PAMPLONA. Aranda puede jugar en Osasuna todos los años que quiera. Todos los años que le aguante el corpachón porque, todo el mundo lo sabe, su mala uva resulta inagotable. En un partido tan incomprensible, capaz de ir del blanco al negro de un tiempo a otro, en futbolistas como el ariete malagueño habrá que buscar el punto de apoyo donde buscar una reacción. Aranda es un tipo rebelde, que ha enseñado en casa y fuera que se deja la piel por la camiseta del equipo que le paga y que, por encima del momento que atraviese su equipo, él siempre acude, pone la cara, se ofusca y se enfadas, pero posee una capacidad apreciable para incendiar las proximidades del campamento enemigo.
Camacho y los suyos se pusieron el listón muy bajo en los primeros 45 minutos y se colocaron ante un partido realmente facilón. O se variaba comportamiento, actitud, interés por lo que pasaba en el campo, rigor en el juego con el balón, o se certificaba un ridículo de aúpa. Una de esas noches horrendas en las que se siembra de todo menos bueno para el encuentro siguiente.
Y así, como por ensalmo -algo tuvo que pasar en el vestuario de Mestalla en el descanso, alguna cuestión más debió clarificarse por encima de la aparición de Aranda en el terreno de juego-, Osasuna fue otro casi con los mismos jugadores y el Valencia, el juguete ante el poder y convicción de los rojillos.
No había habido peor primera mitad como la que se hizo ayer y, seguro, no hubo una segunda parte tan colosal, ambiciosa y reconciliadora con el fútbol como la que hicieron los hombres de Camacho. Tras haber ido 3-1 y con una apariencia famélica, Osasuna recompuso tanto su aspecto que no sólo empató con merecimiento, sino que terminó el partido metido en el área del Valencia, con jugadas de mala fortuna retumbando en los osasunistas -Lekic hizo el más difícil todavía y cabeceó, en el mismo remate, a los dos postes- y con Lolo, delantero en la última carrera, no atrapando por unos centímetros un pase glorioso de Juanfran -fantástico ayer- que le había cedido la gloria del gol de la victoria.
Muchísimas sensaciones para un solo encuentro; una noche de fútbol en la que Osasuna deberá bucear, para lo bueno y lo palo.
Antes de la reacción -del 3-1 al 3-3 en el segundo tiempo- no sorprendió Osasuna con la puesta en acción. Más o menos agresivo sobre el rival, con alguna mediana oportunidad, sólo chirriaba la escandalosa fragilidad defensiva que había convertido un partido discreto del Valencia en una cascada de ocasiones. El gol de Soldado fue el resumen del caos organizativo defensivo del equipo. Mata saltó entre los defensas como un duendecillo y el ariete, entre Flaño y Monreal, conectó sin problemas.
Todavía empeoró más la imagen de Osasuna, definitivamente atrapado entonces por su condición de equipo de compañía lejos de su estadio. El dudoso acierto del planteamiento de Camacho, con Pandiani secuestrado como delantero referencia, Soriano atrapado en una tierra de nadie y Vadócz -junto a Neko- pero sin hacer compañía, fue puesto en evidencia por la recurrente incapacidad para jugar hacia arriba -demasiado trabajo para Juanfran- y la imposibilidad de los defensas de atrapar a un solo atacante local. Los goles de Stankevicius y Aduriz en sendos córners -fallos graves- mordían en el amor propio. Osasuna no merecía esos instantes de esperpento.
Aranda fue el estandarte de la reacción con una aparición arrebatadora. Retador, molesto, anduvo en la jugada del gol de Miguel Flaño inmiscuido entre los zagueros. Osasuna cambió del todo con una disciplina atrás pasmosa -Sergio se comió a todo el mundo-, con un mayor control en el eje y, sobre todo, ambición. Monreal llegó a posiciones de remate, Lekic hizo la carambola de la noche con su cabezazo a los dos postes y Aranda, en plena exhibición de juego ofensivo, hizo el gol del empate. Osasuna se mereció más, pero mucho hizo.