Australia: “orientados por la cruz del sur”
Sheila Sevillano y Xabier Luna iniciaron en abril de 2025 un viaje en bici solidario en el que recorrerán más de 20.000km hasta Tayikistán, Angola, Camerún, Bolivia y Ucrania, donde realizarán los proyectos. El objetivo es recaudar 100.000€ para levantar infraestructuras que mejoren la vida de muchas personas. Si cada lector de este artículo dona 5€ conseguiremos construirlo todo.
El 12 de enero viajábamos con las bicis rotas dentro de las cajas hacia el aeropuerto de Douala. La burbuja que suelen ser los aeropuertos respecto al exterior, en Camerún, está reventada, dentro nos esperan doce horas de olores, desorden, calor y mosquitos. Para colmo, Turkish Airlines nos extorsiona para subir las bicis y tenemos que pagar 140€ extras. 32 horas después aterrizamos en Melbourne, es un viaje en el tiempo literal, parece otro mundo. Cuatro meses en África se borran de un plumazo, todo parece un sueño vivido hace años. Durante hora y media miramos la cinta de equipaje voluminoso sin éxito, nuestras cajas no salen, se han quedado en Camerún, lo que nos obliga a esperar tres días y perder la cita para arreglar las bicis. Gracias a Víctor y Eva, unos amigos españoles que nos acogen como una familia, tenemos un lugar donde descansar. Compramos las ruedas y las parrillas llegan por correo, la marca Tubus nos las envía gratis apoyando el proyecto.
Australia, cuarto continente del viaje, nos recibe en llamas. Toda la ruta planeada está cortada por el fuego y nos obliga a buscar una alternativa, el nuevo destino será Tasmania, una isla al sur. Originalmente llamada Van Diemen’s Land, a la que finalmente la nombraron así por Abel Tasman, quien descubrió la isla en 1642. El 18 de enero pedaleamos hasta Geelong, donde tomamos el ferry para cruzar el estrecho de Bass hasta Devonport. Por delante, cuatro semanas y veinte etapas. Es verano, pero ya nos han avisado: “un día allí puede tener las cuatro estaciones”.
En un territorio poco más grande que Aragón y Navarra juntos, el 40% es área protegida con aires de los más puros del planeta. Su fauna y flora, al igual que en la isla principal, son reservas de especies únicas. Esta isla está parada en el tiempo, de las grandes ciudades de la isla principal, la gente escapa para vivir un mundo reposado y rural. Muchas de las gasolineras, oficinas de correos y cafeterías, parecen una postal de mediados de siglo. Contrasta con los barcos, coches y caravanas aparcadas en las puertas de sus casas, donde se hace patente el progreso, pero borrando lo material de la escena, viajar por Tasmania es un recorrido por un paisaje pausado en el tiempo.
En 1788, el Imperio británico llegaba con una flota de once barcos. Dentro viajaban convictos destinados a trabajos forzosos en uno de los penales más duros del planeta. Gran parte recayeron en esta isla. Muchas de las personas actuales tienen un ascendente de aquellos convictos que llegaron presos y ganaron su libertad con esfuerzo.
El 20 de enero nos lanzamos hacia el oeste, en busca de Cradle Mountain. Tenemos las piernas dormidas desde el accidentado 31 de diciembre del año anterior y cuesta ponerlas en marcha, sobre todo si los perfiles de las primeras etapas son exigentes y le sumamos viento, lluvia y temperaturas de 4º. Los paisajes compensan, pero nuestro cuerpo tiene el termostato aún en Camerún y dormimos con toda la ropa que tenemos. Este “verano austral” nos pilla desprevenidos. No hay que olvidar que desde su capital salen expediciones a la Antártida, estamos muy al sur del planeta.
Australia es caro, más aún si vienes de pagar un euro por un plato de comida en África, cada compra en el supermercado es un atraco al bolsillo y dormir en hoteles es prohibitivo. Lo bueno es que estamos en Australia, su pasión por las acampadas provoca que haya una infraestructura de zonas habilitadas muy grande y en la mayoría de los casos gratis. Le sumamos que pertenecemos a una red (Warmshowers) que aloja a cicloviajeros y que hasta la fecha la hemos usado como anfitriones, pero aquí estrenamos la faceta del invitado. Llegamos a dormir en doce casas diferentes, con lo que tenemos un acercamiento a la cultura local enorme. Todas y cada una han sido grandes experiencias donde relajar el cansancio del día con una buena conversación. Australia es un sitio donde sentirse tranquilo, las casas en los pueblos están abiertas, algunos coches duermen con las llaves puestas y la gente no concibe que alguien pueda querer robarle nada, la confianza es absoluta y eso se agradece.
La experiencia vivida hasta llegar al continente oceánico era que la vida estaba en la carretera, el arcén ha sido un desfile humano con el que conectamos, un escaparate a la vida que nos saluda y nos llena de color cada etapa, pero en Australia, nadie camina por el arcén, todos tienen coche y las granjas están muy alejadas del asfalto. Como mucho ves un grupo de buzones que representa que varias personas viven cerca de ese cruce. La vida de la carretera son en su mayoría todoterrenos que arrastran caravanas desproporcionadas que te adelantan con prisa. Las carreteras tienen ese aire de secundarias rurales alejadas de las megaciudades, pero en bici, sin arcén, te sientes muy vulnerable.
Los rumbos aquí son los mismos, pero si buscas calor tienes que ir al norte y para orientarte de noche buscarás la Cruz del Sur. Nos ha costado situarnos mentalmente en las antípodas. Es curioso ver mapas que sitúan a Australia en el centro y el mundo al revés de como lo concebimos. Hemos crecido como si Europa fuera el ombligo del mundo, pero como todo, depende el punto desde el que mires las cosas.
A lo largo de cuatro semanas dormimos en lagos, cerca de montañas, playas de arena blanca y aguas cristalinas, bosques frondosos, donde no alcanzas a ver las copas. De repente normalizas la belleza y se convierte en rutina, pero no nos permitimos acostumbrarnos, cada día exprimimos al máximo los paisajes porque llegará el día en el que al salir de la tienda de campaña, la realidad sea otra. Por las mañanas, la banda sonora la ponen los pájaros, especialmente las cucaburras, cuervos y magpies. Recuerdos sonoros con los que dentro de unos años, viajaremos hasta estos paisajes al escucharlos.
Como anécdota, hemos visto más animales muertos que vivos. La carretera es una especie de cementerio de kamikazes nocturnos: wallabies, demonios, possums… aplastados en el asfalto. Les antecede un olor a muerte que termina siendo parte del recuerdo olfativo del viaje. En esa búsqueda de la fauna autóctona, la viva, uno de los días de descanso, cruzamos en ferry hasta Maria Island. Además de uno de los lugares a donde destinaron convictos, hoy es una reserva natural donde preservar especies. Sólo puedes caminar o moverte en bici. El objetivo es ver wombats con sus características heces cúbicas, canguros y el famoso diablo de Tasmania. Nos conformamos con los gansos de Cape Barren, algún wallabie y un wombat. Un día entero donde recorremos acantilados y subimos hasta la cima del Monte Bishop para situarnos en pleno Mar de Tasmania.
Unos días antes dormíamos en Hobart, la capital de Tasmania y segunda ciudad más antigua del país, fundada en 1804. Hace unos meses pisábamos Samarcanda con más de 2.500 años de historia y aquí casi escuchas el eco de sus inicios. Aunque si soy honesto, me parece irrespetuoso por su parte que valoren los inicios con la llegada de las colonias y dejen de lado siglos de aborígenes que han habitado su tierra. Desde el primer momento, los colonos usaron políticas de “tierra vacía”, ignorando a los habitantes y apropiándose de ella, con masacres, expulsiones y racismo. Hay un capítulo muy oscuro de las generaciones robadas. Miles de niños separados de padres para romper los lazos culturales con el objetivo de eliminar toda huella aborigen. Hoy en día se quiere repararse aquello, reconocer su relevancia en el patrimonio australiano, pero queda un largo camino.
A comienzos de siglo XX, los primeros inmigrantes pasaban más de un mes en un buque transoceánico para alcanzar esta tierra remota. Ha habido oleadas de inmigrantes, aunque hasta 1970 existía la política de Australia blanca, eran algo racistas. Hoy la cosa es muy diferente, con una de las densidades más bajas del planeta, 4 hab/km², Australia es un país cimentado en la inmigración, en una extensión como Europa tiene menos de treinta millones de habitantes, de los cuales el 31% de la población ha nacido fuera y la mitad tiene padres extranjeros. Me da envidia ver como las nuevas generaciones normalizan razas, religiones y culturas sin ningún prejuicio. El olor de los restaurantes desprende el curry de la India, la soja de China o los burritos mexicanos, y todo en una misma calle.
Un mes después de salir de la casa de Víctor y Eva, regresamos con 1.300 km en las piernas, mucho desnivel acumulado y sobre todo recuerdos de paisajes, animales y experiencias humanas inolvidables. La foto final la hacemos en las famosas casetas de Brighton Beach. Los últimos diez días los dedicamos a hacer un turismo al que no estamos acostumbrados. Cada día llegamos agotados, más que en la mayoría de las etapas de bici. Parecemos un cervatillo que acaba de nacer y le tiemblan las piernas al caminar. “Clic” atardecer con el edificio de la ópera de fondo, “clic” la silueta de Melbourne desde el monumento a los caídos, “clic” las Blue Mountains, “clic” un carril bici colgante que parece un oasis dentro de una ciudad de rascacielos, son muchos “clics” y los guardamos todos. Australia nos ha conquistado. Ahora desde la noche de Melbourne miro dos cajas con las bicis desmontadas, cuando despierten estarán en Chile. Mañana comenzamos el cuarto Rumbo: desde Puerto Montt al hospital en Trinidad, Bolivia. Aún queda la mitad del proyecto y mucho por recaudar, pero afrontamos este nuevo reto con optimismo. Sudamérica espera.
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