Por Arantzazu Ametzaga Iribarren

Determinación femenina. Atacama y tú.

08.02.2020 | 23:39
Arantzazu Ametzaga Iribarren

Solía retirarme a la biblioteca del colegio de mi infancia en Montevideo, para leer los libros expuestos, en mayoría biografías, escapándome de las para mi, aburridas clases de matemáticas. Ignoraba que las monjas, con la aceptación de mis padres, acordaron hacer la vista gorda a aquellas fugas en las que me entregaba con devoción a la lectura. Aquella mañana tenia en mis manos la crónica de vida de la Monja Alférez, Catalina de Erauso. Mi éxtasis era total y me excedí en el tiempo, así que una de las monjas acudió a mi rescate. Recuerdo que escuche con temor el susurrar de los hábitos al caminar enérgico de la mujer, su entrada en la sala y mi enfrentamiento a una cara hosca, enmarcada en una toca almidonada. Un dedo largo e inflexible, conciliado con una voz autoritaria, me conminó a cerrara el libro.

Acepté con tristeza porque en ese preciso momento caminaba con Catalina de Erauso por el árido desierto de Atacama, al que yo le veía, en mi ensoñación, embellecido de miles de flores malvas por milagro de una lluvia inusual y bienhechora e iluminado por radiantes luceros fugaces, separada de la realidad por una nube de polvo de estrellas y arena primordial. La monja cerró el libro, lo repuso en la estantería, y se volvió a mirarme con atención. Era joven, con cejas grandes y negras remarcando unos ojos vivaces. Me puso la mano encima del hombro y como si no escuchara las campanas llamando a la oración y al estudio, recitó un parlamento que se grabó para siempre en mi corazón.

Había elegido bien mi lectura, aseguró, aunque era una pena que una mujer tuviera que disfrazarse primero de monja y después de soldado para cumplir su sueño de libertad. O realización personal. Estaban lejos de su siglo los grandes pasos dados en el mundo sajón por la liberación femenina y aun estaba por venir la eclosión feminista de la década de los 60, pero ella, como recorriendo esos mundos tan impredecibles como los del desierto, me indico que tenía que regresar a mis responsabilidades. No era justo ni para mi ni para la sociedad a la que pertenecía, ni para al gasto de mis padres en mi educación, ni el esfuerzo de mis profesores en impartirla, desatender mis obligaciones. Era una estudiante y debía atender mis clases, aunque ya debí ir pensando en elegir si quería ser monja, soldado, o mucho mejor, escritora, bibliotecaria, música, cantante... científica, médico o exploradora.

- El tránsito por tu desierto de Atacama será necesario pero de acuerdo a tu exclusiva beligerancia. Catalina tuvo algo que las mujeres deben tener si quieren lograr sus objetivos -musitó la dominica con energía-, y es determinación. En un siglo en que no valíamos nada ella decidió un camino difícil y fue hábil al cambiar el hábito por la espada en cuyo uso fue buena pues ascendió a alférez en el ejército del rey, según cuenta. La determinación de ser ella misma, dentro del estrecho marco de su tiempo, la llevó tan lejos como quiso. Su precio fue que hubo de enfrentarse, tras su vida de soldado y su tránsito por el deserto mas árido del mundo, a una revisión donde el Obispo de Lima determinó la gravedad de su falta no por sus heridas de guerra sino por su virginidad. Ser virgen en un mundo de hombres la salvó y eso es cruel. A ningún hombre se le sometía a semejante prueba física ni era cuestionado por eso. Espero que encuentres tu vocación en una vida mas fructífera que la de ser soldado. O libre de la de una reclusión como la mía. Aun es mas importante que no te falle la determinación. Elige un sendero vital y da lo mejor de ti misma en la andadura. Considera que tendrás mas obstáculos y menos reconocimientos que un hombre, pero pon tu empeño en recorrer ese camino pues como dice la oración, solo vivimos en este mundo una vez. Y debe ser buena. La determinación implica selección de metas, trabajo y esfuerzo, fracaso y triunfo. Quisiera para ti que en vez de un pañuelo para enjugar tus lágrimas de dolor por no conseguir tu meta, o ni tan siquiera advertirla que es la mayor forma de fracaso, despliegues un estandarte en el que estén impresos tus sueños. Tus esperanzas. Lo logrado por tu determinación.

La mujer calló, como si se le rompiera el corazón en su magro pecho, y me empujó suavemente hacia las aulas donde comenzaban las clases de historia y geografía. El recorrido de la Humanidad, hombres y mujeres, por el inmenso mundo donde realizar su quehacer civilizador. Mis ojos recorrieron el mapa de Chile y su desierto de Atacama, los caudalosos ríos americanos, las altas montañas andinas y rocosas, los volcanes turbulentos, los helados límites de Tierra de Fuego y el estrecho de Bering Eran mi herencia pero debía aportar algo intrínsecamente mío en su desarrollo. A eso estamos llamados cada hombre o mujer, clave de trabajo necesario como ser humano. Y me viene ahora, tantos años después, acompañando mis recuerdos, la frase de la feminista Betty Fridan, quien aseguró con razón, que la abnegación era el peor enemigo de la mujer. Su contrapunto, pienso ahora, es la determinación.La autora es bibliotecaria y escritora