Ingreso a domicilio: cuando el hospital llama a tu puerta

La médica Cristina Morales y la enfermera Miriam Salinas conforman uno de los equipos de hospitalización a domicilio del HUN que visita en sus casas a pacientes que están ingresados por covid-19.

05.02.2022 | 20:28
Cristina Salinas ausculta a Tere Mariñelarena.

A Tere Mariñelarena no le hacía mucha gracia lo de estar ingresada en su propia casa. El miedo de haber pasado 20 días en el hospital, ocho de ellos en la UCI, por culpa del coronavirus todavía estaba muy presente, y pensaba que no iba a estar igual de bien atendida que en el hospital. Pero ahora en casa lleva una semana recibiendo las visitas diarias de la médica Cristina Morales y la enfermera Miriam Salinas y ha cambiado de parecer: ahora está encantada de la vida.

–¡Hola, Tere! ¿cómo estás?– pregunta Cristina tras la mascarilla y la pantalla protectora.

–¡Hola, mi chica! Pues me encuentro muy bien la verdad.

–¿No tienes ningún dolor?

–Bueno, me duele un poco la espalda, pero es por estar tanto sentada, porque de normal hago mucho ejercicio y estar tanto sentada me pasa factura. En casa me riñen un poco porque ando de aquí para allí y cuando me muevo no me pongo el oxígeno.

–¿Cuánto tiempo llevas sin el oxígeno?

–Llevo desde que me he levantado, porque he estado toda la noche con él.

–Vamos a ver cómo tienes la saturación...

Tere recibe a Cristina y Miriam en su casa de Artázcoz, en un salón enorme. Antes de pasar, la médica y la enfermera tardan unos siete minutos en ataviarse el EPI en la entrada del domicilio. Una vez pasan al interior de la vivienda, Tere las acoge con la misma amabilidad con la que ellas la tratan. "Estoy encantada con cómo me están atendiendo. Están muy atentas y son muy majas. Al principio me daba un poco de cosa, porque pensaba que en casa no iba a estar igual de bien atendida, pero me he dado cuenta de que sí; estoy muy contenta", reconoce esta vecina de Artázcoz de 78 años.

Tere vive con su marido, José Luis Gómez, y su hija Cristina, quien se contagió justo antes de Nochevieja. "Primero caí yo y después se contagió el resto. Lo pasamos como un catarro, pero a mi madre se le complicó", relata Cristina, matrona de profesión. Tere empezó con fiebre y pronto tuvo problemas al respirar. "Como es una valiente no quería ir a urgencias, pero al final le convencimos. La ingresaron enseguida y a los tres o cuatro días empeoró y ya nos dijeron que la pasaban a la UCI. Su situación era bastante delicada y tuvimos mucho miedo porque nos dijeron que podía pasar cualquier cosa", recuerda la hija. Sin embargo, Tere mejoró en cuidados intensivos y a los ocho días volvió a planta: "Estuve consciente todo el tiempo, lo peor fue que no tenía tele en la habitación y me aburría mucho (risas)".


Media hora de visita

Una máquina de oxígeno para cada paciente covid


La vitalidad de Tere ha sido uno de los puntos fuertes a la hora de afrontar la enfermedad. Tras 20 días en el hospital, el pasado 27 de enero volvió con ingreso domiciliario a Artázcoz, "aquí estoy mucho mejor, tomo buen café y la comida me la hago yo", añade, y desde entonces recibe la visita de Cristina y Miriam.

Es viernes 4 de febrero y tras preguntarle cómo se encuentra, las sanitarias miden a Tere la saturación, le toman la tensión y la auscultan, mientras le insisten que debe ponerse el oxígeno cada cierto tiempo, especialmente cuando realiza algo de movimiento. "Todo en orden, la evolución es favorable, Tere, así que te vamos a quitar ya la eparina y, si todo sigue bien, el lunes te daremos ya el alta", le comenta la médica, tras lo que le recuerda las cinco o seis pastillas que tiene que seguir tomando.

También tiene que continuar poniéndose el oxígeno, para lo que desde el HUN le han cedido un concentrador de oxígeno, una máquina de color blanco, poco más grande que una aspiradora, que se encuentra en la entrada de la casa y a la que Tere le está cogiendo un poco de manía. "Durante el día no hay ningún problema pero por las noches duermo con el oxígeno puesto, y no veas el ruido que mete la máquina", se queja la paciente, que indica que deja el concentrador en una habitación vacía y cierran la puerta para que solo salga el cable del oxígeno. "Aún así se escucha mucho", insiste.

"Ella está cada vez mejor pero aún le faltan fuerzas y le tenemos que parar, porque ella no deja de hacer cosas", desliza su marido. "Es que estoy acostumbrada a andar y aquí en casa, si tengo que ir al baño y estoy abajo, pues me subo al de arriba para andar un poco", le comenta a Cristina y Miriam, antes de que estas abandonen el salón. Una vez en la entrada de la casa, el proceso es a la inversa: toca desvestirse y desinfectar. Primero se quitan el EPI, lo hacen una bolita y lo tiran a una bolsa de basura; acto seguido se quitan los guantes y se aplican gel hidroalcohólico en las manos; después, desinfectan todo el material que han utilizado y se quitan la pantalla –que desinfectan– y el gorro que sujeta su pelo –que tiran a la basura.

Una vez finalizado, regresan al coche y ponen rumbo al próximo paciente –esta vez en Huarte–, mientras comentan la visita que han tenido. "Es muy majica Tere y la he visto muy bien. Si sigue así el lunes, el alta", apunta Cristina, a lo que Miriam contesta: "Sí. La verdad que este trabajo es muy agradecido, todos los pacientes nos tratan bien y están contentos con nuestro trabajo".

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