Hay derrotas que, por extraño que parezca, dejan el cuerpo con una sensación de plenitud que no dan algunas victorias ramplonas. Lo vivido en El Sadar ha sido una de esas noches eléctricas, de las que se quedan grabadas en la retina no por el marcador, sino por la comunión total entre el césped y una grada que ha vuelto a hacer historia.

22.745 gargantas. Se dice pronto. La mejor entrada de la temporada, superando incluso las visitas del Real Madrid y el Athletic, para demostrar que Pamplona no falla cuando el cartel es de gala y la fe está intacta. Fue una lástima que el ruido de los tornos estropeara el inicio —esas cosas de la tecnología que la RFEF, con su rigidez habitual, no quiso solucionar retrasando el pitido—, pero ni eso pudo apagar el rugido de un estadio que llevó en volandas a los suyos.

Sobre el verde, Osasuna fue ese equipo que todos quieren ver. Un bloque solidario, agresivo en la marca y con las ideas claras. Le aguantaron el pulso al líder, un Barça que sudó tinta para encontrar una rendija en el muro rojillo. El fútbol, a veces cruel, decidió que el partido se decantara en cinco minutos de desconexión final. El gol de Lewandowski en el 81 y la sentencia de Ferran en el 86 fueron dos mazazos demasiado pesados para los méritos de unos y otros.

Pero este equipo tiene alma. La fe de Raúl García para recortar distancias en el 88 no fue solo un gol de consolación; fue un mensaje de rebeldía. Con el 1-2, El Sadar creyó en el milagro hasta el último suspiro, empujando como si la vida fuera en ello. No llegó el empate, pero sí llegó la confirmación de que este grupo está para cosas grandes.

Resulta inevitable, viendo este despliegue de raza y orden, que a uno le invada un punto de melancolía y cierta rabia. Es una pena que Osasuna no haya competido con esta misma mordiente y esta tensión competitiva en todos y cada uno de los partidos de este campeonato. Si el equipo hubiera mantenido este nivel de concentración en esas tardes grises donde se escaparon puntos ante rivales teóricamente menores, hoy no estaría haciendo cuentas matemáticas, sino celebrando una clasificación europea virtual. El listón es este, y verlo hoy tan alto solo recuerda el terreno que se dejaron por el camino.

Quedan cuatro estaciones para que termine este viaje. Ahí serán los análisis de cuando o cómo se pudo haber mejorado. Doce puntos en juego y una ilusión por Europa que sigue latiendo con fuerza. Si Osasuna compite como contra el Barcelona, si el hambre de morder al gigante se mantiene contra los próximos rivales, que nadie les dé por muertos. La décima plaza en la tabla es solo un número; lo que transmite este equipo es un sentimiento de que, en este tramo final, vamos a pelear cada balón como si fuera el último billete a los aeropuertos del continente.