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¿Fin de la mafia?

Este será el día en el que descubrimos que unos pocos mandan mucho en algo que es de todos. Se llama espacio aéreo y sólo pronunciarlo remite a algo tan universal que uno se sorprende de que un grupo restringido y privilegiado de trabajadores puedan cercarlo a su antojo y por sorpresa.

No. Ahora no es el momento de echar la culpa a Zapatero. Es el día en el que definitivamente me he vuelto liberal, si eso significa acabar con unas cuantas mafias que son una cruel herencia de los sindicatos verticales franquistas. Al Gobierno español se le podrá acusar de improvisar una medida sin calcular sus efectos, pero la razón por la que hoy me he quedado en tierra tiene como responsables a unos señoritos que dicen estar estresados, cobran 200.000 euros anuales, se saben poderosos y deciden que lo mejor es tomarse el puente festivo para que los demás no lo hagamos.

No hay mal que por bien no venga. Si por mí fuera, estos huelguistas de paddle y zapatos de golf iban a durar lo que tarda el Gobierno en privatizar el servicio. Si me apuran ganaremos en seguridad y nos costará menos. Está bastante claro: cuando hay libre competencia, ¡qué casualidad!, hay empleados más competentes. Valga y subráyese la redundancia.

Hay un mal endémico que quizás termine por reventar esta noche en la que ya no viajo. Todavía hay funcionarios que no se han enterado de que fuera está granizando mientras ellos viven en la playa del eterno verano, la jornada continua reducida por las bajas y aumentada por los altos sueldos, los cotos de caza privados en los que se permite disparar a los que les pagamos. Su error puede ser nuestra bendición. Hoy los aeropuertos, mañana los puertos, pasado la Renfe... suma y sigue. Fin de las mafias.