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Una iniciativa para superar una cultura de desigualdad con bodas forzadas desde los 13 años

dos mujeres guatemaltecas explican en navarra su lucha para formarse y participar en órganos políticos de decisión

pamplona. La familia de Delfina Miguel se exilió en México en los años 80 durante el conflicto armado interno que masacró a las comunidades indígenas guatemaltecas, allí permaneció durante 14 años. "Cuando volvimos a nuestro país, lo hicimos organizadas y cambiadas en pensamiento. Comenzamos a trabajar en Fray Bartolomé de las Casas para mejorar la situación", recuerda. A los 12 años, Delfina ya era alfabetizadora de mujeres. Tras años de trabajo en equipos de capacitación, ahora forma parte de la junta directiva de la asociación de mujeres Adelina Caal Maquin. "Mi caso no es como el de otras compañeras, a las que sus esposos no les dejan asistir a reuniones. Yo estaba en la asociación cuando conocí al mío, que me valoraba como mujer, aunque si no me hubiera involucrado en esta labor mi historia hubiera sido como la del resto de mujeres, que se casan jóvenes o las maltratan", asegura.

Las mujeres de Fray Bartolomé contraen matrimonio normalmente a los 13 o 14 años y antes de los 17, ya tienen dos o tres niños. "Los padres deciden con quienes se casan sus hijas, y hacen el trato con la familia del chico, al que ellas no suelen conocer. Si a la chica le gusta o no le gusta su novio da igual. Nadie le pregunta y no puede negarse. Le amenazan, le presionan...", explica. Delfina se casó a los 21 años, un desafío para la costumbre. "A los 25 años eres una vieja, una solterona...". No solo en esto es renovadora. "Yo siempre tuve claro que no dejaría que mi marido me maltratara, pero cuando fui a casa de mis suegros vi que ellos se levantaban la mano. Medio en broma medio en serio, le dije a mi marido que me daba miedo que hiciera lo mismo que su padre. "¿Cómo vas a creer eso? Nunca te pegaré. Yo he sufrido mucho y nunca querré lo mismo para mis hijos", me dijo. Me contó que su madre le pegaba a él y a sus hermanos cuando su padre lo hacía con ella, de hecho mi marido tiene cicatrices. Cuando su padre dejaba a su madre medio muerta, ellos se escondían en un cafetal. Ahora le digo a mi suegra que no aguante".

Rosalina Cortez se casó a los 15 años. Ahora tiene 38 y siete hijos, de entre 8 y 21 años. El suyo es un caso de esforzada transformación personal. "Crecí en medio de la guerra, hasta los 10 años no aprendí a hablar español y hasta los 16 no participé en una reunión de mi comunidad. Mi esposo no me dejaba ir, decía que era para hombres", explica. Ahora Rosalina, que recibió formación en la ACM, no sólo participa en reuniones sino que tiene un cargo en el Consejo Comunitario, la autoridad local. "Empecé a estudiar Educación Básica (Secundaria) a los 26 años y a los 29 me saqué un título de auxiliar de Enfermería por mi ocupación profesional, comadrona. Me siento feliz. No tuve oportunidad de estudiar y casi no podía hablar en público. Ahora lo hago y animo a las mujeres y a mis hijas a participar".