De postres, desgracias y fiestas
Hola personas, ya está aquí. Ya se acabaron las escaleras, los peldaños, oficiales y oficiosos; las compras, para que todo esté listo y en su sitio a la hora esperada; el abono en su cajón para que no se despiste ni una entrada y no haya problemas; el dinero contado y mirado para ver de cuánto disponemos; y las ganas plenas, completas, sin haber gastado aún ni un miligramo de juerga.
Un año después, volvemos a vivir otro 5 de julio, la fecha más anhelada del año, porque hoy es un día comparable a ese otro en el que te compras un rodaballo salvaje para comértelo mañana y te pasas todo el día relamiéndote. Y llega mañana y, por fin, le metes el diente al Scophthalmus maximus, que talmente se llama a este bicho en círculos académicos, y lo miras y te dices: qué bien, aún me queda casi todo. Pues eso.
Esta semana quiero empezar con algo que la anterior dejé a medias y no fue por mi culpa. O sí. Resulta que el ERP último lo escribí en dos ordenadores, lo empecé con uno que, a la mitad del trabajo, empezó a darme guerra, pasé todo lo escrito a otro y continué y, en ese salto, algunas líneas se quedaron en casa. En ellas decía que, a los ricos platos de menú de La Fogoneta, había que sumar las joyas que remataban las cuchipandas, los ricos postres de mi hermana Tereta; sin ellos la vida de nuestro pequeño bistró no hubiese sido la misma. El tocino de cielo y la tarta de queso cruzaron fronteras con su fama. Nadie sabe el trabajo que daba elaborarlos; ella ha metido más horas que nadie entre hornos y termomixes para endulzar la vida de nuestros parroquianos. Y lo ha conseguido.
Otro asunto que quiero traer, antes de meternos en harina, tiene tintes luctuosos. Me refiero a la gran desgracia que sucedió el domingo al mediodía en Navarrería. Un mal paso técnico o humano, que no lo sé, hace que unas pobres chicas pasen de la felicidad a la tragedia en medio segundo, así de puta es la vida. Los planes de fiesta y disfrute, no solo de ellas, sino de todo su entorno, se han ido al garete. En plena vida, jóvenes, divertidas, trabajadoras, chicas de su tiempo, con su vida por delante hasta que llega un golpe de mala suerte y les cambia la ruta de forma drástica, trágica, traumática. Desde aquí les envío el más fuerte y empático de mis abrazos. No tengo palabras de ánimo para enviarles porque, diga lo que diga, poco o nada van a paliar su dolor. Tampoco el Ayuntamiento ha debido de tener palabras de consuelo, porque me parece que de forma oficial se ha dado la callada por respuesta. He echado en falta un comunicado, un luto oficial, aunque sea de media hora, no sé, algo. Algo, menos el silencio… sepulcral. Descansa en paz, Aintzane, nada llenará tu vacío entre los tuyos, pero me consta que les quedará un gran recuerdo. A las otras dos chicas les deseo una pronta recuperación, dentro de lo que cabe, y que encuentren la felicidad en esta vida diferente que afrontan.
Bien, dicho lo dicho, vamos a ver por dónde nos hemos movido esta semana, que ha sido poco pero intenso.
El miércoles al mediodía, aprovechando la bajada de la calorina, tomé mi pedalo y me tiré por Beloso para abajo. Me llamó la atención la frondosidad de los nuevos ejemplares; se diría que los riegan con una pócima mágica realizada por el propio Panorámix, los alcorques están llenos de otras especies y algunos tienen hasta flores; la verdad es que los viejos leñosos que quitaron estaban ya para el descanso eterno. Al llegar a Burlada crucé la carretera por debajo y fui unos metros por el camino del Arga. Lo abandoné para dirigirme a la parte vieja. La pobre es muy desgraciadica, pero que a mí me gusta. Hasta me gustó una casa que vi en mi paseo, a la cual el dueño ha pintado de “gris policía armada” todas las dovelas que conforman el maravilloso arco de medio punto de su entrada, así como toda la sillería de los apoyos sobre los que se sustentan. En otra época me hubiese indignado; hoy ya no, hoy sonrío y me digo: bueno, de lo suyo gasta. Seguí mi ruta y volví a salir al paseo del Arga, que me llevó al puente de la Nogalera. Lo atravesé y puse rumbo a casa, que ya eran las 15.30 y la gusa apretaba.
El jueves me acerqué a la capilla de San Fermín para dos cosas: una, charlar un poco con él, para que me contase cómo va de ánimo; y dos, ver su museo. Me senté un momento con él, no son días de dar mucho la vara, y para empezar me dijo que estaba muy contento con el cartel de San Fermín, que ya era hora de que le bajasen de su pedestal y su soledad y que lo rodeasen de chicos, chicas, guiris, un toro, un perro, la banda, los fuegos y, sobre todo, los churros. Con las ganas que yo tenía de probarlos, me dijo, el Churrero de Lerín, el de Estafeta, hace años que, en la imagen de un servidor que tiene encima de la puerta, me quitó el báculo y me puso un churro, pero, claro, no me dejó comérmelo en su día y ahora ya no hay cristiano que se lo jale.
Tras la anécdota, me dijo que en el resto de cosas no tiene especial cuidado: un paseo para ver a los vecinos y vecinas de cerca el 7 de julio, y un trajín de capotes y capoticos cada mañana a las ocho. Me dijo que ahora, con esto del antideslizante y esa doma que dan a los toros en el campo, corriendo juntos por mangas y dehesas, el trabajo ha bajado mucho; hay días que no saca la pañosa de la maleta. Me dijo.
Tras la charla me despedí deseándole felices fiestas de San Fermín. Visité el museo y me quedé una vez más prendado del plateado oropel que le mandaban al Santo los navarros que habían viajado a lejanas tierras y habían hecho fortuna. Un santo con un buen tesoro, a los ojos de sus fieles, siempre era más importante que uno modesto; esa era la opinión de aquellos siglos.
Salí de San Lorenzo y tomé la calle San Francisco. Al pasar por la puerta de la Mancomunidad, la que da acceso a la sala Pinaquy, antes capilla de las Salesas, vi que han puesto un parapeto metálico para defender la puerta de las meadas de cerdos y cerdas que a buen seguro van a regar Pamplona toda la semana. En mi opinión, para que el invento sea perfecto, les falta electrificar esa chapa, de modo que, a quien se le ocurra regarla con sus líquidos internos, le dé un calambrazo en la zona que le deje el resto de las fiestas sin ganas de mear, ni de hacer cosas jugositas que con ella hubiese hecho.
Pasada la plaza de Il Poverello de Asís, por San Miguel, llegué a San Gregorio y allí, en la esquina, bajo la hornacina del mitrado santo, vi a un guitarrista que con sus canciones había traído la Pampa hasta nosotros. Me encanta la música argentina. Me acerqué y le dije: ¿cantas algo de Larralde? Buscó en su tablet, pero no encontró. “Si quieres de Cafrune te canto”, me dijo. “Venga”, contesté. Atacó y bordó Luna cautiva, que canturreé con él por lo bajini; luego yo me arranqué con las coplas del Payador perseguido y quedamos tan amigos. Me dijo que se llama Matías y que en Instagram lo tenéis en Matías del Ascensor.
Y nada más. Que los hados os sean favorables y que vuestras fiestas de San Fermín se cuenten por minutos de felicidad.
¡¡Viva San Fermín!!
Besos pa tos. l
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