Topkapi, un enorme joyero en Estambul

Un proverbio turco indica que "La riqueza se da a conocer por sí misma". Quien lo dictó pudo haber estado influenciado por el inmenso tesoro que se exhibe en el palacio Topkapi de Estambul. El antiguo serrallo de los sultanes constituye hoy una de las mayores concentraciones de riqueza del mundo

31.12.2020 | 15:39
Topkapi, un enorme joyero en Estambul

Se dice que no se conoce Estambul si no se han visto las principales mezquitas, el bazar y Topkapi, nombre este último que para quienes no estén muy puestos en Historia puede que les suene a chino, pero si decimos que fue residencia de los sultanes y que es uno de los museos que más riqueza encierra, estarán de acuerdo en que la visita merece la pena.

No busquen arquitectos de renombre en su recinto, ni tan siquiera en su fachada. Topkapi es una fortaleza de colosales dimensiones. Uno de sus accesos, el de los turistas, está flanqueado por dos torres que protegen un impresionante pórtico custodiado por el ejército. Las dos puertas de hierro forjado constituyen sendos ejemplos imponentes del arte metalúrgico turco del siglo XVI.

Cuando vayan por allí fíjense en una cenefa que hay en la de la derecha: en ella figura el nombre del artesano que las hizo, Isa ben Mehmed, en 931, año mahometano que corresponde al 1525 después de Cristo. Durante la era imperial solo el sultán podía acceder al interior por este lugar. Lo hacía a caballo para impresionar tanto a la Corte que convivía dentro como a los condenados a muerte de postín a los que tenía encerrados en la inmediata Kapi Arasi. Al parecer, y en plan detalle, estos presos tenían un trato de favor en sus últimas horas de vida.

Gálata, puente de culturas


El interior de Topkapi es un bellísimo paraje ajardinado con impresionantes vistas al Cuerno de Oro, ese pasillo acuático que une el Mar Negro con el Mediterráneo. Ver un atardecer desde aquí es algo que nadie olvida, como tampoco el aspecto que presenta el Puente del Bósforo que, con sus 1.074 metros de longitud y seis carriles, une Europa y Asia. O el tradicional de Gálata que, más antiguo, cumple la misma misión. Es un paisaje que lo hemos visto repetidas veces en las telenovelas turcas y que aquí cobra un especial sentido por cuanto son dos continentes los que se unen, dos culturas diferentes, dentro de una misma ciudad.

Uno de los espacios interiores de Topkapi. Foto: Benjamín Núñez González/Wikipedia

La ubicación de la fortaleza no fue arbitraria. Ocupa el lugar donde se instalaron los primeros ocupantes de Estambul. Plinio, el gran historiador, habla de una ciudad llamada Lycus que tenía su vigencia allá por el siglo IX antes de nuestra era. Los datos más fiables sitúan en este lugar a una colonia de pescadores procedentes de Mégara, en la costa griega frente a la isla de Salamina, a la que denominaron Bizancio y que experimentó una gran evolución merced a su desarrollo como puerto pesquero. Durante la etapa del emperador Constantino, que le dio un enorme impulso histórico, la ciudad agradecida cambió su nombre por el de Constantinopla. El Imperio Otomano tomó las riendas de la gran metrópoli en 1299 y las mantuvo hasta su disolución en 1922.

A los turcos no les gusta que se utilice al término Constantinopla, posiblemente para no hablar de un pasado cristiano. "La ciudad se llama Estambul", dicen tajantemente. Si quiere agradarles, hábleles de Mustafá Kemal Atatürk, el primer presidente de la República, el hombre que cerró página a la dominación otomana y modernizó Turquía. Quedó para el recuerdo la fortaleza de Topkapi que de residencia de los sultanes pasó a ser museo.

Los soberanos musulmanes de la primitiva Estambul vivían en el viejo palacio de Beyazit hasta que, en la segunda mitad del siglo XVI, uno de ellos decidió el traslado a este lugar, a todas luces más atractivo y con posibilidades de ampliaciones como las que le fueron hechas con el paso del tiempo.

Una jaula de oro


La fortaleza Topkapi no solo fue residencia de los sultanes otomanos, sino también de los cortejos de cada uno; entiéndase, sus mujeres, su harem, sus concubinas, los hijos de todas ellas, príncipes, herederos, consejeros€ Cada uno de estos grupos tenía su palacio correspondiente con impresionantes lujos que hoy nos dejan con la boca abierta.

El harem, donde vivían numerosas mujeres, era donde se cocía la mayor parte de las intrigas de la corte. Cada una hacía lo imposible por destacar a ojos del monarca, y si había que matar se mataba. De aquí salieron los planes que acabaron con las vidas de Selim III, Mustafá IV y varios delfines y príncipes herederos. Está situado en una pendiente hacia el Cuerno de Oro, por lo que las mujeres del sultán gozaban de unas vistas maravillosas. La estructura interior de las habitaciones, unidas por medio de puertas y corredores, se fue modificando a medida que aumentaba el número de sus ocupantes. Toda una compañía de eunucos negros se encargaba de poner orden en aquel edificio.

Imagen del harem de Topkapi. A.Savin/Wikipedia

Las concubinas, las favoritas, la sultana madre y la primera mujer del sultán se alojaban en edificios separados que daban a un gran jardín lujosamente decorado. Hay constancia de que, a modo de ornato, disponía de unos leones de tamaño natural en oro macizo que acabaron por ser sustituidos por otros de madera. El oro así conseguido fue fundido para la fabricación de monedas con las que el monarca de turno hizo frente a una crisis económica.

Las mujeres que integraban todo este cortejo vivían sin que les faltara un solo detalle que destacara su belleza. Cada palacete disponía de baños turcos, servicios e incluso lugar para sus rezos. El harem, además, tenía habitaciones privadas reservadas al sultán y una biblioteca. Aparentemente todo era felicidad, cuando en realidad no pasaba de ser una caldera donde a diario se cocían las intrigas más sofisticadas movidas por la envidia.

Todas las instalaciones que conforman el complejo Topkapi se han convertido hoy en uno de los más importantes ganchos turísticos de Turquía, no solo por cuanto de curioso tiene la que fuera residencia oficial de los soberanos otomanos, sino porque en la fortaleza existe y se muestra una parte muy importante del tesoro que fueron almacenando los sultanes a lo largo de sus casi siete siglos de dominación.

La estrella del museo, la joya más admirada, es el Diamante del Fabricante de Cucharas, una magnífica pieza de 86 kilates montada sobre plata y rodeada de 49 diamantes más pequeños y muy puros. Unos dicen que es el cuarto diamante más grande del mundo y otros que el tercero. No importa el lugar que ocupa en el ranking. Lo cierto es que su presencia, aunque sea a través del vidrio blindado que lo protege, nubla la vista. ¿Su valor? Incalculable.

Llama la atención el extraño nombre por el que se le conoce, y la explicación lleva a su origen; como era de esperar, rodeado de leyendas a cuál más curiosa. "Hay quien sostiene que fue modelado con una cuchara, y de ahí su forma. Otros aseguran que el diamante fue encontrado por un pescador entre la basura, cerca de Yenikapi, donde hay un yacimiento bizantino. El pobre hombre lo guardaba en un bolsillo ignorando su valor. Un día, deambulando por el bazar, se lo mostró a un joyero que, en cuanto lo vio, disimuló el efecto que le causó. Restó valor a la joya y se lo cambió al pescador por tres cucharas".

napoleón y melina


Particularmente me inclino por una tercera leyenda por eso de que parece estar más fundamentada: en 1774 un oficial francés apellidado Pigot compró el diamante al maharajah de Madrás y se lo llevó a Francia, donde la pieza pasó de mano en mano hasta que finalmente salió a subasta. A esta puja asistió el mismísimo Casanova, y tanta repercusión debió tener su presencia que a la joya se le dio el nombre de Diamante de Casanova. Sin embargo, el gran galanteador no estuvo ese día a la altura de las circunstancias y la piedra preciosa fue a parar a manos de la madre de Napoleón.

Cuando en 1815 el corso fue desterrado en Santa Elena, su madre vendió el diamante con un joyero compuesto por 150.000 piezas de oro a Tepedelenli Ali Pachá, un gobernante de la Turquía europea que había hecho pactos leoninos con Napoleón. Este tirano, de quien escribió Alejandro Dumas en El conde de Montecristo y Katherine Neville en El fuego, fue un personaje de cuidado. Sus intrigas y afán de poder le llevaron a conspirar contra el sultán Mahmut II, quien pidió su cabeza, y en 1822 la obtuvo. Pero no solo esta parte de su cuerpo, sino también todos sus tesoros, que pasaron al palacio otomano.

En la película Topkapi (Jules Dassin, 1964), a Melina Mercuri le interesaba más la Daga del Sultán, objeto que pretendía robar con su banda de ladrones. No eligió mal, ya que el puñal, de 35 centímetros de longitud, tiene en un costado tres esmeraldas grandes y puras de tres y cuatro centímetros de diámetro rodeadas de diamantes. En la punta de la vaina, por supuesto de oro, hay una esmeralda octogonal y a los costados buen número de diamantes a modo de ornamento. El resto de la pieza es de nácar, esmaltes, etc.

La pieza también tiene su historia. Al parecer, el sultán Mahmut I quiso tener un detallito con Nâdir Chah, soberano de Persia, y le preparó una canastilla con regalos, uno de los cuales era este puñal. Durante el trayecto de la embajada se declaró una revuelta en Persia y los turcos regresaron a Estambul sin hacer la entrega. Así, el tesoro otomano quedó enriquecido.

El armamento de lujo tiene dos magníficos ejemplares en las Espadas del Profeta, ambas de oro puro adornado con piedras preciosas que encargó el sultán Ahmet I, posiblemente para cumplir alguna promesa que hizo a Mahoma. También de oro macizo es la caja que contiene el itinerario del peregrinaje del profeta. Fue realizada en el siglo XIX y está decorada con dibujos y versos del Corán. El cuatrípode que la aguanta desmerece un poco al ser de plata, aunque lleva inscripciones en oro.

minucias deseadas


Se nubla la vista al ver una jarra de 33 centímetros de altura apoyada en un plato de 37 de diámetro, ambos de oro de la mejor ley, si bien la estatua del hindú fumando una pipa de agua quita el hipo cuando te enteras de que tanto el tronco como la cabeza de la estatua constituyen un bloque perlífero, y que el turbante que lleva está compuesto por diamantes y rubíes, elementos estos que se encuentran también en el pedestal y en distintas partes de su cuerpo. El asombro continúa cuando se llega a los tesoros chinos de la dinastía Ming o al encontrarte ante un pendiente de oro que luce tres grandes esmeraldas hexagonales rodeadas de diamantes del que cuelga un rosario de perlas.

Topkapi no solo merece una visita, sino que ésta sea tranquila y sosegada. Por los nervios.

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