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Los méritos no le bastan a Osasuna

El equipo de camacho es muy superior al zaragoza, que logra milagrosamente un empate por la falta de acierto de los rojillos en los últimos metros

Los méritos no le bastan a Osasuna

PAMPLONA. Si Osasuna llega a jugar ayer con todos los boletos de la lotería, se suspende el sorteo... Aunque no resulta lo más conveniente, porque tiende a aligerar la responsabilidad de los protagonistas, en partidos como el de ayer el peso de la fortuna, de la suerte que salpica a todo juego, influyó decisivamente para que Osasuna, el equipo que más méritos expuso, ocasiones creó y cuyo tesón no decayó hasta el final, no se llevara la victoria. Merecida y buscada, pero no encontrada. Fútbol eterno.

La fortuna en estos encuentros también puede llamarse falta de acierto, precipitación o aparición milagrosa de portero o defensa para frustrar de forma inverosímil alguna acción... Después de haber demostrado que el Zaragoza temblaba pero resistía, que las acometidas por las bravas no acababan de abrir la lata de Leo Franco -el mejor de su equipo-, quizás a Osasuna le faltó, entonces, buscar algún modo distinto de agitación del partido por encima de los nombres -a Aranda le llegó su turno tarde, con poca profundidad de minutos para sus maniobras de atacante díscolo-. Cosas de los partidos con ocasiones y dominio, pero mucho atasco al final.

La excelente puesta en escena frente al Zaragoza sin el premio de los tres puntos frustra las intenciones de terminar el año con una victoria ante la afición, cobrando además tres puntos muy interesantes para certificar el acceso a la zona cómoda de la tabla. Pese a la aspereza que comporta no ganarle al colista, en un encuentro con el plus de la rivalidad regional, Osasuna hizo las suficientes cosas bien como para rescatar actitudes, modos, ambición y disposición perfectamente válidos para otros partidos. Algo debe quedar después de sumar un punto, meter tierra con los de abajo, también de haber hecho ocasiones como para la goleada.

Si se trataba de despedir el año poniendo la guinda, Osasuna se lo tomó muy a pecho. Los primeros 45 minutos ante el Zaragoza fueron los de ataque más decidido, ocasiones de gol más numerosas y presencia más continuada en el campo rival de toda la temporada y de muchos encuentros anteriores. Osasuna sometió al Zaragoza a un continuo bombardeo bien apoyado en una fantástica ejecución de las acciones a balón parado -el polifacético Masoud se destapó como un elemento que templa y dirige con habilidad desde el córner- y también de apariciones de cualquier otro tipo. El recuento de las oportunidades de los rojillos -por mediación de Soriano, Sergio, Nelson, otra vez Soriano, Sergio de nuevo, Nekounam y Miguel Flaño, hasta Lekic- sólo generaba una frustración, la de no haber resuelto el partido con autoridad en la primera mitad.

Del Zaragoza, perfecto ejemplo del último de la Liga, no hubo noticias. Sólo Sinama parecía designado para mirar hacia la portería de Osasuna; el resto, estaban para la batalla. Aunque esta cuestión la decidió mover Aguirre en el segundo tiempo con una actitud de los suyos diferente. No es que el Zaragoza sufriera un cambio radical, pero sí entendió que no podía sobrevivir otra tiempo con todo el mundo colgado del palo. Jorge López le brindó una válvula de escape a los suyos, mientras que Osasuna continuó teniendo muy claro el objetivo, pero un poco más nublado el modo de conseguirlo. El equipo de Camacho no acertó a rematar entre los tres palos en todo el segundo tiempo, aunque eso no supuso disminución del peligro en torno a la meta del Zaragoza. El partido había quedado entonces más equilibrado, sin problemas defensivos para Osasuna, pero con mayor densidad en la elaboración del juego atacante. En estos instantes con menor claridad, Osasuna también encontró la sorprendente intimidación del árbitro. Mateu, un innovador del arbitraje en cuanto a que decide no pitar y no pita, se saltó unas cuantas normas de cordura al no ver unas caídas de Masoud -alguna de ellas, derribo clamoroso- y el enfado creciente de los osasunistas -del campo y de la grada- no ayudó a atacar con cordura los minutos postreros.

Osasuna llegó al tramo final del encuentro con la molesta sensación de que el tiempo se le estaba acabando y que su rival, encima, se sabía muy bien la pócima para detener su ímpetu. El año futbolístico se ha cerrado con la incómoda constancia de que con la tranquilidad no se hace cuentas por adelantado.