De homenaje, portales y derribos
Hola personas, ¿qué? ¿Ya vamos preparando las cosas? Bueno, aún quedan unos días, pero tampoco tantos; para cuando nos queramos dar cuenta estarán las calles llenas de guiris y de toros.
Esta semana quiero empezar despidiendo a una persona que trabajó por la historia y la cultura en nuestra comunidad, tuvo muchos, muchos logros y fue autora de títulos que son de obligado uso en la arqueología mundial. Sin embargo, mucha gente de aquí la conoce por algo no tan exitoso. Me refiero a la Pompelo romana que apareció bajo las casas del Arcedianato y que se volvió a tapar con la construcción de las casas de los canónigos.
Ella analizó, estudió y describió como nadie lo que iba apareciendo, pero ella solo era la directora del museo, y supongo que asesora de Príncipe de Viana, y el futuro de lo encontrado estaba en manos de la Iglesia y del Ayuntamiento, pero no suyo.
Una propuesta del alcalde Urmeneta para conservar lo encontrado y abrir en el solar una plaza gótica, le costó la amenaza de excomunión por parte del arzobispado. Por lo tanto, no veo justo que se le responsabilizase a ella de la decisión tomada. Simplemente… con la Iglesia hemos topado.
Nos ha quedado pendiente aquel café que íbamos a tomar mientras me contabas tus andanzas, descubrimientos y aventuras.
Buen viaje, María Ángeles, gracias por descubrir, mostrar y conservar nuestro patrimonio.
Bien, y ahora vamos a ver por donde he rodado esta semana. Es un paseo que ya hice hace muchos ERPs, pero vale la pena repetirlo y volver a ver cosas que, seguro, se me escaparon; otras que han cambiado y otras que son circunstanciales.
El paseo al que me refiero es recorrer Pamplona pasando por los seis puntos que tenían un portal para cerrar la ciudad. Todos ellos echaban la llave a las 10 de la noche y el que llegaba tarde dormía al raso.
Empecé la vuelta por el portal de Tejería, derribado en 1915. Fue el que más aguantó en pie de los cinco desaparecidos. Es fácil saber dónde estaba. Si nos situamos en Juan de Labrit cuando llega casi a Estafeta, veremos una barandilla que está levantada sobre un murete de piedra que viene desde abajo de la cuesta.
Pues bien, ese murete es la parte baja de la muralla del frente de Tejería y justo donde acaba, haciendo ángulo recto, se encontraba el Portal de Tejería.
Entré con la imaginación por el túnel que atravesaba la muralla y salí a un amplio espacio en el que tenía, a mi derecha, la salida de Estafeta con una casa en la esquina cuyas ventanas eran un trampantojo; enfrente, la plaza de toros antigua; frente a ella, las traseras del teatro Gayarre; a mi izquierda, el teatro circo Labarta, que anunciaba la actuación de una domadora de elefantes.
Este local proyectó en 1905 la primera película en la ciudad. Tras él se encontraba el polvorín de La Reina, asentado en la planicie que formaba el baluarte de la Reina, cuyo vértice más lejano llegaba a la altura del actual número 15 de la avenida de Carlos III.
En mi paseo real seguí por Cortes de Navarra; en mi viaje imaginario fui por el costado sur de la vieja plaza de toros y, tras pasar el depósito de las aguas, hoy iglesia de los Redentoristas, llegué al Portal de San Nicolás, reformado en 1906 y desmontado del todo en 1921.
El punto exacto donde se encontraba era entre el monumento a San Ignacio y las taquillas del cine Carlos III.
Su maravillosa construcción fue un poco maltratada. En 1906 se derribó la muralla que había a su izquierda, mirándolo de frente, y se hizo una nueva calzada que llevaba al sur. El portal quedó. Más adelante se desmontó y sus escudos fueron colocados en el paño de muralla que, a su derecha, estaba aún en pie.
Unos años después, algún sesudo edil ideó levantarlo de nuevo en la Taconera, que es donde lo disfrutamos.
A esta altura haré un inciso. Yo me pregunto: ¿por qué no se extendió la ciudad hacia San Juan? Es terreno grande y llano y solo hubiésemos tenido que derribar la parte de muralla que va de la Ciudadela al interior de la Taconera.
Total, ese tramo ha sufrido tantas intervenciones que está casi perdido, mientras que el paño sur —el que se derribó— albergaba el tramo de muralla más bonito de todos, con ese gran baluarte de la Reina, su caballero sobre él, su bello polvorín, el Portal de San Nicolás, su puente, su revellín, cuyo vértice hubiese llegado a la esquina de Bergamín con Arrieta, y alguna cosa más que se me olvida.
Seguí por el paño de muralla y, si mi viaje imaginario hubiese sido anterior a 1888, me hubiese dado de morros con el baluarte de San Antón, pero no fue así, ya no estaba.
El paseo real discurrió por la calle Estella, llegué a Yanguas y Miranda y por Padre Moret me planté en el punto exacto que ocupaba el portal de la Taconera, que venía a ser frente al colegio de San Luis de los HH Maristas.
Es decir, frente al tramo de acera que hay entre Moret y Navas de Tolosa.
Levantado en 1666 por el virrey Francisco de Tutavila y del Rufo, Marqués de San Germán, que mejor se hubiese llamado del Tufo, ya que su fama de corrupto y ladrón le ha sobrevivido.
De estilo barroco, con sillares almohadillados y sus escudos correspondientes, fue derribado en 1905.
En él se recibía a los reyes cuando cursaban visita a la ciudad. Para ello se creaba algo que se llamó arte efímero: arcos triunfales, castelletes, guirnaldas y todo tipo de oropeles para que se viese cuánto quería la ciudad a sus visitantes.
Crucé la calle y me encontré la reproducción que hace unos años hizo el Ayuntamiento del desaparecido portal. Ha venido bien para poder mostrar sus escudos.
Paseé por la calle del Bosquecillo y, a los pocos metros, saludé al anteriormente comentado Portal de San Nicolás, que ahí luce todo tieso desde 1929.
Llegué a la cuesta de la estación, la bajé a tumba abierta, llegué al Portal Nuevo de Santa Engracia, frené, paré, bajé y miré.
Poco había que mirar. Únicamente el maravilloso escudo imperial labrado en piedra que lucía en el portal de la Rochapea y que Víctor Eusa plantificó en este Exincastillos que levantó en 1950.
Bajé hacia el puente por donde los toros pasan el río y subí como una flecha hasta el baluarte de Parma, donde se encontraba el portal de Rochapea.
Un portal cuya demolición sobraba. El tráfico pesado que tuviese que entrar en la ciudad lo podía hacer por el Portal Nuevo.
Por entre calles, cuesta de Palacio, Aldapa, Carmen, llegué al portal de Zumalacárregui. Único que queda en pie de los seis.
Conserva intacto el sistema Derché, que emplea para subir y bajar el puente mediante un juego de pesas y poleas. Gracias a esto los Reyes Magos pueden entrar en la ciudad cada 5 de enero.
Recordar la historia es vivirla.
Besos pa tos.
Facebook : Patricio Martínez de Udobro
patriciomdu@gmail.com
