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Santimamiñe, un santuario de arte rupestre universal

La cueva de Santimamiñe en Bizkaia, santuario de la Prehistoria y Patrimonio Mundial, conserva restos de asentamientos humanos de hace más de 14.000 años y está considerada como una de las cavernas más importantes de Bizkaia. Ciento diez años después de su casual descubrimiento permanece férreamente protegida

Santimamiñe, un santuario de arte rupestre universalB.E.O.

El monte Ereñozar, con su típica forma cónica y la ermita de San Miguel en la cumbre, preside uno de los paraísos más singulares de la geografía vasca: Urdaibai, Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Domina el barrio de Basondo, municipio de Kortezubi, a cinco kilómetros de Gernika. Hace poco más de un siglo, un grupo de niños que habitaban en los caseríos próximos tenía la costumbre de jugar en una zona densa de vegetación, abundante en encinas y madroños, situada en la ladera sur-sudeste del monte.

La majestuosidad del monte Ereñozar.

Uno de los atractivos que tenían aquellas correrías era el riesgo de un inesperado encuentro con mamíferos depredadores, corzos y jabalíes, a los que había que lidiar. La aventura adquirió nuevo interés cuando descubrieron la entrada a una cueva. Con abrumadoras dosis de ingenuidad y expectación se introdujeron en el interior. Cada día fueron avanzando un poco más. Lo hacían reptando y a la luz de un candil. Así llegaron al sancta santorum de la caverna donde pudieron apreciar curiosas pinturas que más tarde comentarían en sus casas sin más trascendencia.

El rumor del descubrimiento de la cueva y su contenido no hubiera pasado de ahí de no haber llegado a oídos del compositor Jesús Guridi que acababa de estrenar en Madrid Mirentxu y preparaba el estreno de Una aventura de Don Quijote, previo a Amaya, su obra cumbre que precisamente ambientó en la prehistoria vasca. Posiblemente, el compositor se encontraba aquel verano en el inmediato balneario de Kortezubi, relajándose con sus milagrosas aguas. Ya en Bilbao, Guridi dio parte a la Diputación de Bizkaia del hallazgo de los niños y al punto se procedió a la investigación.

Escaleras hacia la entrada de la cueva.

Manos a la obra

Santimamiñe fue explorada entre los años 1918 y 1925 por tres eminentes antropólogos: Telesforo de Aranzadi, primo carnal de Miguel de Unamuno; el profesor alavés Enrique Eguren y el prohombre de la cultura vasca José Miguel de Barandiaran. Fue el primer yacimiento en cueva estudiado en el País Vasco. Los tres investigadores fueron abriéndose paso poco a poco en el interior para descubrir no sólo las pinturas vistas por los niños, sino el mejor conjunto de arte rupestre paleolítico de Bizkaia.

La cueva conservaba restos de asentamientos humanos de hace más de 14.000 años y albergaba un centenar de pinturas y grabados que representaban bisontes, caballos, cabras, un ciervo, un oso…

El dibujo del oso.

“Aquí vivió el homo sapiens, me dice la guía Ainara Bollar, lo que equivale a decir que los habitantes de esta cueva pensaban y sabían distribuir el espacio interior para sus quehaceres. Era su habitáculo, su refugio, donde se protegían del mal tiempo y de las fieras. Aquellos cazadores-recolectores magdalenienses practicaron una economía basada en el aprovechamiento integral de los recursos salvajes que ofrecía el territorio. La caza de ciervos y cabras se complementaba con la pesca, esencialmente de salmónidos, para lo cual se generalizaron los arpones de una o dos hileras de dientes, confeccionados sobre asta de ciervo”.

José Miguel de Barandiaran, en su casa de Sara.

Barandiarán dixit

También era lugar de enterramiento de sus moradores. En cierta ocasión, hablando de este trabajo con José Miguel de Barandiaran, me comentó: “Los enterramientos de aquellas épocas variaban mucho según cómo y cuándo se realizaban, porque la prehistoria es larguísima, de modo que hay muchas diferencias entre una etapa y otra. Dependía de los ritos para que en unos lugares colocaran a sus muertos en las cavernas, pero en la superficie. Allí quedaban. La cueva misma la consideraban como una sepultura y allí, en un departamento un poco alejado de la entrada, dejaban los restos”.

No quiero dejar a un lado el pensamiento filosófico de aquel gran hombre que me ha quedado profundamente grabado: “¡Qué lejos queda la realidad mirando a través de los datos, de los documentos, de la Historia…! ¡Qué lejos! Si no vivimos la vida pasada no la conoceremos nunca. Y como no podemos vivirla ahora pues eso, no la conoceremos nunca. Es inútil pensar que vayamos a entenderla bien. Sabemos poco, más o menos, entre penumbras y cosas así”.

Entrada a la cueva.

Curiosidad vigilada

La visita a Santimamiñe está hoy controlada y se lleva a cabo en pequeños grupos bajo la experta mirada de un guía que proporciona la información correspondiente en un lenguaje perfectamente comprensivo para quienes no estamos muy al corriente de lo que pasó de diez mil años para atrás. “Sólo enseñamos al público los sesenta primeros metros de la cueva. El resto lo veremos a la salida, en un programa virtual en 3-D. Esta medida se tomó tras la variación de temperatura que se ha experimentado en el interior y que afecta directamente a las pinturas rupestres”, comenta Ainara mientras emprendemos la ascensión por unas 360 cómodas escaleras, pero que están pidiendo a gritos una barandilla, como la que existe al final de las mismas.

Hace 12.000 años, dentro de unas condiciones climáticas frías y secas, Urdaibai mostraba un paisaje de tipo estepario, con predominio de una vegetación compuesta por hierbas y arbustos. Los árboles, principalmente pinos, abedules y enebros, ocupaban únicamente un 2% de la superficie. El nivel del mar se situaba aproximadamente a 60 metros por debajo del nivel presente, emplazándose la línea de costa a una media de 3-4 kilómetros al norte de la actual. En este contexto, Ereinozar tuvo que ser un monte rocoso abierto, con una mínima extensión cubierta por árboles, por lo que la cueva de Santimamiñe sería, con toda probabilidad, un enclave de fácil reconocimiento desde el valle.

El montículo existente al final de las escaleras está formado por la tierra que los arqueólogos extrajeron del interior de la cueva. Para que no quedara duda de cómo estaba el acceso a la misma en un principio marcaron el nivel de cobertura con una raya negra que aún se puede ver a la entrada.

Interior de la cueva.

El santuario

El interior de la caverna está iluminado y el pasillo habilitado no ofrece dificultad alguna. El pórtico, más que una obra de la Naturaleza, parece ser hecho por el hombre, porque además de que sus paredes se encuentran cubiertas de columnas de mil formas, del techo se desprenden estalactitas a manera de lámparas, racimos, pirámides, y otros graciosos caprichos formados por la continua filtración de las aguas a través de terreno calcáreo.

La primera sorpresa la encontramos a mano derecha, sobre un alto, en la que se conserva una gran masa arcillosa con muy evidente presencia de conchas de moluscos que otrora sirvieron de alimento a las familias habitantes.

Grupo espeleológico trabajando en Santimamiñe en 1920.

“Esta cueva fue meta de muchísimas excursiones en las que participaron grupos de estudiantes y curiosos que la recorrían sin control alguno, sin que nadie les dijera que las pinturas, realizadas con tizón, se borraban si repetidamente se tocaban, como así ha ocurrido. Otro tanto ha ocurrido con algunas estalactitas que han desaparecido. Al final de la cueva existía un lugar en el que se estaba creando una estalagmita con forma de huevo frito. Llegó a ser tan popular que los integrantes de los grupos no dejaban de pasar la mano por la figura como si de un relicario se tratara. Hoy ya no existe el huevo frito”, lamenta Ainara.

Hace 12.000 años, los ocupantes de Santimamiñe se distribuían el trabajo de cocina: cuando tras una jornada de pesca los pescadores llegaban a la cueva con sus capturas o los cazadores daban cuenta de sus piezas, las mujeres procesaban las piezas para el consumo en grupo. Los había que preparaban el asado sobre un fuego delimitado por una estructura circular de piedras calizas y otros que trabajaban las pieles, sus futuros abrigos, u obtenían colorantes para sus dibujos.

Detalle de San Mamés en su ermita.

La ermita de San Mamés

La ermita de Santimamiñe, situada al pie de la cueva, data del año 1525. Se levanta sobre los cimientos de otra del 1000 que, a su vez, se construyó sobre un asentamiento romano del siglo I y II d. de C. Los sucesivos oratorios estaban rodeados de necrópolis medievales de inhumación, lo que testimonia la pervivencia del carácter sagrado del lugar a través de los tiempos.

La ermita está presidida por la imagen de un San Mamés, sin el clásico león a un lado como se le representa en otros lugares, pero sí con una palma que le confiere la distinción de mártir. Le flanquean San Antonio Abad y la Virgen con el Niño. Llaman la atención en el dintel y el peldaño de la puerta de acceso los fragmentos de estelas funerarias decoradas con dibujos geométricos y símbolos solares, procedentes con toda probabilidad de la necrópolis que debió existir en las cercanías.

En un principio se creyó que la cueva de Santimamiñe atravesaba el monte Ereñozar, con entrada por Kortezubi y salida a la orilla del Cantábrico, a la altura de Ogoño, pero no se ha encontrado esa vía. Claro que nunca se puede decir la última palabra en este tipo de investigaciones, porque éstas continúan y en cualquier momento nos pueden dar una sorpresa.