Hola personas, ¿qué tal va el año?, la pregunta no es banal, porque, aunque el nuevo año solo lleve unos días con nosotros, está siendo intenso de narices. Que se lo pregunten a Maduro. Vamos a ver como sigue, miedo me da.

Bueno, nosotros a lo nuestro. Esta semana me he dado un ciclo-paseo con sorpresa.

Vamos a verlo. Eran las 9:53:47 del día 5, víspera del día mágico, cuando desanclé, de su estación de Carlos III, la bicicleta municipal número 461. Por la calle Gorriti llegué a Baja Navarra y por ella a la cuesta de Beloso, antiquísimo topónimo que ya figura en escritos del siglo XIV. Uno de ellos da noticia de un hecho luctuoso en el que “…se despeñaron un capellán y un buey con muerte de ambos” (Jose Joaquín Arazuri. Pamplona Calles y barrios. Vol. I). Un capellán y un buey, extraña pareja.

Dos son los Beloso que todos conocemos, el alto, zona de San Juan de Dios, y de unos cuantos y envidiables chalets y el bajo, zona de la Ciudad Deportiva Amaya y del hotel Alma Pamplona Muga de Beloso, donde se hospeda el Real Madrid, cuando viene a sufrir, y entre ambos discurre la carretera que yo tomé dirección Burlada. Acabado ya todo el lío de su reforma, en la que se ha hecho un voladizo para poder añadir un carril bici, he de decir que ha quedado muy bien, el ciclo-carril es ancho y cómodo, no como otros. La obra en general se ha ejecutado con cabeza, han añadido un par de miradores sobre la vega del río, con sus bancos para descanso del que sube o recreo del que baja; la barandilla tiene todos los sacramentos que se le pedían: el color verde Pamplona, y nuestro escudo tal y como estaba, y está, en toda la barandilla de la Media Luna. La vegetación ha quedado muy decente, se ha conservado mucha en la parte antigua, y se han plantado árboles que hoy son cachorros pero que en cuatro días conformarán un sombrío y agradable paseo. Lo mismo que una vez escribí mi recelo ante la intervención, hoy tengo que aplaudirla. A cada cual lo suyo. Disfruté de la bajada y al llegar a la rotonda giré a mi izquierda para tomar el camino del paseo del Arga y cambiar un espacio abierto y ruidoso por un camino umbrío, verde y tranquilo. Tenemos un lujo. Al llegar a la vieja sociedad Lagún Artea, en vez de tomar la vieja Carretera de Burlada, entrada de peregrinos, continué por detrás de la instalación deportiva, entre las huertas y el río.

Mi idea era llegar a la granja caballar de Goñi, lugar de donde a la tarde iban a partir los Reyes Magos de Oriente para entrar en la ciudad, que les espera con los brazos abiertos, y ver que se cocía por allí, ver preparativos, ver si habían llegado ya los pajes, o algún emisario regio, para ir acondicionando el lugar a las exigencias de tan principales visitantes. Llegué y nada vi. Me entretuve un poco con los ponis que tienen allí en una gran pieza y que son como cachorritos melosos y demandantes de cariño. Sacan la cabeza por la valla para que les acaricies y si algún competidor se acerca a quitarles las caricias, lo arreglan a mordiscos, sin ningún miramiento. Fotografiados y acariciados los minijamelgos, vi gente en la casa de los Goñi y me acerqué a preguntar por el plan de asistencia y funcionamiento de los componentes de la cabalgata. Me atendió, muy amable, Maika, madre de Luis Goñi, y me dijo que hasta las 15 horas por allí no aparecía nadie. En esas estábamos cuando apareció su hijo Luis, a quien conozco porque es un buen cliente de La Fogoneta, nos saludamos con un ¡hombre, túporaqui!, le expliqué a qué iba y me dijo: ven que te lo enseñaré. No me lo podía creer, toda la vida, desde niño, viendo esa finca con sus caballos desde fuera y toda la vida preguntándome como sería por dentro. Por fin, a mis años, había llegado la hora de conocerla, todo llega en la vida. Es cuestión de paciencia. Y además en el día de autos tenía una sorpresa añadida. Entramos en un pasillo con sillas de montar colgadas de las paredes, era una especie de guadarnés, pero grande, el espacio tenía cuadras a derecha e izquierda, entramos en esta última y me quedé alucinado, allí, en un cerrado, había dos camellas medianas de tamaño y un enorme dromedario que con sus jorobas casi tocaba el techo. En el cerrado de enfrente había una cuadrilla de ponis, que hacen la delicia de los niños en esta especie de zoológico que los Goñi tienen aquí instalado. Entramos en otro guadarnés, pero esté más pequeño y con más clase que el anterior, había sillas de paseo, sillas charras y vaqueras, para cada monta la suya. Frente a ellas vi una mesa larga con un montón de servicios colocados para agasajar a Reyes y cortejo y que empiecen la cabalgata con algo de calor en el cuerpo, que falta les hará. Pasamos a otra cuadra en la que había terneros de un par de razas y de ahí a otras que estaban llenas de caballos, mejor dicho, potros, esperando para ser convertidos en hamburguesas, lomos, solomillos y filetes. Había cientos, me explicó que es una raza diferente, que no se podrían llegar a domar ni a usarlos con fines agrícolas, por lo tanto, parece ser que los individuos de esta raza tienen el destino definido antes de nacer. Al aproximarme con el teléfono para sacarlos bien guapos, unos se acercaban y olisqueaban el artilugio y otros salían de naja, asustados. Salimos a ver los que estaban en el exterior, la única zona que se puede ver desde el paseo frente a las huertas. Les deseé suerte y paciencia en el trajín que les espera a partir de las 4 de la tarde y seguí mi camino. Llegué a la arboleda de la Magdalena, que paseé con deleite, y en nada, en pocos metros, estaba atravesando el puente románico que, horas después, hollarían los majestuosos camellos que acababa de ver, con los Magos personajes sobre sus jorobas, arropados por el constante griterío de la gente menuda, y no tan menuda que hay padres y madres que ponen toda la carne en el asador, y precedidos y seguidos por banderas y abanderados, timbales, trompas y atabales, formando todo ello un cortejo de color e ilusión.

Llegué al portal de Francia, cuyo puente levadizo encontrarán los Reyes elevado y un emisario real habrá de negociar su apertura para poder entrar en la ciudad, y allí estaban unos operarios afanándose para que todo funcione y esté a punto para cuando lleguen Melchor y compañía.

Entré en la ciudad y, por la Rúa de los peregrinos, hoy del Carmen, enfilé a casa para ir sacando lustre a los zapatos.

Y al día siguiente los Reyes llegaron y me proveyeron de calcetines y de un cinturón y de un sombrero y de unas zapatillas y de un reloj, pero no me lo puedo poner, ¿y eso?, os preguntaréis. Pues porque es de pared.

La dicha nunca es completa

Besos pa tos.

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