Durante años, el proceso era (y es) reconocible: una idea, un boceto, horas frente a la pantalla y una secuencia de decisiones que terminaban dando forma a una imagen. Un trabajo lleno de horas cuyo resultado hoy, por ejemplo, puede aparecer en cuestión de segundos. Basta una instrucción escrita lo más detallada posible -un prompt- para que la inteligencia artificial genere composiciones visuales con un nivel de detalle y realismo impensable hace apenas unos años. El ‘truco’, lo que hace diferente al resultado de un trabajo realizado con la inteligencia artificial de otro, tiene que ver con lo detallada que sea esa indicación. La pregunta ya no es si la tecnología ha llegado, sino qué hace con quienes llevaban tiempo habitando ese terreno: los diseñadores gráficos. ¿Acabará con su trabajo? ¿Son compatibles?
La última evolución de las herramientas de generación de imágenes ha acelerado un cambio que ya estaba en marcha. La capacidad de interpretar lenguaje natural, traducirlo en conceptos visuales y producir imágenes coherentes ha dejado de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en una herramienta cotidiana. No se trata solo de rapidez; es una transformación en la forma de trabajar. El proceso creativo se desplaza, se reconfigura, y con él, el rol de quien diseña. OpenAI ha presentado una actualización importante en la generación de imágenes dentro de Chat GPT. Se trata de una nueva versión que mejora la capacidad del modelo para crear imágenes más detalladas, coherentes y alineadas con lo que está pidiendo el usuario. Según la compañía, el cambio no solo está en la calidad visual, sino que ahora el sistema puede manejar mucho mejor las escenas complejas, múltiples elementos y relaciones entre objetos. Esto permitirá generar resultados más precisos con una sola instrucción.
La IA en el día a día del diseñador y una fuente de ideas
“A mí me parece una buena herramienta porque te agiliza un montón de procesos”
En ese nuevo escenario, la experiencia en el día a día de los profesionales empieza a marcar el pulso real del cambio. El diseñador gráfico Javier Sesma lo resume como una incorporación progresiva más que como una ruptura: “A mí me parece una buena herramienta porque te agiliza un montón de procesos”. En su caso, la utiliza sobre todo en “tareas de organización, esquematización o resolución de dudas técnicas, pero también como apoyo administrativo”. Es, en definitiva, una herramienta que reduce tiempos en fases que hasta ahora no eran visibles, pero sí necesarias.
Sin embargo, donde más impacto reconoce es en el terreno creativo. “Muchas veces estás en un proceso creativo atascado”, explica. Frente a ese bloqueo, la inteligencia artificial actúa como un detonante de ideas: “No para que lo haga ella, sino para que a mí me surja una bombilla en la cabeza”. En proyectos como el desarrollo de una identidad de marca, la IA funciona como un interlocutor que sugiere caminos posibles, aunque el resultado final siga dependiendo del criterio humano.
Un oficio en redefinición
Sin embargo, reducir el debate a una sustitución sería simplificarlo en exceso. El diseñador no desaparece, pero sí se ve obligado a redefinirse. Durante décadas, su valor residía en la ejecución técnica y la capacidad de materializar ideas. Ahora, esa ejecución puede delegarse en parte a la máquina. Lo que permanece —y adquiere más peso— es el criterio: saber qué pedir, cómo pedirlo y, sobre todo, qué elegir entre las múltiples opciones que la inteligencia artificial devuelve.
La profesión se mueve así hacia una lógica más cercana a la dirección creativa que a la producción pura. El diseñador pasa a ser un intermediario entre la intención y el resultado, alguien que interpreta contextos, ajusta matices y toma decisiones que la herramienta, por sí sola, no puede asumir. Porque la inteligencia artificial genera imágenes, pero no comprende del todo el significado cultural, la identidad de marca o la intención comunicativa que hay detrás de cada encargo.
Oportunidades y riesgos del nuevo escenario: una herramienta al alcance de todos
En paralelo, se abre un escenario de oportunidades y riesgos. Por un lado, la democratización del diseño permite que pequeños creadores o empresas accedan a recursos visuales sin necesidad de grandes inversiones. Por otro, esa misma accesibilidad contribuye a una saturación de imágenes y a una posible devaluación del trabajo profesional. Cuando todo puede generarse rápido, el valor ya no está en producir, sino en diferenciar.
Sesma apunta directamente a esa doble cara. “Para mí tiene más ventajas que desventajas”, afirma, aunque reconoce un problema evidente: “Está al alcance de todo el mundo”. La facilidad de uso —“es intuitivo, le puedes hablar normal”— permite que cualquier usuario obtenga resultados funcionales sin formación previa. Ahí surge una nueva presión para el sector: la competencia ya no es solo profesional, sino también amateur.
¿Nueva competencia en el sector creativo?
También emerge una nueva competencia: no solo entre profesionales, sino entre humanos y herramientas. El intrusismo, tradicionalmente vinculado a la falta de formación, adquiere ahora una dimensión tecnológica. Cualquier usuario puede generar una imagen funcional. Pero otra cosa es construir un lenguaje visual coherente, sostener una identidad o desarrollar una narrativa gráfica con sentido.
En ese punto, incluso las propias limitaciones de la tecnología marcan la diferencia. Aunque reconoce la mejora reciente en la generación de imágenes, Sesma insiste en que todavía hay distancia: “Si tú aumentas mucho una imagen, no se ve nítido… igual de repente una mano te añade un dedo que no tiene que añadirte”. Para él, el nivel de detalle y perfeccionismo sigue siendo terreno del diseñador: “La calidad top te la da una persona física, no la inteligencia artificial”.
El valor del trato humano
“Es una herramienta cojonuda y que va en nuestra contra, pero mucha gente todavía prefiere el trato humano”
La discusión, por tanto, deja de ser únicamente técnica para volverse también económica y relacional. “Es una herramienta cojonuda y que va en nuestra contra”, admite, en referencia a empresas que pueden optar por soluciones más baratas. Sin embargo, introduce un matiz clave: “Hay mucha gente que prefiere un trato humano, un trato cercano”. La capacidad de interpretar, acompañar y resolver problemas en tiempo real sigue siendo un valor diferencial difícil de replicar.
En ese punto, la discusión deja de ser técnica para volverse casi filosófica. ¿Qué significa diseñar en un contexto donde la ejecución ya no es exclusiva? La respuesta, todavía en construcción, apunta a una idea recurrente: diseñar no es solo hacer, sino decidir. Y en esa capacidad de decisión —en el filtro, en la intención, en la mirada— sigue residiendo la diferencia.
Un oficio que evoluciona, no desaparece
Lejos de cerrar una etapa, la inteligencia artificial parece haber abierto una nueva. No elimina el oficio, pero lo desplaza hacia terrenos menos visibles y, quizás, más complejos. En ese tránsito, el diseñador deja de ser únicamente quien produce imágenes para convertirse en quien les da sentido. Y en un entorno saturado de estímulos visuales, ese sentido puede ser, precisamente, lo más escaso.