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Lesbod, 10 años después, siguen los abusos contra la migración

La isla griega sigue siendo un lugar de represión y vulneración de la legalidad contra las personas migrantes

Lesbod, 10 años después, siguen los abusos contra la migraciónArchivo

Un grupo de niños salta a las cristinas aguas desde la plataforma de la playa de Tsamakia, en la isla griega de Lesbos. A pocos metros, las tumbonas están a rebosar. Turistas, mayoritariamente turcos, e isleños aprovechan los primeros días de calor junto a un mar en calma.

Frente a ellos, en el horizonte, se dibuja la costa turca. Cuesta asociar esta imagen de tranquilidad con las escenas que dieron la vuelta al mundo en 2015 cuando más de 800.000 personas llegaron a esta pequeña isla huyendo, principalmente de Siria, Afganistán e Irak. Las imágenes de familias desembarcando empapadas, niños envueltos en mantas térmicas y embarcaciones abarrotadas acercándose a la costa se convirtieron en el símbolo de una de las mayores crisis de acogida que ha vivido Europa en las últimas décadas. Aquella emergencia humanitaria marcó un antes y un después en las políticas fronterizas y de asilo de la Unión Europea.

El puerto de Mitilene, la capital de Lesbos, es pura vida. Las terrazas se llenan al caer la tarde, las motos sortean el tráfico a golpe de claxon y decenas de personas pasean frente al mar. Entre los barcos pesqueros descansan varias embarcaciones de los guardacostas griegos.

Devoluciones ilegales

Diez años después, la vida parece haber recuperado la normalidad. Pero es solo una apariencia. Las llegadas, aunque han disminuido de forma significativa, continúan y las consecuencias más duras de las políticas migratorias impulsadas por la Unión Europea siguen desarrollándose lejos de las cámaras. Unas políticas cuya aplicación en el mismo mar Egeo han situado a los guardacostas griegos en el centro de numerosas denuncias por devoluciones ilegales y graves vulneraciones de derechos humanos contra personas refugiadas y migrantes.

 Estas devoluciones, también conocidas como pushbacks, no son hechos aislados sino “el elemento central, sistemático y deliberado de la política migratoria griega y de la Unión Europea”, asegura el periodista afincado en Lesbos, Hibai Arbide, autor del libro Con el agua al cuello, en el que documenta este tipo de prácticas.

Una persona en bicicleta en el campo de refugiados de Mavrovouni.

“Los guardacostas, muchas veces acompañados de hombres encapuchados, una especie de cuerpo auxiliar paramilitar que todavía no sabemos quiénes son, rompen los motores de las embarcaciones, golpean a las personas y les roban sus pocas pertenencias. A veces les obligan a subir a lanchas salvavidas sin motor que son abandonadas a la deriva y que suelen ser rescatadas por Turquía”. Rescates que se realizan gracias a los acuerdos millonarios que tiene con la Unión Europea a cambio de retener a estas personas.

Arrancar los dientes de oro

El periodista vasco ha documentado casos de “huesos rotos durante las intervenciones de los guardacostas griegos, robos sistemáticos de objetos de valor tras desnudar y cachear de forma vejatoria a las víctimas, e incluso situaciones en las que les arrancaron los dientes de oro porque era lo único de valor que llevaban. Incluso amenazan a los padres con arrojar a sus hijos al mar”. Arbide recuerda a Mohamed Tohow, un somalí de 20 años conocido como Said, estudiante de Dirección de Empresas en Turquía. El joven, cansado de recibir junto a sus hermanos y su madre el rechazo a unos visados que les permitirían reencontrarse con su padre en Londres, decidió probar suerte en una lancha neumática ocupada por 44 personas de Somalia, Etiopía y Sudán. “Era una noche de mayo del 2023”, cuenta, “y tal y como relataron testigos, un foco iluminó la noche. Eran los guardacostas griegos. Los refugiados entraron en pánico y tres jóvenes saltaron al agua. Entre ellos Said, que no sabía nadar y pidió socorro.

Restos de llegadas en una cala al noreste de Lesbos. el periodista Hibai Arbide sujeta un chaleco de un niño de 3 años en una cala al noreste de Lesbos.

Foco al ahogado

Los guardacostas se limitaron a apuntarle con el foco mientras se ahogaba para que todo el mundo viera bien la escena”. El padre de Said, viajó desde Londres para buscar a su hijo por tierra, mar y aire hasta que reconoció su camiseta de la NBA y sus deportivas en el depósito de cadáveres de Lesbos. Arbide recuerda esta historia desde una remota cala del noreste de Lesbos donde se acumulan chalecos infantiles, mantas, restos de embarcaciones neumáticas e incluso un motor. Objetos abandonados que recuerdan que, tras la aparente normalidad de la isla, la violencia en la frontera sigue dejando huellas visibles.

Más de 5.000 detenidos este año

En este sentido, entre enero y mayo de 2026, la organización AegeanBoatReport ha documentado la detención por parte de guardacostas griegos o turcos de 217 embarcaciones que llevaban 5.170 hombres, mujeres y niños. Por el contrario, 3.238 personas en busca de refugio han conseguido llegar a la isla. Por su parte, la organización Legal Centre Lesvos, que proporciona asistencia jurídica gratuita a personas refugiadas en la isla, alerta de una “escalada de las políticas de disuasión y militarización durante los primeros meses de este año”. Según detalla Lorraine Leete, miembro de esta asociación, esta tendencia se traduce “en nuevos sistemas de vigilancia, un mayor despliegue de efectivos fronterizos y cuantiosas inversiones en infraestructuras militares y de guardacostas. Como la aprobación el pasado mes de enero de una partida de 400 millones de euros destinada a nuevas embarcaciones militares”. Además, advierte de que este refuerzo de la vigilancia fronteriza coincide con un “preocupante” aumento de las muertes y desapariciones en las rutas marítimas hacia Grecia. Según sus datos, “entre enero y abril de 2026 al menos 81 personas han muerto y otras 41 han desaparecido mientras intentaban llegar al país desde Turquía y también desde Libia” narra Leete. Además, sostiene que “varios de estos naufragios podrían estar relacionados con intervenciones violentas o devoluciones en caliente llevadas a cabo por los guardacostas griegos o turcos”.

Castigos más severos

Por si no fuera poco, la nueva ley sobre inmigración 5275/2026 aprobada este año por el Gobierno griego “ha introducido penas más severas para los delitos relacionados con el tráfico de personas y ha aumentado los controles administrativos sobre organizaciones que trabajan con personas migrantes, incorporando agravantes penales vinculados a la pertenencia a dichas organizaciones”. Una legislación que puede ser aprovechada para encausar a los defensores de derechos humanos, como el fundador de Aegean Boat Report, Tommy Olsen, cuya extradición fue solicitada por Grecia este mes de marzo bajo acusaciones de pertenencia a organización criminal y favorecimiento de la inmigración irregular debido a su labor de seguimiento y alerta sobre embarcaciones de refugiados en el Egeo. La justicia noruega rechazó la petición y organizaciones como el “Observatorio para la Protección de los Defensores de los Derechos Humanos” han denunciado “la fuerte criminalización que están sufriendo los defensores de derechos humanos en los últimos años en Grecia, quienes son atacados sistemáticamente por su labor legítima y se enfrentan a vigilancia, acoso judicial, campañas de desprestigio, prohibiciones de entrada al país o expulsiones”.

Turistas y locales disfrutan del buen tiempo en la playa Tsamakia con Turquía de fondo.

Dos mil condenados

Una situación extensible a los propios refugiados. “Son el segundo grupo más numeroso en las cárceles griegas. Hay unas 2.000 personas condenadas a penas de más de 100 años”, explica Arbide. “Cuando van a montar en la zodiac en Turquía, la mafia selecciona de forma arbitraria, incluso a golpe de pistola, quién ha de sostener el timón durante el viaje. Y la guardia costera griega los identifica como traficantes, pero no lo son. ¿Qué interés podría tener un traficante en viajar hasta Grecia para luego volver a Turquía?”, se pregunta.

El pasado 5 de marzo, la justicia griega absolvió al afgano H.M. acusado de conducir una embarcación de forma ilegal. Legal Centre Lesvos, junto a otras organizaciones, pudieron demostrar que los traficantes le obligaron a tomar el timón bajo amenazas de muerte hacia él y a su hija mayor de 4 años. Cuando la lancha ya se encontraba en aguas griegas, los guardacostas, lejos de rescatarlos, comenzaron a dar vueltas en círculo al hinchable. Los refugiados acabaron en el agua y la mujer y el hijo menor de 2 años de H.M. murieron ahogados. Él fue detenido y separado de su hija superviviente.

Hilo de esperanza

Pero en Lesbos también hay espacio para la esperanza. La cocina de la ONG vasca Zaporeak es una auténtica torre de Babel en ebullición: se escuchan conversaciones en euskera, farsi, griego o inglés mientras refugiados y voluntarios forman un equipo perfectamente coordinado que, cada mañana, prepara y distribuye más de 1.000 platos de comida entre las personas más vulnerables de la isla. “Sácame fotos, saca fotos para Instagram y Facebook”, grita Zaklin mientras ríe, baila y canta alrededor de los voluntarios antes de volver a emplatar la comida. El rostro de esta mujer kurda se vuelve serio cuando recuerda el campo de refugiados de Moria, al que llegó hace 8 años. “Yo huía de la guerra y me encontré con violencia, hambre y frío. Era un infierno”.

Moria estaba diseñado para unas 3.000 personas, pero llegó a albergar a 20.000 y fue conocido por sus condiciones de extrema precariedad, hacinamiento y violencia. En 2.020 ardió, dejando sin techo a unas 12.000 personas. Zaklin ahora vive en un apartamento en la capital y parece que ha encontrado cierta estabilidad. “Tengo hermanos en otros países de Europa, pero yo me voy a quedar aquí” dice sonriendo mientras se acerca a echar una mano al espacio donde un grupo de voluntariado prepara un pan árabe que llena el local de un olor característico. Allí se encuentra el palestino Lubani, quien gira con sus manos la masa de pan, la pasa por la plancha y la lanza por el aire a una mesa que se encuentra a su lado. “Los palestinos somos refugiados desde que salimos del cuerpo de nuestras madres y nunca dejamos de serlo”.

El hombre, de 41 años, reconoce que cocinar cada mañana en Zaporeak es su única motivación mientras espera la resolución de su caso, que se está demorando más de lo normal. “Necesito desconectar del campo” comenta en un lugar apartado, mientras comparte un vídeo donde se ven ratas entrando a una de los contenedores donde viven varios refugiados. “Esta situación es insoportable. Hace un par de meses se suicidó una persona en el campo y yo ya lo he intentado dos veces”, reconoce con semblante serio.

Zaklin, emplatando en la ONG vasca Zaporeak.

Las cifras en el campo de refugiados actual, el de Mavrovouni, están descendiendo a una inusitada velocidad en los últimos meses y apenas llegan al medio centenar de personas. Desde la organización creen que se debe a varios factores: “No parece que el flujo de personas haya descendido, pero creo que están influyendo los pushbacks y que los refugiados nos dicen que ahora esperan mucho más tiempo en Turquía para cruzar el mar, hasta un año. También se están tomando otras rutas. Ahora muchas personas están llegando a la isla de Samos y a Rodas, más al sur”.

En cuanto a la procedencia de las personas, “la mayoría están llegando de Afganistán y de Yemen y la política griega ha cambiado. Han pasado de estar meses e incluso años estancados en los campos a obtener de manera bastante rápida una especie de pasaporte que les permite marchar a otros países”. Pero, además, este mes de junio ha entrado en vigor un nuevo Pacto de Migración y Asilo en la Unión Europea que para Hibai Arbide “no va a suponer un cambio en Lesbos sino la consolidación europea de la política extrema que Grecia aplica desde hace al menos un lustro”, explica, “más frontera, más detención, más procedimientos acelerados y más orientación a las deportaciones.

El nuevo marco europeo encaja con la arquitectura levantada en las islas del Egeo por el gobierno Mitsotakis tras campos de refugiados como Moria, con los nuevos campos cerrados de acceso controlado, las restricciones geográficas, el uso expansivo de la noción de “tercer país seguro” y la criminalización creciente de la movilidad”. “Lo que antes hacía Grecia” finaliza el periodista “pasa ahora a formar parte del lenguaje ordinario de la UE: screening rápido, procedimiento fronterizo, ficción jurídica de no entrada, cárcel y consecuencia casi automática entre rechazo de asilo y deportación. Grecia es un spoiler”.