En 2014, Amazon desarrolló una Inteligencia Artificial para automatizar la lectura de currículum y agilizar el proceso de selección. Sin embargo, el equipo se dio cuenta de que el algoritmo no trataba por igual a hombres y a mujeres. En concreto, bajaba la puntuación de aquellos documentos que contenían la palabra woman y degradaba a candidatas que se habían formado en centros exclusivos de mujeres, “no porque la IA fuera misógina por elección propia, sino porque aprendía de datos históricos dominados por hombres”. Y ese debate incómodo es el que Yoana Uria utilizó en sus redes sociales para reflexionar sobre los espacios que albergan las mujeres.

¿Es la IA machista o es, más bien, un espejo de la sociedad actual y, quizá, de las corrientes a las que las mujeres se llevan enfrentando años?

La IA es un robot que no puede pensar por sí solo, sino que se aprovecha de los datos que hay en internet. Si, históricamente, esos datos se han escrito bajo modelos patriarcales, la IA no va a hacer más que coger esos datos y darlos porque es incapaz de pensar por sí misma. También hay que tener en cuenta que el sector de los oligarcas de las redes sociales suelen ser hombres con ideas retrógradas.

Las nuevas tecnologías no se lo están poniendo nada fácil a la mujer, ¿cómo afecta al crear contenido?

Somos las eternas marginadas, aunque en redes sociales estamos dejando de serlo. Internet es lo más democrático que hay porque todo el mundo puede entrar y decir lo que quiera, dentro de lo malo y lo bueno, casi sin repercusión. Y el 65% de los creadores de contenido son mujeres, frente a un 34% de hombres. Son muchos los contenidos reivindicativos y revolucionarios, pero hacen mucho más ruido –por cómo funcionan los algoritmos y las redes– otro tipo de cuentas. Por ejemplo, los contenidos de tradwife tienen muchas reacciones, pero ¿hasta qué punto está creando una buena comunidad? En cambio, quienes crean para reaccionar a la ola ultraderechista hacen una comunidad más crítica con gente que realmente desarrolla su pensamiento.

¿Diría que se está premiando la feminidad amable y poco conflictiva frente a otras estéticas más incómodas?

Se está premiando un feminismo amable, aunque hay que hacer distinciones. El algoritmo premia el contenido amable porque genera más reacción. Yo misma interactúo con cuentas que me generan rabia, pese a saber que eso les va a dar más visibilidad en redes. Pero hay que diferenciar entre lo que premia el algoritmo y lo que te ofrecen las redes, que es crear comunidad, dialogar con gente e informar sobre aquello que te importa.

También se está volviendo a perfilar una imagen muy similar a la que se veía en los años 50 con las con las tradwives...

Me parece que es una reacción al auge del movimiento feminista en 2018, pero también creo que la ultraderecha tiene muy buen marketing. Están consiguiendo que todas hablemos de ellos y hacen mucho ruido. Las modas conservadoras que se están imponiendo van de la mano de la nueva ola del conservadurismo. ¿Por qué estamos volviendo a 2016 y no a 2018? Porque no interesa. Era cuando más fuerte estaba el feminismo.

Más allá de esta tendencia, también aparece el clean look, colores neutros, el minimalismo... Parece que hay una pedagogía silenciosa que le dice a las mujeres que cuanto menos ruido hagan, mejor.

No deberíamos hacer caso –otra vez– a cómo se nos dice que tenemos que vestir o qué tenemos que hacer. Nos quieren mantener más calladas, sumisas y neutras, pero creo que sobre todo es que nos quieren tener obnubiladas con la estética perfecta para que no nos usemos y pensemos en quemarlo todo. Quieren que estemos ocupadas para que no hagamos lo que realmente tenemos que hacer.

También está volviendo a ser moda la delgadez extrema, ¿diría que se está pretendiendo que las mujeres ocupen cada vez menos espacios?

Si estamos volviendo a 2016, también regresamos a la moda de los skinny jeans, de ir ajustadas, y eso solo le queda bien a las que están delgadas. Lo que es grave es que haya gente tomando medicamentos para la diabetes como Ozempic con la intención de adelgazar. Estamos volviendo a unos valores retrógrados con un canon estético que premia la delgadez. De nuevo, es tenernos entretenidas y calladas para que no hablemos de los feminicidios o los problemas de la vivienda, porque es más fácil controlar y gobernar.

¿Es casualidad que lo femenino en tendencia sea monocromo, suave o contenido mientras el éxito masculino digital puede permitirse ser expansivo y ruidoso?

El problema es que ellos hacen mucho ruido porque también muchas –de la rabia– contestamos y les damos visibilidad por el algoritmo. Pero tenemos que dejarles en el olvido de internet. Que se vean ellos y nos dejen tranquilas con sus ideas terraplanistas. En su lugar, reaccionemos de manera positiva a las cosas que hacen ellas, que contribuyen al feminismo y al pensamiento crítico.

¿De qué manera podemos resistir a estas tendencias?

Contrastando ideas. Cuando éramos pequeñas, teníamos un acceso mucho más limitado a internet, pero hay que crecer, interesarse y ver cómo funcionan las cosas. Hay que seguir cuentas que contrastan la información.

Por otro lado, el porcentaje de jóvenes que se consideran feministas ha caído 12 puntos en cinco años, de un 49,9% a un 38,4%. ¿Cómo interpreta este retroceso del feminismo entre jóvenes?

Según el estudio del Consejo de la Juventud de España, 7 de cada 10 jóvenes respaldan los principios básicos de igualdad. No es que no sean feministas, sino que no tienen un discurso todavía formado. Si nos educaran en el feminismo desde pequeñas, podrían decir que son feministas, pero si es ahora cuando aprenden qué es la igualdad, entiendo que tengan los conceptos desdibujados y que no sepan definir. Con todo, ha habido un descenso. Las actitudes en las manifestaciones son menos reactivas porque estamos agotadas. Hubo un auge en 2018, pero llegó la extrema derecha que nos quiso hacer pequeñas y pensar en cosas que no deberíamos pensar. Y las redes sociales amplifican el agotamiento. Quizá no dejemos de estar así, pero es un trabajo constante. También estamos cada vez más divididas. Y deberíamos ir a una contra aquello que nos está oprimiendo.