“Ayuda a compartir el dolor y a saciar la necesidad social de cerrar las heridas”

Familiares de las víctimas sienten que, aunque tarde, los reconocimientos van llegando y reconfortan

17.12.2019 | 17:43

pamplona/Iruña - Hablar con una víctima del 36 es hacerlo con un centenar y más. Todas sienten el dolor profundo por la herencia de sus familias rotas injustamente, y lloran por las humillaciones, la falta de respeto y el escarnio al que sometieron los vencedores a padres, madres y abuelos que vivieron con penuria y marcados el resto de sus vidas.

"Yo me crié con mi abuela Cirila, a la que dejaron viuda con 8 hijos y embarazada de la novena. A ella le raparon la cabeza, siempre estuvo marcada y siempre vivió luchando". Los recuerdos de la tafallesa Isabel López López (77 años) están empañados de lágrimas. A su abuelo Santiago López Landa se lo llevaron detenido delante de sus dos hijas de corta edad que jugaban en Recoletas, donde él elaboraba un famoso helado artesano. "Era un republicano de ideas claras, que salía de casa con zapatos y volvía con alpargatas, porque , decía, que otros estaban más necesitados que él. Militaba en la CNT y le previnieron, pero no quiso dejar a los suyos. A su viuda, Cirila Escudero le cambió la vida radicalmente y pasó de tener empleadas domésticas a vivir del estraperlo, pero con" inmensa dignidad", recuerda su nieta. Isabel participó en la exhumación de 1978 y sigue activa en la causa de la memoria. En La Tejería esparcieron parte de las cenizas de su madre, Mari Luz, según su voluntad, y plantaron un roble. "Estén donde estén, ahora se sentirán mejor", expresa.

CAMARADería "A mi abuelo Ramón lo sacaron una noche de la cama lo llevaron a la cárcel de Tafalla y tres meses después lo mataron", cuenta Belen Gay Gota, nieta de Ramón Gota Hernández, afiliado a UGT practicante, comadrón y barbero en el Gallipienzo de 1936. "Se desvivía por las personas, sobre todo por las que tenían menos recursos. Se relacionaba con todos por igual, y eso no estaba bien visto. Después de matarle, le robaron todos utensilios para cortar el pelo a las mujeres", relata. Larga fue la vida, memoria y transmisión de su viuda, Guadalupe Pérez, 103 años, a su nieta. Sus dos hijos hoy octogenarios, Pilar y José Luis, recuerdan su mayor pesar: "No teníamos padre porque nos lo habían matado".

Tras la exhumación de la fosa de la Tejería, añade Belén, los restos de Ramón reposan en el panteón común de Tafalla. "Así lo quiso mi abuela, porque él le habló de la solidaridad de la cárcel, y porque en Gallipienzo ya le habían hecho demasiado daño".

José Orduña Asín era de Peralta y trabajador del campo. Tenía 22 años cuando le fusilaron en la Tejería de Monreal. Su sobrina Josefina Campos Orduña tomó conciencia desde muy joven del dolor y del miedo que atenazó sus vidas a través de los testimonios de su madre, Dolores . Cristiana de base, es crítica con el posicionamiento político de la Iglesia, y discierne en ella actitudes concretas.

Josefina participó junto a su madre en la exhumación de 1978. "Tuvimos la suerte de contar con gente extraordinaria", reconoce. Su relato está repleto de detalles precisos y desgarradores, también de dignidad. "Siempre fuimos de cara y sin avergonzarnos. En Monreal nos trataron con cariño y delicadeza. Somos ya una gran familia", afirma con su voz serena, generosa y libre de rencor . - M.Z.E