Crítica de 'La mujer sin nombre': Muerte en Riad
En Historia de los dos reyes y los dos laberintos Jorge Luis Borges confrontaba el dédalo hecho por el hombre: un constructo de piedra y/o vegetación de altas paredes levantadas para provocar la confusión de quien es allí introducido; con el desierto, una extensión casi infinita de arena y sol líricamente conocida como el laberinto de Dios. Su conclusión era obvia: ninguna trampa resulta tan letal como ese espacio de arena de origen secular.
En ese espacio abierto, en el desierto de Arabia Saudí, aparece un cuerpo asesinado. Un cadáver sin identificación. Una mujer sin nombre. Ella será la protagonista pasiva de este thriller saudí dirigido por Haifaa Al-Mansour. En ese lugar sin puertas, en ese país donde hasta 2011 no se reconocía el sufragio femenino o donde hasta 2018 a las mujeres no se les permitía conducir vehículos, acontece este relato criminal con doble fondo y segundas intenciones.
En apariencia Haifaa Al-Mansour nos hace atravesar el clásico whodunit al estilo de Agatha Christie. Vemos cómo se suceden los días y la policía, claramente incompetente, con una actitud de chapuza y desinterés, ni siquiera conoce el nombre de la joven víctima. Es ahí, en esa sociedad del presente, donde una joven ayudante, la encargada de las fotocopias, empieza a investigar por su cuenta. Meterá la nariz donde no debe para, paso a paso, reconstruir un rompecabezas del que se intuye que nadie quiere que sea reconstruido.
En el fondo el público percibe que, por encima y por debajo de esas pesquisas, Al-Mansour aprovecha los zurcidos y los rotos del relato para subrayar e ilustrar lo evidente: la condición discriminatoria de la mujer en una sociedad que no superaría un análisis sobre su calidad democrática y sobre el (mal) trato que dispensa a eso que llamamos derechos humanos. Como en el milenario proverbio vasco: Izena badu, bada (“si tiene nombre, existe”), Noella (Mila Al Zahrani), la novata investigadora, cree que es fundamental devolverle a esa adolescente asesinada su identidad como un acto de reparación y como piedra angular sobre la que desentrañar el misterio de su muerte.
Haifaa Al-Mansour (Al Zulfi, 1974) no solo fue la primera mujer directora de Arabia Saudí sino que obras como La bicicleta verde (2012), rodada con ella enclaustrada en una caravana desde donde a través de un monitor observaba el rodaje, le concedieron un reconocimiento internacional. Más fácil, sobre todo porque se rodó fuera de Arabia Saudí, lo tuvo con Mary Shelley (2017), una singular aproximación a las huellas de la creadora de Frankenstein protagonizada por Elle Fanning. La cuestión es que, en todos los casos, de lo que casi siempre tratan las películas de Haifaa Al-Mansour es de la desigualdad, del machismo y de la intolerancia.
Así, ladrillo a ladrillo, con brochazos gruesos pero la mirada atenta, esta directora de cine se defiende a costa de subvertir los géneros que toca. Por ejemplo en La mujer sin nombre lo que realmente le (pre)ocupa apunta a radiografiar las contradicciones de su país de origen. Su caligrafía ni es refinada, ni sus estructuras disimulan los desajustes de lo que nace y se hace bajo el clarín de la urgencia. Eso no le impide, en su caso es justo al contrario, jugar con las contradicciones y sacar provecho a algunas paradojas.
De alguna manera se diría que La mujer sin nombre, relato que amanece recreando una suerte de vieja adaptación de Muerte en el Nilo, que en su zona central parece homenajear al Bong Joon-ho de Memorias de un asesino (2003) y que en su desenlace juega a sacar de la manga la gran sorpresa final de Sospechosos habituales (1995) de Bryan Singer, ha sido narrada para amenazar los comportamientos misóginos.
Con evidente intencionalidad, Al-Mansour hace que en su investigación, Noella se beneficie del Niqab, la prenda que solo permite ver los ojos de las mujeres saudíes, para poder llegar a sitios donde de otra manera se le hubiera descubierto. Con frecuencia, Al-Mansour juega con planos donde la abaya, la tradicional túnica hasta los pies, deja mostrar las zapatillas deportivas como síntoma de transformación y cambio. Y así, con gestos leves, pero no veniales, con recursos limitados pero ordenados con ingenio, poco a poco, La mujer sin nombre recupera su identidad, se esclarece el misterio y con él, fluye la sensación de que será necesario cambiarlo todo.
