La Casa de Misericordia (2ªparte)
La institución Casa de Misericordia de Iruñea fue fundada a finales del siglo XVII. Desde entonces hasta el año 1924 tuvo su sede en un gran edificio situado en el actual paseo de Sarasate. En esta segunda parte dedicada a esta institución benéfica relataremos cómo ha podido financiarse a lo largo de su existencia. Además de limosnas, donaciones y algunas importantes herencias de particulares, llegó a contar con una fábrica de paños o los beneficios de un frontón abierto. La gestión de los puestos de feria durante las fiestas de San Fermín y la organización de sus festejos taurinos en la plaza de toros de su propiedad, siguen siendo pilares importantes de su financiación
Como ya se había comentado en el primer capítulo de este relato, la institución Casa de Misericordia se nutría económicamente de las limosnas de los ciudadanos, recogidas no solo en la ya citada cuestación por los chicos de la demanda, sino también en cajas fijas sitas en cada barrio, cajas controladas por un regidor designado al efecto. Ocasionalmente el Ayuntamiento donaba a la casa también los alimentos decomisados en las casetas de arbitrios de la ciudad, como ocurrió en 1883, cuando en el portal de Rochapea fueron decomisados diez corderos y 135 docenas de huevos. Pero era evidente que la institución no podría subsistir solo a base de limosnas.
De esta forma, ya desde el principio y con el objetivo secundario de mantener activos a los asilados, se montó en la Casa una fábrica de paños o pelairía. Contando con siete telares, cada año se fabricaban cientos de paños y sayales de lana de distintos tamaños, destinados al mercado local, en donde un solo vendedor designado por la Junta de Gobierno vendía el producto al por menor. Para dar textura e impermeabilidad a algunos de los paños era necesario batanearlos. Para ello se utilizó durante algún tiempo el batán de Atarrabia. Años después se habilitó un batán propio en el molino de Barañain –llamado así por su cercanía a esta población, aunque situado en terrenos de Pamplona–, batán que el Ayuntamiento cedió gratuitamente a la Misericordia. La fábrica de paños, con mayor o menor actividad, funcionó en la casa hasta 1924 (1).
Un trinquete para contribuir a la entrada de ingresos
En 1777 hubo que buscar más medios de financiación y se decidió construir un trinquete para el juego de pelota en la trasera del edificio, en un espacio que se usaba opcionalmente como taller de cantería. La práctica del juego de pelota por la población era muy extendida y a falta de espacios específicos para hacerlo se jugaba en cualquier rincón de la ciudad más o menos apropiado. Ello conllevaba protestas de algunos ciudadanos y el consistorio hacía continuas órdenes de prohibición del juego. Aunque ya existían dos trinquetes, uno en la calle Mayor y otro en la calle Pellejerías, la construcción del de la Casa de Misericordia iba a contribuir de alguna forma a la regularización de los espacios para el juego.
En estos trinquetes se jugaba lo que es conocido como juego directo, habitualmente tres jugadores contra otros tres separados por una red, juego conocido como pasaka, al principio a mano desnuda y después utilizando un guante de cuero para golpear la pelota. Los beneficios tanto del alquiler de la cancha como de la entrada que debían abonar los espectadores en los partidos programados, iban a aliviar en parte una situación económica que en aquellos años era muy precaria para la institución. Para incrementar un poco el beneficio tenía un servicio de alquiler de alpargatas para los jugadores.
En la misma línea, unos años después, en 1840 se decidió construir un nuevo frontón en el espacio entre el propio edificio y el mesón de los carros y la alhóndiga municipal. En el llamado Juego Nuevo de Pelota, se jugaba a blé, es decir juego indirecto contra frontis, utilizando un guante de cuero para golpear y dirigir la pelota. Contaba con un pequeño graderío de madera y su puerta de entrada era por la calle de San Ignacio, que entonces giraba en ángulo recto a la altura de la basílica, hasta la que luego sería plaza del Vínculo. Fue el Marqués de Rozalejo el que en 1847 redactó un peculiar reglamento para el juego, considerado como el reglamento más antiguo existente del juego de pelota vasca.
En los últimos años del siglo XIX el pamplonés Juanito Moya hizo prueba a jugar con un guante más largo que el habitual y menos pesado, fabricado en mimbre y que el mismo había encargado que le hicieran (2). Pronto se vio que ese guante daba ventaja en el juego y se ganaban los partidos con más facilidad. Era el comienzo del remonte, herramienta que enseguida se generalizó entre los pelotaris, conformando la especialidad de pelota que luego se desarrollaría, casi específicamente, en el nuevo frontón Euskal Jai de la calle San Agustín, inaugurado en 1909, tras el cierre del de la Misericordia. Cuando en 1926 se derribó la casa de Misericordia y su frontón, las piedras del frontis se reutilizaron para conformar el del frontón Toki Eder de Agoitz, aun en uso en la actualidad.
Las primeras barracas del paseo Valencia
Otros ingresos provenían de la instalación de las primitivas barracas o casetas de feria en el paseo de Valencia junto al propio edificio durante las fiestas de San Fermín. Hoy en día todavía la gestión del recinto ferial en los Sanfermines depende de la Casa de Misericordia, que establece los concursos públicos de las atracciones a instalar, debiéndose hacer cargo del alumbrado, limpieza y del resto de la organización del recinto. Era costumbre y cita obligada la presencia de la comparsa de gigantes, cabezudos y kilikis en el patio de la Misericordia durante las fiestas, siempre recibida con gran alegría por los asilados, niños y mayores (3). Otro medio de aporte de dinero a la institución constituía el, cuando menos curioso, alquiler de sillas para observar los rituales paseos dominicales de los pamploneses de pro, a lo largo de la calle Estafeta o la plaza del Castillo, paseos que siguieron realizándose hasta bien entrado el siglo XX.
Siendo una institución muy querida por los pamploneses, son varios los ejemplos de gentes que a su muerte dejaban parte o el total sus herencias a la Casa de Misericordia. El abogado, magistrado y exalcalde de la ciudad Joaquín Jarauta Arizaleta y su esposa Josefa Sarasa fueron unos de ellos y a su muerte en 1906 dejaron su legado, de aproximadamente 120.000 pesetas a la institución. El Consistorio les consideró su agradecimiento, a él y a su esposa Josefa Sarasa que había muerto en 1902, dando nombre a una de las calles de la ciudad. De esta forma, la hasta entonces calle de las Pellejerías, pasó a denominarse oficialmente calle de Jarauta y Sarasa. Desgraciadamente, el apellido de su mujer, Sarasa, no ha figurado nunca en los rótulos que identifican la calle (4).
Ya en la primera década del siglo XX, el Consistorio se planteaba seriamente el derribo del edificio benéfico por considerarlo envejecido y obsoleto. Además, la población, hacinada intramuros, suspiraba por el proyectado nuevo ensanche y la idea de la comisión municipal de beneficencia era hacer una nueva Casa de Misericordia “fuera puertas”, con lo cual se liberaba espacio para edificar viviendas. Pero se encontró con la negativa del ministerio de Guerra que, aplicando la ley de zonas polémicas, denegó el permiso para construir el nuevo edificio en el lugar previsto.
Lo siguiente fue intentar utilizar, al menos en parte, el nuevo hospital que se estaba terminando de construir en Barañáin, pero tampoco llego a efecto la propuesta. En 1915 se firmó el acuerdo con el ejército español para el derribo del frente sur de la muralla y la creación del ansiado ensanche. En el proyecto del mismo se contemplaba una calle que debía atravesar el solar resultante del derribo de la Misericordia, abriendo el paseo de Sarasate hacia el nuevo espacio urbano. Aunque el derribo de la muralla no fuera efectivo hasta finales de la década, la posibilidad de una nueva Casa de Misericordia estaba cada vez más cerca y el Consistorio quiso darle un fuerte impulso a la financiación de la institución.
Cuando en 1843 se edificó la vieja plaza de toros en una parte de lo que había sido huerta de las Carmelitas Descalzas, espacio que compartió con el coetáneo Palacio de Diputación, ya se planteó que la gestión y beneficios de dicha plaza fueran para la Casa de Misericordia, aunque finalmente y por diversos motivos nunca llegó a ser así. Sin embargo, cuando esta plaza fue destruida por un incendio hubo que decidir la construcción de una nueva. El derribo del frente sur de la muralla y el proyecto del llamado II Ensanche de la ciudad requería de un cambio de ubicación del coso taurino, por lo que algunos autores especulan que el incendio fue intencionado para desencadenar los hechos. Inicialmente, el Consistorio sacó a subasta la construcción de la nueva plaza para que fuera una empresa privada quien la financiara y gestionara.
El nuevo coso en 1922: en la primera feria los beneficios fueron de cien mil pesetas
Pero fue la Comisión de Beneficencia del propio Ayuntamiento quien pensó que la gestión por una empresa ajena y meramente especuladora no era lo apropiado y solicitó, y así se decidió, que tanto la construcción como la posterior gestión de la plaza fuera a cargo de la Casa de Misericordia. El consistorio cedió gratuitamente y a perpetuidad los más de 11.000 metros cuadrados del solar, regaló los materiales rescatados de la vieja plaza y creó una nueva comisión gestora, la Junta del Patronato de la Casa de Misericordia. Para los Sanfermines de 1922 estaba terminado el coso diseñado por el arquitecto donostiarra Francisco Urcola y en aquella primera feria se vendió el 81% del taquillaje total, rondando los beneficios las cien mil pesetas. Como es conocido, en la actualidad tanto la propiedad como la gestión y beneficios de su uso siguen siendo del patronato de la Misericordia.
En el atardecer del 9 de septiembre de 1924se desencadenó un pavoroso incendio en el edificio de la Meca, algunos dicen que provocado o al menos por desidia, como había ocurrido en la vieja plaza de toros. Aunque pudo desalojarse a tiempo y no hubo víctimas ni heridos importantes, fue la puntilla para el devenir del viejo caserón. Casi sin pasar 24 horas, la junta de gobierno reunida de urgencia decidió trasladar a todos sus asilados al Hospital Provincial de Barañáin, que tenía sus pabellones terminados, pero aún no se utilizaba –tardaría algunos años– como tal (5).
Víctor Eusa diseñó el edificio actual, inaugurado en 1932
A partir de entonces, debía considerarse y proyectarse una nueva Casa de Misericordia. Derribado el viejo edificio del paseo de Sarasate en 1926, se proyectó el nuevo en los glacis de la Ciudadela cercanos al camino de Erletokieta. Con proyecto del entonces arquitecto municipal Víctor Eusa, la nueva y actual Casa de Misericordia se inauguró en 1932.
Y como no podía ser de otra forma, aparecen otra vez las figuras de los benefactores. Vicente García Castañón, ingeniero de minas pamplonés y jefe del servicio de minas de la Diputación, a su muerte en 1927 donó toda su herencia, junto con la de su esposa Trinidad Fernández Arenas, a la Diputación y Ayuntamiento, con el compromiso de que se utilizara para una obra benéfica. Los legatarios decidieron invertir toda esa fortuna, casi dos millones de pesetas, en la construcción de la nueva Misericordia. Y el Consistorio correspondió dándole nombre a la nueva calle que atravesaba el solar de la vieja casa, como calle García Castañón y a su pequeña transversal, esta vez sí, el de su esposa Trinidad Fernández Arenas (6).
La nueva Casa de Misericordia siguió con sus objetivos benéficos propios hasta el año 1982 en que se trasformó en residencia geriátrica asistida. Hoy día aloja a casi seiscientas personas mayores, con el único requisito de ser nacido o empadronado durante cinco años en Pamplona. Aunque cumple una importante función social en la ciudad, hoy día no puede considerarse como una institución totalmente benéfica, ya que los asilados tienen la obligación de pagar unas determinadas cuotas. La institución complementa su financiación con la propiedad y gestión de espectáculos de la plaza de toros, así como la del recinto ferial sanferminero: las populares barracas. Aunque con algunos cambios en sus objetivos, la Meca, con algo más de trescientos años de trayectoria, continúa escribiendo su historia.