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El desconcierto provoca riesgo

09.02.2020 | 21:11
El desconcierto provoca riesgo

Nadie sabe a ciencia cierta a qué juega Pedro Sánchez. Como primer castigo a este desconcierto ayer recibió, en el Congreso, un contundente rechazo a su investidura. Este previsible revés obliga a acelerar las complicadas negociaciones entre PSOE y Unidas Podemos para salvar la investidura en la votación de mañana. Ese "acuerdo en 48 horas", que reclama Gabriel Rufián, se antoja tan difícil como posible. Las dos partes asumen que encaran un momento histórico, conscientes de que la ruptura hacia unas nuevas elecciones tendría difícil justificación, aunque no es descartable por las diferencias que separan la generosidad de unos y la ambición de otros. Como resquicio de esperanza para un entendimiento final sirva la discordancia entre el voto telemático de Irene Montero contra su futuro presidente y la prudente abstención del resto de sus compañeros. La diferencia que existe entre el profundo cabreo de la vicepresidenciable cuando votó desde casa influida por los desacuerdos del lunes y la muestra de confianza ordenada ayer por Pablo Iglesias tras escuchar cómo Carmen Calvo apelaba al entendimiento.

Sánchez ha despistado a todos, pero no le ha salido la jugada. Lo admitió con una sonrisa forzada ante Joan Baldoví cuando dijo que su idea era rechazar un gobierno de coalición y "ahora lo acepto". Ocurre que no tiene otra escapatoria salvo asomarse al precipicio de las elecciones. Como le recordó Aitor Esteban, al cabo de tres meses "se ha dado cuenta de que el 26-A no ganó por mayoría absoluta" y por eso, ahora busca su investidura a cualquier precio, incluso con guiños a la derecha que nadie entiende. Rufián, con el traje de propositivo y dialogante sin la camiseta de bufón, se lo echó en cara. Ana Oramas, a su vez, le culpó de soberbio y la voz de Puigdemont, Laura Borrás, le inculpó de todas las maldades "del Estado represor", molesta tras oír cómo había descalificado a JxCat de "inútiles para defender parlamentariamente al pueblo catalán". Solo el revillista Mazón elogió al presidente en funciones con un alegato al valor político de los partidos bisagra, en un guiño a Podemos. Minutos antes, el portavoz de Navarra Suma había leído un melodramático discurso de hace 15 años en su desaforado intento de alertar que María Chivite quiere pactar con el diablo nacionalista. Peor suerte corrió Albert Rivera tras escuchar atónito cómo Esteban le relegaba a "jefe de una banda de mariachis" y luego Adriana Lastra le afeaba que criticara como un ultraderechista más a los socialistas en Navarra sin tener en cuenta que "cuando mis compañeros eran objeto de amenazas terroristas, usted cogía un constipado posando desnudo".

Ocurre que hasta besar el suelo, el candidato venía creyendo que tenía carta blanca para gobernar en solitario. Por eso ha despreciado a sus posibles apoyos. ERC y PNV se sienten especialmente molestos por tal desafecto. Los soberanistas catalanes, un poco más y de ahí su voto en contra que se desmarca de la abstención de EH Bildu, sus compañeros de viaje en esta legislatura. Es comprensible el enojo republicano porque Sánchez solo quiere un referéndum sobre el Estatuto, desoye que un 80% de Catalunya pide votar sobre la autodeterminación y antepone la convivencia al diálogo. En el caso vasco, al menos, se mantiene el compromiso de los socialistas con el progresivo traspaso de transferencias pendientes, aunque con la línea roja puesta en la caja única de la Seguridad Social. Semejante insuficiencia llevó a Esteban a "negarse a suscribir un mero contrato de adhesión" después de instar al presidente en funciones a "que vaya más allá de la investidura, a afrontar los retos pendientes y hacia un nuevo modelo de Estado".

Así las cosas, Sánchez aparece condenado a una suerte que no desea. Paradójicamente, todo son conjeturas. El PSOE sigue mirando con muchas reticencias a Unidas Podemos porque recelan de su papel de guarda jurado en un Consejo de Ministros. En la coalición, maldicen que les ninguneen con secretarías sin peso presupuestario y una vicepresidencia de oyente. Todos se aprietan, sí, pero nadie quiere hacerse daño.