Bernat Castany (Barcelona, 1977) ha publicado con Anagrama ‘Una filosofía de la risa’, a partir de una constatación y una pregunta. Si la comicidad y el humor han sido tan importantes a lo largo de la historia, ¿por qué les damos tan poca importancia?” El lunes 23 de marzo lo presenta en la Biblioteca General de Navarra a las 19 horas.

Estudia la risa como un fenómeno también filosófico.

–La filosofía se ha visto como una disciplina seria y grave. Intento demostrar que es un error, porque ya el mundo clásico estaba estrechamente vinculado con todo tipo de comicidades. Desde la ironía de Sócrates, las anécdotas de los cínicos hasta las sátiras de los epicúreos... El origen de la filosofía, según Platón y Aristóteles, está muy conectado con la risa. Me sorprende que la historia filosófica no le haya dado más importancia.

La religión tampoco. En Jesucristo hubo lágrimas, no recuerdo risas.

–Es un debate milenario, porque algunos padres de la iglesia en la época medieval afirmaron que Jesucristo nunca rió. La pasión se presentaba como una gran burla hacia Jesucristo, y la risa estaba del lado de los malos. Reírse de la creación, de sus incongruencias, era como una impugnación a lo que Dios había creado. La risa era vista como expresión de descreencia y orgullo. El demonio, cuando lograba engañar a los cristianos, siempre se reía. Así, durante siglos se demonizó la risa en la religión. Pero en el Renacimiento aparecieron humanistas cristianos que intentaron declinar un cristianismo más alegre. Erasmo insistía en que Jesucristo reía, sonreía y era bromista.

Venía de publicar ‘Una filosofía del miedo’. ¿Este libro es un reverso?

–En efecto, son dos caras de la misma moneda. La risa es expresión y vía de superación. Tenemos miedo a morir pero con la risa somos capaces de asumir dicho miedo; la risa genera una sensación de intrascendencia que nos permite sobrellevar realidades que nos aterran.

Nos reímos de nuestras miserias, aunque hay distintos tipos de humor y de risas.

–Hay muchos tipos de risa: tonta, floja, cruel, benévola... prácticamente tantas risas como sentimientos. La risa es muy compleja y pueden entrar muchos componentes diferentes.

La juventud se ríe mucho. ¿Señal de edad y de un mundo por descubrir?

–Sí, según estudios, los niños ríen de forma mucho más frecuente que los adultos y por razones diferentes. En el niño la risa suele ser un canto de triunfo, de alegría. En la infancia y la juventud los aumentos de potencia son constantes, no te duele nada, subes las escaleras de dos en dos, tienes una sensación de omnipotencia, falsa, pero muy agradable, que se suele expresar con risa constante. A medida que pasan los años esa potencia se va reduciendo, pero eso no nos condena a perder la risa. Se añaden otras formas. Es posible y deseable conservar el ejercicio de nuestras potencias toda la vida.

Hay programas de humor político muy longevos...

–Tienen la función importante de aligerar la sensación de amenaza o desorden, y generar una especie de asunción alegre de un mundo inevitablemente desordenado e inestable, pero el único en el que podemos vivir.

Y que cambia de forma acelerada. El humor también pasa de moda.

–Pero sus mecanismos son los mismos, el político se equivoca al hablar, el pretencioso... arquetipos que se van repitiendo y mecanismos lingüísticos que también lo hacen. Seguramente la comicidad no está solo en la realidad, sino también en nuestra mirada. Ordenamos la realidad en función de arquetipos cómicos que se repiten.

Como en el circo, con los payasos.

–Exacto, el serio simula una cierta autoridad y control, y el otro es más gordo y bajo y parece ser más tonto, pero los dos ejercen el caos de forma complementaria. Dos arquetipos que los vemos en el Quijote en el mito de Prometeo y Epimeteo, y hoy día en tantísimas comedias.

Los cómicos suelen contar con un extraordinario cariño del público.

–Voltaire decía que el placer da lo que la filosofía promete. El de reír es tan grande que debe ser uno de los grandes placeres, junto al sexo, la comida, la lectura u otros... Es un placer total, físico y espiritual. La risa verdadera, franca –no la falsa u obligada– es un placer tan grande que aquellas personas que son capaces de provocarla no es extraño que sean tan queridas o buscadas. Todo el mundo conoce a alguna persona con la risa contagiosa. Ese es un don divino. Los cómicos generan ese placer.

Ahora mismo hay un debate sobre dónde está la transgresión humorística y dónde el atajo comercial.

–Hay usos perversos de la risa, la que humilla al otro, lo avergüenza o lo lleva a ocultarse o desear desaparecer. Otra risa es alegre y amplía la potencia de los demás, les libera de sus miedos, de sus vergüenzas y los anima a mostrarse. Según Freud, el alma acumula escoria, frustración, rabia, represión, cansancio y que todo eso de algún modo debe ser expulsado. Hay una comicidad excretoria en la que expulsamos malos sentimientos. Pero no podemos ir haciéndolo de forma pública donde se puede confundir con una demonización de un grupo...

Si la comicidad es importante al construir hegemonías culturales, ¿la risa está en disputa?

–Sin duda. Ahora mismo la risa es una de las grandes batallas culturales. Vienen de antiguo, entre ilustrados, con una postura humanista y democrática, y los contrailustrados, que intentaron demonizarlos y quedarse con la iniciativa cómica. Buena parte de la historia política es esta pendulación entre los que poseen la comicidad en un determinado momento y los que no. En la última década por diversas razones, ideológicas, culturales o técnicas (cuestión de algoritmos) la iniciativa cómica ha pasado a manos de la extrema derecha, y la democracia se ha quedado muy desprovista de esas armas cómicas. Las redes sociales y sus algoritmos favorecen un tipo de comicidad claramente agresiva, marginadora, jerárquica... es la que suelen practicar, desgraciadamente, la derecha y la extrema derecha.

Dentro de una “hipercomicidad capitalista”.

–Siguiendo a Lipovetsky, que se refiere ello en ‘La era del vacío’ y también a David Foster Wallace, sobre la ironía posmoderna, que según este último genera una sensación de fatalismo cínico y desmoralizador, desacreditando la idea de perseguir la verdad o la bondad. Esta risa atmosférica lo invade todo, es agradable, como cualquier droga, pero también es peligrosa.