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León Salvador Pascual, el Rey de los charlatanes

Sus visitas sanfermineras constituyeron todo un acontecimiento durante cerca de medio siglo, como si de uno más de los espectáculos de fiestas se tratase, aunque para ello se servía únicamente de carteras, peines, medallitas, pitilleras, cuchillas de afeitar... y su inigualable verborrea

León Salvador Pascual, el Rey de los charlatanesInternet

León Salvador no nació ni vivió en Pamplona, y sus visitas a la ciudad se ceñían siempre a San Fermín. Es más, el mismo papel que el charlatán representaba en Iruñea lo desempeñaba en otras ciudades como Valencia, Madrid, Sevilla, Bilbao o Zaragoza, y a veces también en localidades más pequeñas. La hemeroteca es muy abundante al respecto, y pueden encontrarse artículos que tratan al personaje en clave de fenómeno local en periódicos de muchos lugares. León Salvador no era, por tanto, un personaje intrínsecamente pamplonés ni sanferminero, pese a lo cual formó parte de nuestro paisaje festivo durante medio siglo, siempre fiel a su cita con la vieja Iruñea. Dejó tras él un recuerdo que perduró durante décadas entre los más veteranos pamploneses, que se referían a él con admiración y nostalgia.

Hijo de labradores vallisoletanos

León nació el 29 de julio de 1873 en una aldea castellana llamada Pedraja del Portillo, situada a unos 25 kilómetros de Valladolid. Era el octavo de los nueve hijos que tuvieron sus padres, Lorenzo Salvador y Manuela Pascual, humildes labradores domiciliados en la calle Cantarranas nº 11 de dicha localidad. Su infancia no fue cómoda ni sencilla, y de hecho él solía “presumir”, con ironía, de que no trabajó hasta los 3 años. Al parecer pasó la viruela de niño, razón por la que en su pueblo le llamaban “el Manchado”, y según esos mismos testimonios fue un derrumbe acaecido en casa, cuando la chimenea se desplomó de improviso, lo que le impulsó de muy joven a marcharse de casa. Se empleó como friegaplatos en un restaurante barcelonés, y allí conoció a un señorito, hijo de un famoso fiscal, que quería ser torero, y que le propuso sumarse a su cuadrilla como banderillero. Llegaron a hacer una tournée con cierto éxito, pero como el torero era aún menor de edad, fue reclamado por su familia, y la Guardia Civil le obligó a volver a casa, dejando desamparado a León. Después de aquello marchó a París en busca de fortuna, pero viendo que terminaba de nuevo abocado a trabajar como friegaplatos, regresó al domicilio materno en Valladolid.

Ayudante de un hipnotizador

Hacia 1892 y cuando cuenta con 19 años se siente atraído por el teatro, y llega a ir de gira con la compañía “Carreras y Fernández”, pero entonces es reclamado a filas y enviado a Cuba como cabo del Regimiento Almansa, para cumplir con aquellos interminables servicios militares de la época. Tras terminar su periodo de alistamiento regresa de la agitada isla, que entonces se encontraba en guerra por su independencia, y se enrola como ayudante de un hipnotizador-embaucador llamado “Onofroff”. El papel de León consistía en hacerse pasar por un espectador, elegido “al azar” para ser hipnotizado, y aguantar el tipo mientras alguien del público le pinchaba con una aguja en un brazo, previamente anestesiado. El pastel se descubrió una velada en la que León se quedó dormido de verdad mientras estaba supuestamente hipnotizado, y el pinchazo, administrado con saña y malicia, le pilló desprevenido y en una nalga sin anestesiar. El charlatán pegó un grito y un salto, y acto seguido tanto él como “Onofroff” tuvieron que huir precipitadamente, saltando a la calle desde un balcón.

De actor a charlatán

Después de aquel incidente retomó su trabajo como actor en pequeños papeles, y resultó que tenía que interpretar a un charlatán ambulante. Estando en Barcelona y con la intención de pulir y dar verosimilitud a su papel, se acercó a ver cómo actuaba uno de aquellos vendedores, llamado Perico Gómez, y quedo absolutamente fascinado por su arte, de suerte que abandonó los escenarios y se convirtió en su ayudante durante algún tiempo. Una vez aprendido el oficio decidió independizarse, y su primer trabajo consistió en hacerse con una “cartera” de productos buenos, baratos y de fácil salida, entre los cuales había relojes, brochas de afeitar, medallitas, carteras, pitilleras, peines, jaboneras y sus famosísimas cuchillas de afeitar “Piel Roja”. Se marcó también una suerte de ruta anual, de manera que siempre pudiera estar en Valencia para las Fallas de marzo, en Sevilla para la Feria de Abril, en Madrid por San Isidro, en Pamplona por San Fermín, en Bilbao en agosto... y cerraba en octubre con la feria del Pilar de Zaragoza. En el transcurso de una de estas giras conocería a una joven llamada Remigia Ruiz, con la que se casa a los 22 años y con la que tendría un hijo y dos hijas.

El charlatán, en plena faena.

En sus visitas a Pamplona, León Salvador era el único vendedor que tenía permiso del alcalde para instalarse en la plaza del Castillo, mientras que los “novilleros”, como él llamaba a sus competidores, tenían que quedarse en el Real de la Feria. Eso sí, León correspondía generosamente a la ciudad, haciendo un donativo a la casa de Misericordia y pagando los fuegos artificiales de un día. Por lo demás, el escritor pamplonés Galo Vierge dice recordarlo “subido sobre un tabladillo profusamente iluminado con dos grandes bombillas a su derecha, y a su izquierda como una guardia de honor dos viejas maletas”, donde transportaba sus productos. Y eso que, en sus últimos años, tanto él como su ayudante habían dejado ya de viajar en tren, y llegaban a Pamplona en uno de aquellos arcaicos automóviles Ford de los años 40.

Una técnica depurada

Uno de los speech de León podía comenzar, por ejemplo, quitándose el sombrero y mirando teatralmente al cielo, con aire compungido, mientras sacaba de la maleta unas medallitas de la Virgen: “Arrodillarse y echar romero, señores, que pasa la Virgen. ¡Qué barbaridad! ¡Mírenla qué preciosa! (besaba la medalla mirándola con pena), os la voy a vender como Judas vendió a Cristo, pero no por 30 monedas, ni por 20 ni por 10, ¡por un duro! ¿Quién la quiere? ¿Quién la desea? (Comenzaba a repartirlas) una para aquel señor, otra para el cura... (fingía que alguien le interrumpía) ¿la cadena? dice que no le he dado la cadena... en Santoña te la darán... ¡perpetua! (Volvía a fingir que una señora le interpelaba) no señora, no es oro de ley, porque tendría que valer mil pesetas, los comerciantes la tenemos marcada en 5 duros, ¡pero yo la vendo a 5 pesetas! ¿Hay quien desee alguna más? ¿Están todos servidos? ¡Pues al corral! (y guardaba las medallitas). ¿Hojas de afeitar? (fingía que alguien había preguntado por tal producto) ahora voy, ¡señores! las auténticas hojas de afeitar Piel Roja, ¡parecen la caricia de una mujer! Una para aquel señor, otra para el caballero (se dirigía de pronto a su ayudante, que repartía el producto y cobraba) ¡Ortega! Vete allí, so primo, allí, a la derecha, ¡vete siempre a la derecha que si no te darán un estacazo! No le den propina, señores, que se lo gastará en vino (comenzaba a reír). Oigo a una señora diciendo “¡tan feo y hay que ver lo que vende!” ¿Y qué tiene que ver, señora? más negro es San Fermín, ¡y mire usted si es grande...!”

Al pie del cañón

Artículos de prensa de diferentes periódicos del estado atestiguan de forma clara el deterioro que con el paso de los años y una vida agitada fue acumulando el viejo charlatán. Se refieren a su aspecto avejentado, a la voz cascada y como de “esparto”, a pesar de que en los últimos años se ayudaba ya de un micrófono, a la tos recurrente y al andar vacilante, a lo que habría que añadir seguramente un corazón enfermo. Una angina de pecho lo liquidó en Bilbao el 19 de agosto de 1949. Según los presentes cayó fulminado y doblado hacia adelante mientras preparaba el escenario para una última “actuación” que nunca llegaría a producirse. Como si de un torero herido se tratase, lo llevaron en volandas hasta el modesto hostal donde se alojaba, y allí murió, en uno de los butacones de la Recepción, sin que estuviera presente ni uno solo de sus familiares. Según testimonios cercanos falleció arruinado, puesto que no supo administrar bien lo que ganaba, y tuvieron que costearle el funeral y el entierro, que se verificó en el cementerio vizcaíno de Vista Alegre de Derio. De esta triste manera terminó sus días León Salvador Pascual, el Rey de los charlatanes, el mejor vendedor ambulante que haya pisado nunca la vieja Iruñea.