Agraciados, el arte de saber disfrutar del Gordo
La Lotería dejó en Leitza y Betelu más de 10.000 millones de pesetas en 1998. Doce años después sigue siendo una cifra récord en Navarra. Agraciados de ambas localidades explican el impacto del premio en su vida y cómo gastaron el dinero, la mayoría en casas, coches y algún capricho
"fue una locura. El año siguiente a que nos tocara el Gordo se vendió un número completo en la carnicería, luego la venta ha ido bajando, aunque las probabilidades de que caiga de nuevo son las mismas. Todos los números están en el bombo". José Antonio Urkiola no pierde la esperanza de que la Lotería de Navidad vuelva a bendecir el pueblo con una lluvia de millones similar a que la hace 12 años cambió la cara de Leitza y Betelu. Aquellas Navidades una vecina fue la mensajera de la buena nueva. "Me llamó por teléfono para decirme que nos había caído el primer premio y en cuanto colgué me asusté. Tuve miedo de no haber hecho las cosas bien, de hecho me costó un poco encontrar una de las matrices del talonario de participaciones, al final estaba en un cajón y respiré". El temor de José Antonio estaba justificado había repartido décimos y participaciones del 21.856 por valor de 5.040 millones de pesetas, cantidad algo superior a los 4.950 millones que convirtieron también en millonarios a varios vecinos de Betelu. El número, que premió con 30 millones a cada décimo, salió de la administración de Villabona (Guipúzcoa), donde José Antonio sigue encargando la Lotería de Navidad año tras año. "El número que mandan", dice sin sombra de superstición.
¿cómo actuar? Los casi 10.000 millones de pesetas del Gordo de aquel año, unos 60 millones de euros, supusieron un fuerte impacto en la vida de los afortunados, pero ¿cuál fue el destino del dinero? "Las personas que eran cuidadosas han sabido administrarlo y las derrochadoras, pues eso... lo han dilapidado", resume con sentido común José Antonio mientras atiende a la clientela. El carnicero nunca ha colgado su mandarra. "El dinero nos dio un empujón fuerte, pero no me planteé dejar de trabajar. Antes de tocarme la lotería y después también siempre digo que prefiero perder un millón a que toquen 500 porque no tendría capacidad de administrarlos y puede que no supiera educar a mis hijos", asegura. Con una humildad compartida por el resto de vecinos que desfilan por estas páginas, recuerda que dio a su dinero el mismo destino que la mayoría de agraciados. "Los que tenían un piso, se hicieron una casita o reformaron la que tenían, los coches mejoraron, otros repartieron con la familia y los que pudieron reservaron una parte por si acaso". Pero también hubo lugar para caprichos, sueños que suelen acompañar a la compra de lotería y que en su caso tomaron forma de viaje. "Fuimos a EEUU, Tailandia, Indonesia, Costa Rica, México", rememora.
Uno de sus clientes, el carpintero Juan Zabaleta descarta que un premio así permita retirarse "aunque es una ayuda grande para llevar la vida adelante". En su caso, el dinero, correspondiente a un décimo "más o menos", se destinó a pagar alguna pequeña deuda y a regalos para sus tres hijos. "Conservamos un poquito para invertirlo, y suele dar frutos, aunque en general se puede decir que en 12 años ese dinero vuela porque no eran cantidades grandes y entonces la vida era cara, cualquier piso valía muchísimo". Zabaleta asegura que también hubo vecinos que dilapidaron el premio. "Incluso lo gastaron en tragaperras y juergas, pero fue su forma de disfrutar el dinero. Otros lo guardaron y lo tendrán intacto y gozarán mirándolo. Cada uno tiene su forma de actuar y con su dinero hace lo que quiere", reflexiona. El carpintero, de 66 años, sigue tentando a la fortuna. "Gasto unos 300 euros de lotería en estas fechas y alguna vez me ha vuelto a tocar, pero poco".
José Luis Erviti, de 78 años, ya estaba jubilado cuando le cayó el Gordo. "Llevaba una participación y cobré 10 millones de pesetas. Hice obras en casa y en eso se fue casi todo, pero hemos vivido con más tranquilidad. Cuando andas justico y te toca la Lotería vives mejor. Hay que aprovechar la vida", aconseja con sabiduría. Erviti es consciente de que el premio mejoró el pueblo "en todos los sentidos". "Un vecino ya fallecido decía: "Que no toque jamás la Lotería en Leitza porque el ruido de los martillos no termina nunca", comenta entre risas. Este afable jubilado sigue jugando a la Lotería. "Si me tocara no se qué haría, no tengo hijos y todos mis caprichos ya los cumplo, pero que toque no es problema: "por mucho trigo nunca es mal año". Lo que me gusta es cazar y con lo que me cayó la otra vez me compré la mejor escopeta. Ya tengo cuatro repetidoras. Lo que falta es caza porque hay mucho furtivo".
alegría y pena Paula Estremera combina los buenos recuerdos con un pequeño atisbo de melancolía. "Nos tocaron 10 millones y con ellos compramos un coche que todavía tenemos y metimos un poco de dinero en un piso, además de echar una mano a nuestros dos hijos, aunque tengo una pena... Ese año compré lotería en varios sitios para una hermana que acaba de quedarse viuda, pero en la carnicería Urkiola no lo hice y ella tampoco, ambas por cabezonería, así que cuando tocó lo sentí muchísimo porque le podía haber resuelto la vida", lamenta.
Jone Arrarás, que ahora trabaja en la estación de servicio de Pagozelai, regentaba una taberna en Leitza aquellas históricas Navidades. "No está olvidado, pero han pasado ya muchos años. Me compré un cochecito y otro a mis padres y ayudé a mis hermanos, sobre todo con las hipotecas de un pabellón de bebidas construido en Areso. Hay que pensar en emplear el dinero de forma que sirva para el futuro", sostiene mientras su madre, Teresa Perurena asiente y añade: "Fue un alegría. ¡A ver si esta año se repite!".
También Paco Calderón, de 50 años, decidió que la lotería iba a apuntalar su negocio, Talleres Guria. "Tenía un décimo compartido con tres familiares, así que me tocaron 10 millones, que me vinieron muy bien porque ya me había metido en este taller y habíamos realizado inversiones un poco fuertes, así que el dinero sirvió para el primer arranque. Otra parte la invertí. Caprichos no me di, pero salí del hoyo. Mi mujer sigue comprando lotería y si me tocara ahora me dedicaría a viajar". Como profesional del motor, Calderón destaca que el Gordo renovó el parque automovilístico de Leitza. "No es que todo el mundo se comprara cochazos, pero el que tenía un vehículo viejo lo cambió por uno nuevo. Se veían algunos BMW y Mercedes, pero la mayoría se conformó con mejorar un poco el que tenía", resume.
Koldo Estanga, de 34 años y empleado en Pagozelai, tenía sólo 22 años cuando los bombos de la Lotería le hicieron millonario. Era cliente habitual y posteriormente empleado del bar-restaurante Betelu, donde se vendió el Gordo. "No me dio para dejar de trabajar porque era joven pero lo invertí todo, 30 millones, y lo hice bien", declara satisfecho. Me queda el recuerdo y el dinero".
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