PAMPLONA. "Vais a vivir las condiciones de la época. Apagad las linternas. Sois soldados y estáis en periodo de guerra". Con estas palabras, la arquitecta restauradora Marta Monreal Vidal introdujo la primera visita guiada del ciclo Los secretos de las murallas, organizado por el Ayuntamiento de Pamplona y al que acudieron 25 personas. Durante el recorrido, se visitó la contramina defensiva del Fortín de San Bartolomé, el Baluarte de Labrit y el Baluarte bajo de Nuestra Señora de Guadalupe (en ambas, se explicó la caserna y la explanada) y la Ronda Barbazana.
Antes de internarse en la oscura contramina del fortín de San Bartolomé, cada asistente recibió una linterna frontal y documentación. "La leyenda dice que esta contramina llegaba hasta la fuente de la Teja (en la actualidad, el Soto de Lezkairu). Es una galería subterránea de 46 metros de longitud y 1,60 de alto. Está hecha con ladrillo, tiene unos salientes laterales que servían para construir pasillos de defensa y unos rectángulos negros donde se metía la carga para que explotase. En periodo de guerra, se hacían turnos de ocho a doce horas en silencio", indicó Monreal.
Como curiosidad, destacó que los mineros tenían en sus mangas tres triángulos llamados sardinetas. "Si se frotaban, sacaban chispas", precisó. Cada minero llevaba su carga (paquetes de pólvora). Una vez preparada la carga, y prendida la mecha..."¿Cómo sabían cuándo iba a explotar?", preguntaba Monreal a los asistentes. "Los mineros llevaban dos mechas iguales. Una la colocaban en la zona de la carga y otra se quedaba el minero. Se encendían las dos a la vez y el minero, aparte de salir corriendo, sabía cuándo iba a explotar porque él tenía la otra mecha", precisó Monreal, quién también subrayó que "para construirla había el mismo número de hombres que de mujeres trabajando".
Si la humedad de la contramina ya había provocado que más de uno se identificara con los mineros y los soldados de aquella época (comenzó a hacerse a principios del siglo XVIII), la tormenta que cayó cuando el grupo se dirigía al Baluarte de Labrit hizo que todos acabaran por sumergirse en el espíritu de la época. La visita siguió el recorrido gracias a que los organizadores distribuyeron capas. Una vez a cubierto, en la caserna del Baluarte de Labrit, Monreal explicó cómo era el baluarte en 1915, que por aquel entonces se apodaba Frente de Tejería, "por el horno de Tejas que había en la zona", señaló. "En el frente había 14 cañoneras. ¿Por qué tantas?", apeló Monreal a su público. La guía explicó el funcionamiento de un cañón de avancarga (de 1643 a 1715). Mediante un dibujo, precisó que los proyectiles que se lanzaban desde ese tipo de cañón pesaban 11 kilos, que por cada cañón había cinco personas, y la necesidad de limpiarlo bien, ya que "si quedaba más pólvora dentro del cañón, éste reventaba". Así, señaló la importancia de que hubiera hasta 14 cañoneras porque "si teníamos que esperar a cargar, descargar y limpiar un cañón, la guerra se perdía". También resaltó que dentro de las casernas se guardaban los víveres y llegaban a estar unas 80 personas. En la explanada de Labrit, Monreal resaltó el por qué del uso del ladrillo en las parapetas en época de guerra: las aristas que saltaban no mataban a los defensores, como sí lo hacían las piedras. La visita finalizó en el interior de la caserna del Baluarte de Nuestra Señora de Guadalupe.
Los asistentes valoraron la visita como "muy interesante. Te impresiona las condiciones de vida de la época", afirmó Mari Carmen Felipe, que acudió junto a su hija, Idoia Iturbide. A María Antonia Urra y José Luis Pinillos les sorpendió "la humedad que hay debajo de las murallas". Y para Javier y María José, la visita fue curiosa porque "conoces los detalles de una época y te hacen vivir ese espíritu. Las fortificaciones cambian según las necesidades humanas".