la mentalidad con la que jugaron todos, cualidades que terminaron convirtiéndose en gol, el de Aranda casi a empujones. La lástima es que tuvieron al Valencia contra las cuerdas, en K.O. técnico y no lo supieron rematar. El cabezazo de Lekic a los dos palos y la oportunidad de Lolo en el minuto 92 fueron merecieron acabar en gol. Pero cuando un equipo marca tres goles fuera de casa después de llevar un tanto en siete salidas, tampoco es cuestión de criticarle, porque si ayer Osasuna tuvo algo, fue casta y goles. El domingo, contra el colista, debe haber más de eso.