J.V.- Si dividiéramos el mundo entre pacientes e impacientes, no sé por qué me da que serían mucho más numerosos los segundos, los que lo quieren todo para ayer.

I.Q.- Como decías en tu columna un día de esta semana, si fuese gallego te contestaría "depende". Esto de la paciencia y la impaciencia es una línea que se cruza constantemente. No tienes más que ir a un banco, esperar en la cola y observar. Verás que hay siempre alguien que mira constantemente el reloj, resopla y murmura improperios contra el jubilado que, con las dificultades propias de la pérdida de agilidad que conlleva el cumplir años, tarda en resolver sus operaciones. Sin embargo, cuando llega su turno se entretiene sin ninguna prisa, y pregunta a quien le atiende por todos sus parientes y amigos. En mi modesta opinión, paciencia e impaciencia se reparten al 50% según en qué lado de la mesa estás: la de los que esperan o la de los que hacen esperar.

J.V.- No es por buscar excusas, pero esta sociedad en la que se impone la prisa no ayuda mucho a ser paciente.

I.Q.- No. Este modelo de sociedad, tan inhumano, tan "amablemente" despiadada, no nos ayuda a ser pacientes, ni agradables. Caminamos a todo correr hacia un futuro en el que nos olvidaremos hasta de comer por cumplir con las obligaciones que se nos van a poner. Esto conduce a uno de nuestros temas estrella, el estrés, que acabará dañándonos a muchos.

J.V.- Si fuéramos capaces de racionalizar, nos daríamos cuenta de que cada cosa requiere un tiempo y no podemos hacer nada por acelerar el proceso. Pero pasar de la teoría a la práctica no es tan sencillo.

I.Q.- Así es, no es sencillo, pero en la lucha está el atractivo y, sin ella la vida, al menos en mi opinión, es menos vida. Debemos hacer el ejercicio de parar cinco minutos cuando nos parece que no tenemos tiempo ni para llevar aire hasta nuestros pulmones. Así comprobaremos que casi nunca pasa nada por sosegarnos y aliarnos con la marcha del reloj que, como dije la semana pasada, es implacable a sesenta segundos el minuto y a sesenta minutos la hora, aquí y en Copacabana.

J.V.- ¿Depende de la edad? Yo estaba convencido de ello, hasta que he ido cumpliendo años...

I.Q.- Pues debería de ser así, no sé a qué te refieres en tu caso. El tiempo, paradójicamente es cierto, pasa más deprisa cuando mejor dotados estamos para esperar. Hay una parte del tiempo que discurre de forma inadvertida, la que va unida a nuestras actividades, y otra que es plenamente consciente y voluntaria, que es la que va unida a nuestras decisiones. Decidimos con más calma de mayores porque ahí la espera es voluntaria, pero el tiempo pasa más deprisa normalmente en esta etapa de la vida porque acumulamos actividades que nos ocupan muchas horas.

J.V.- ¿Estamos a tiempo a cualquier edad de aprender el arte de la paciencia? ¿Por dónde deberíamos empezar?

I.Q.- Por supuesto. Cualquier momento es bueno para aprender esto y cualquier cosa. Deberíamos empezar por aprender a perder el tiempo un poco, vaciando nuestra cabeza de actividades y obligaciones y siendo capaces de sentarnos ante esas obligaciones sin ocuparnos de ellas. A veces suelo hacer ese ejercicio: me llevo trabajo a mi casa, lo pongo en un sitio visible, me prohíbo tocarlo y lo cumplo (a veces con verdadero esfuerzo). El placer es indescriptible (hasta le suelo sacar la lengua a los papeles de vez en cuando).

J.V.- Con los niños, parece misión imposible.

I.Q.- Sí. Esa es una verdad rotunda e intentarlo, un ejercicio impagable de contacto con la realidad.

J.V.- Hay quien dice, incluso, que es posible darle la vuelta a la situación y convertir la espera en algo agradable y placentero. Me cuesta tanto creerlo...

I.Q.- Sí, yo pienso que sí se puede. Yo, por lo menos, puedo conseguirlo en ocasiones. El ser humano es capaz de conseguir lo que se propone en lo que a los retos personales se refiere y esa es una experiencia que cuesta desarrollar pero que, una vez aprendida, es muy agradable porque te pone a ti controlando el reloj, en lugar de lo contrario, que es lo más habitual en estos casos. Se consigue como todo, intentándolo. Una vez que te sale es como meter el balón en la cesta que decía la semana pasada.

J.V.- De todas maneras, la impaciencia no es igual según qué se esté esperando. Cambian las cosas si se aguarda que lleguen las diez para estar con el amor de tu vida que si estamos pendientes del resultado de unas pruebas médicas.

I.Q.- De nuevo "depende", porque el resultado de las pruebas médicas puede ser más que el amor de tu vida y la espera se hace más llevadera si te lo planteas de esa manera. Aprovecho para recordar que la secuencia que conduce nuestra vida es la de pensamiento-emoción-conducta. Según cómo pensamos, sentimos y actuamos.

J.V.- ¿Cómo podemos acompañar (o entretener) a una persona que está en una de esas esperas tensas y nada agradables?

I.Q.- Transmitiéndole nuestro afecto y nuestro sufrimiento por su tensión. Las sesiones de comentarios jocosos para dar ánimos no suelen ser bien recibidas. Más vale un silencio sereno y respetuoso acompañado de un abrazo para dar mucho apoyo a alguien que se consume en una espera. No hay nada como el amor para alegrar a las personas y ejercitarlo en cualquier ocasión, incluida la que comentas, es altamente recomendable porque siempre nos hace mejores.

J.V.- En ocasiones, la impaciencia conduce a la agresividad. Eso sí que hay que evitarlo a toda costa.

I.Q.- Sí, pero aquí digo una de tus frases favoritas, que el que esté libre de esa culpa que lance la primera piedra. No conozco a nadie a quien no le haya pasado esto muchas veces en la vida. No debemos olvidar que somos personas adorablemente imperfectas. La perfección no existe. Lo aconsejable es la búsqueda de la mejora permanente. No obstante, lo que tú dices me parece acertado, hay que trabajar por evitar comportarse de forma agresiva y cuando no lo conseguimos, andar de nuevo el camino del reconocimiento del error y la búsqueda del perdón.